‘Le cinquième élément’. Cuando parecía que… se esfumó.

Luc Besson conseguía sacarse de la chistera, allá por el 97, una superproducción de fábula para destrozar las taquillas de media Europa. Producto singular y genuino, de talentosa factura técnica, desbordante reparto y cautivadora estética. Un pero: la historia.

Entretenida historia futurista que, no obstante, peca de ser excesivamente plana. Aunque los primeros treinta minutos son deslumbrantes, lo cierto es que va decreciendo en intensidad y pujanza. La sólida trama fantástica comienza a emblandecerse entre la algarabía y el enredo, notas que no necesariamente van aparejadas con la profundidad. Dónde había emoción y entusiasmo, comienza a aparecer el hastío y el bostezo una vez que las palomitas ya se han terminado. 

El gozo visual dura lo que dura. Cuando éste desaparece, sólo nos queda la pirotecnia estruendosa, la hiriente sobreactuación de Chris Tucker, la buena figura de Jovovich y el carisma, siempre presente, del idolatrado Bruce Willis. En fin, entretenimiento (sólo eso) de calidad.

6.5/10    

‘Die hard with a vengeance’. Simon dice: McLane muere.

La trama argumental es similar a la primera, siendo unos terroristas/mercenarios antiimperialistas los protagonistas del caos. McLane y un nuevo compañero, gran Jackson, serán los encargados de paliar (debido a la ineficacia del FBI) los daños, desconociendo todavía el puntito de rencor personal que lleva consigo (gran guiño) el malo/malísimo.

Divertida y entretenida cinta que supone el cierre de una trilogía de auténtico escándalo con la que el género de acción de los años 90 estadounidenses cogía vuelo en medio de tanta zozobra y mediocridad. En esta ocasión, después de los efectos desplegados por el policía John McLane en Los Angeles y Washington, se inmiscuye la acción ahora en su ciudad favorita: New York.

John McTiernan propone un juego por el paraje urbano neoyorquino, plagado de bombas, explosiones, tensión y cierta chispa en los diálogos (qué bueno el “racista” de Samuel L. Jackson). Por fin, la Jungla se abre, alejándose de espacios reducidos y enclaustrados. El resultado es bueno, subiendo un punto respecto a la segunda entrega, aún sin llegar al nivel del original, pero dejando una acción del todo frenética. Además, Joel Silver ya había puesto toda la carne en el asador (Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Jeremy Irons) con tal de que esto no fallara, que no lo hace. Buena (qué digo buena, mítica) cinta de acción.

7.5/10

‘Die hard 2’. McLane siempre será McLane.

Cariño, iré a recogerte al aeropuerto. No te preocupes“. Una frase de tal estilo empleó John McLane, el día de antes a navidad, con su mujer, para poder pasar tan señalado día en compañía de padres e hijos en la capitolina ciudad de Washington. ¿El problema? En fin, terroristas que parecen perseguir al pobre policía neoyorquino.

Historia digna que zambulle su acción en los recovecos de un aeropuerto infestado de gente en plena Navidad (turistas y terroristas incluidos). Tenía una difícil responsabilidad, esta cinta digo, pues superar a la emblemática ‘Die hard’ no era fácil. No lo consigue, ni mucho menos. Anda bastante alejada de aquélla. Repite poción, pero carece de algún ingrediente. Entre otros, le falta chispa en los diálogos (uno de los puntos fuertes de la primera), tiene una dirección algo chabacanera (el pobre Harlin no daba para más) y se hace un tanto pesadita.

Con todo, si no tuviera el precedente que tiene, sería una película notable de acción, ya que posee buenas escenas, un actorazo como protagonista y una factura técnica de primera. Pues eso, aventuras navideñas con McLane, en compañía de fuego cruzado, patadas, hostias, explosiones y terroristas por doquier. Un lujo para los amantes del cine de acción americano de los 90.

6.5/10

‘Die hard’. Mítica y entrañable.

Hablar de ‘La jungla de cristal’ (1988) de un modo objetivo es, para mí, casi imposible. Le tengo demasiado cariño como para ver los fallos y pecados de  su historia y metraje. Es más, me importan tres pepinos si es una cinta conservadora (a más no poder), grosera y con una falta de ética terrible, porque a mí, como ya he dicho, me gusta ‘La Jungla’, y es que la nostalgia tiene mucho agarre. Ese espíritu estadounidense del cowboy que ajusticia por sí sólo al mundo, alcanza aquí su máxima expresión.

Hablamos del año 88. Hablamos de un policía neoyorquino de vacaciones, John McClane. Hablamos de un chófer muy particular. Del Nakatomi Plaza en nochebuena.  Del reencuentro con la señora Gennaro. Hablamos de un farlopero pesao y de un japonés ricachón. Hablamos de rehenes y terroristas. De un gordo policía zampándose los donuts a pares sin saber la que se le viene encima. Hablamos de agentes, federales o no, zopencos. Y también de un tándem, el formado por John McTiernan y Jan De Bont, en puro estado de gracia. Hablamos, en definitiva, de la mejor película de acción que yo haya visto jamás.

Pero, sobre todo, hablamos de Bruce Willis, mi actor favorito de los 90, convirtiéndose en el imperecedero John McClane, con su desparpajo y mítica verborrea, con su aroma a socio de honor del Club del Rifle, con su buen hacer armamentístico, con su pose de chico malo, con sus pies descalzos en la moqueta, con su empecinamiento en tocar las narices a los malos, con sus hostias y patadas, con su reencarnación de Gary Cooper, y cómo no, con su “yipikayei, hijo de puta”. Pues eso, mítica y entrañable película que ocupa una de las butacas más lustrosas del Club. 

8.5/10

‘Persecución mortal’. Culebrón policial (entre otras cosas).

Una de Bruce Willis, como a mí me gusta llamarlas. No obstante, ‘Persecución mortal’ tiene ciertas peculiaridades. No lo digo por el papel interpretado por el gran Bruce (mantiene los mismos tics que en una decena más de films), sino por la historia que su representante escogió para él. Y es que no le he acabado nunca de coger el truco a la obra de Rowdy Herrington (cineasta raso de profesión). Tiene cosas de cinta pura de acción, pues hay buenas escenas con explosiones y demás (gran persecución, emulando a la mismísima Bullitt). También tiene algo de thriller convencional. Éste es, sin duda, el punto fuerte del film. El asesino en serie, los cuerpos flotando, el coche de policía en miniatura, la lancha de Bruce, la cabaña, el río Ohio. Pero además de todo eso, no conviene obviar el drama familiar con aire a culebrón venezolano que ocupa gran parte del metraje (qué cansino se hace!). Tampoco dejen de lado los dilemas del cuerpo policial (chivato, chivato!). Ni el sex appeal de Sarah Jessica Parker! (luciendo su cuerpo serrano).

Híbrido, a grandes rasgos, con el que ciertamente acabas un tanto despistado, sin acabar de entregarte del todo y que aguarda como colofón un final horrendo (la escena era interminaaable). A todo esto, seguimos hablando de Bruce Willis. Es él quien sale en escena, palabras mayores pues (no va con ironía). En fin, entretiene.

 

‘Pulp fiction’. Tarantino.

Pulp Fiction es Tarantino. Es un “te quiero, Honney Bunny”. Es Vincent Vega y Jules. Es un masaje en los pies y una ventana. Es una hamburguesa Big Kahoona acompañada por un refrescante Sprite. Es un ¿qué?. Es Ezequiel 25-17. Es un espectacular baile de twist. Es Mia Wallace empolvándose la nariz. Es una jeringa punzada en pleno corazón. Es Butch en busca de su reloj de oro. Es Vincent Vega cagando. Es el Tarado. Es Marsellus Wallace sodomizado. Es una katana. Es un bache y una pistola. Es un resto de seso en la oreja de Jules. Es un café de gourmet servido por Jimmy, y una toalla ensangrentada. Es el Señor Lobo. Es un par de gángsters en playeras. Es una cartera marcada con algo así como “hijo de puta peligroso”. Es un guión repleto de diálogos memorables e inolvidables. Es ingenio puesto al servicio de los bajos fondos de una ciudad como Los Angeles. Es un montón de situaciones tan atípicas como geniales. Es sarcasmo y humor negro. Es un film inclasificable, sin argumento. Es una obra maestra. Es una BSO espectacular. Es Tarantino. Es la hostia.

‘El protegido’. La mejor película jamás hecha sobre un superhéroe (y un villano).

De chaval conocí ‘El sexto sentido’. La firmaba M. Night Shyamalan, un desconocido para mí hasta ese día. Era una noche de verano y yo no la había visto de estreno. Por suerte, había sido inmune a la sorpresa de esa peli, nadie me la había desvelado. Pronto comprendí que ese sexto sentido iba formar parte de mis recuerdos de cine más profundos (de hecho, fue mi primer DVD). Con esas, recuerdo, aún de chaval, que se estrenaba “El protegido”, la segunda película del mismo autor. La esperaba como agua de mayo, y fuí con la familia a los Cines de El Osito, con ansias de saber con qué me iba a encontrar. En cuanto vi a ese médico de Philadelphia con la cara desencajada tras tomar en sus brazos a ese bebé llorón. En cuanto ví a Bruce Willis quitarse el anillo en un vagón de tren. En cuanto ví a ese niño del revés viendo en las noticias del telediario como había descarrilado el tren de su padre. En cuanto ví “El protegido”, comprendí que ya no había remedio, que mi amor por el cine de M. Night Shyamalan iba a ser imperenne y eterno.

‘El protegido’ es una de esas historias que se va cociendo a fuego lento, haciendo de la parsimonia la mejor de sus virtudes. Desde el primer momento, M. Night Shyamalan nos deja claro que esto va de dos tipos. Uno es negro, le apodan ‘Don Cristal’ y su porte contagia cierto aire tenebrista. Otro es blanco, silencioso e infeliz, destilando su porte, en cambio, mediocridad al por mayor. Los miedos de ambos, sus frustraciones, sus dilemas interiores, todo es  retratado a las mil maravillas por el autor indio, quién pincela las líneas de ambos dos. La enfermedad de Elaya marca su personalidad desde su nacimiento hasta su madurez, minándolo terriblemente, encontrando, no obstante, el salvoconducto del cómic en su infancia (gracias a su madre), dándole, esos libritos llenos de dibujos y bocadillos, un sentido a su vida. Por su parte, David tampoco ha encontrado su sitio. Iba para estrella del fútbol americano pero lo abandonó por amor, el amor de su esposa. Sin embargo, su infelicidad parece haber contagiado a su matrimonio, incluso la relación de él con su hijo. Un trágico accidente, un único superviviente y la llegada de Elaya, con su particular nota (¿cuántas veces ha estado enfermo?), serán acontecimientos suficientes para ahondar en lo profundo de sus recuerdos, de sus traumas, para acabar dándole, también, un sentido a sus vidas.

La puesta en escena te adentra en la sublimidad. Cada plano es de una belleza y de un poderío visual que tan sólo pueden venir de un hombre de refinado estilo. Su artesanía visual es gozosa a los ojos de los espectadores, deleitándonos con su estética, con su minuciosidad y detallismo a la hora de retratar esa intriga tan lenta, tan fría, tan milimétrica como cautivadora. La mirada a través de la cámara de M. Night Shyamalan encandila desde el primer plano, nos brinda determinadas escenas que si quisieran podrían copar esas huecas listas de momentos memorables en el cine. Además, la banda sonora, a manos de James Newton Howard, sirve como un complemento ideal a lo que vemos en imágenes. Conviene hacer referencia, de nuevo, al ritmo impuesto por el autor, el cual va dando pasos cortos pero certeros, avanzando lentamente en la intriga para alcanzar un éxtasis total a partir de la escena de la estación del metro, dejándonos ya boquiabiertos hasta que veamos aparecer los títulos de crédito.

Homenaje al mundo del cómic en el que el cineasta indio combina de magistral manera la ficción y la realidad. La justicia, el poder, la bondad, el asombro que suscita ese superhéroe, se combinan con las fatigas y los problemas terrenales, con enfermedades y traumas de difícil curación, brindándonos un superhéroe y un villano tan fantásticos como mundanos. Una historia increíble, espectacular, sencilla, apasionante. El mejor retrato que yo haya visto jamás de un superhéroe, y de un villano. Entre mis favoritas.

‘Mercury rising’. Bruce Willis y el autismo.

‘Mercury rising’ es una de esas películas de buenos y malos. El bueno es Bruce Willis, un rudo agente del FBI encargado, casi de rebote, de proteger a un chaval autista, huérfano y al que los tipos malos de la peli buscan atrapar. ¿Por qué? Por dos frikis que decidieron poner en un crucigrama un importante código secreto, el mercury (de ahí el original título del film), valorado en “nosecuantodinero” e imposible de descifrar. Al menos eso creían ellos, porque ahí está el chavalín autista poniendo patas arriba todo el tinglado.

Película comercial, bastante estándar, a la que yo, personalmente, etiqueto “como una de Bruce Willis”, uno de mis actores favoritos. La receta no es la de siempre, pero casi. Guión flojucho en el que el susodicho actor ejerceo de tipo duro, salvaguardando la vida del chaval y llevándose por delante a todos los malotes de bala rápida. La trama de acción queda un tanto almibarada cuando aparece el niño en escena, enterneciéndonos con la música que siempre lo acompaña y dándonos un manual para principiantes acerca de qué es el autismo. En definitiva, combinación conseguida entre disparos y sirope. Tiene su cosa.

‘Sin City’. Viejos tiempos, malos tiempos.

‘Sin City’ fue llevada a la gran pantalla por los hermanos Weinstein, generalmente un seguro de calidad, en el año 2005. Teniendo en cuenta que el autor del cómic, Frank Miller, se volcó en la adaptación cinematográfica del mismo, y que sus compañeros de trabajo fueron ni más ni menos que Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, muy mal lo tenían que hacer para que la cosa no quedará apañada y digna de admiración. Más aún, rizando el rizo, si vemos entre el reparto a gente de la talla de Bruce Willis (uno de mis favoritos), Mickey Rourke, Clive Owen, Benicio del Toro, Elijah Wood, Brittany Murphy, Rosario Dawson o Jessica Alba. Es decir, todo un lujo a la vista del cartel.

El film se estructura en torno a tres historias con distintos puntos de conexión pero que guardan suficiente independencia entre sí. La primera historia está protagonizada por Bruce Willis, un Don Nadie dentro del mundo policial que busca retirarse de una manera honrosa. Es decir, salvándole el pellejo a una niña de 11 años que está a punto de ser violada y asesinada por el hijo del Senador de la ciudad. No será fácil tarea. Conviene advertir que la historia se encuentra dividida en dos partes. La primera abre la película, en la segunda la indenfensa niña se ha convertido en una explosiva bailarina (lanzó al estrellato a Jessica Alba).

La segunda historia es, para mí, la mejor de las tres. Está interpretada principalmente por Mickey Rourke, quien se pone el traje de un tipo malo, rudo y con un físico facial alejado del concepto estándar de hermosura. Sin haber tenido nunca a una mujer entre sus manos, quedará prendado por Goldie, una encantadora rubia que le satisfará sus necesidades sentimentales y sexuales. Sin embargo, al amanecer la mujer no despertará. Alguien la asesinó, y él buscará venganza en la figura de un sicario muy sutil movido a través de las órdenes de un religioso que impera en la ciudad. Curiosamente el poder religioso y el político van de la mano en Sin City, pues éste líder espiritual no es más que el hermano del Senador.

En la tercera historia nos encontramos a una desorientada mujer, interpretada por una Britanny Murphy que ya nos ha dejado, que frecuenta compañías nada recomendables. Entre sus amantes se encuentra un violento Benicio del Toro, con ganas de marcha, atiborrado de alcohol y anclado a la puerta de la atractiva rubia, esperando que ésta abra. Lo que no sabe es que dentro del apartamento está Clive Owen, un sanguinario tipo que no dudará en eliminarlo. Historia irregular que combina el naufragio de Murphy con la miserable existencia de Old Town, el barrio donde la ley es la ley de las putas. Un barrio sin policía ni mafiosos. Un orden que no conviene alterar.

La esencia de ‘Sin City’ se encuentra en el cariz grisáceo, lluvioso y sombrío que envuelve a la ciudad. Una ciudad donde la ley parece existir no tanto para dictar justicia como para imperar de manera despótica. Tres individuos, tres hombres crespusculares, de esos que viven en el borde del abismo de una manera crónica, son los escogidos para explicitarnos la turbiedad de esa castigada ciudad. Fueron ellos, pero a la vista de lo que nos muestran, podría haber sido cualquier otro el protagonista de una película  con una factura técnica impecable, adornada con mucho mimo, lo cual ayuda, y mucho, a conseguir la ambientación necesaria para hacer creíble este tipo de historias donde el espectador no puede hacer otra cosa que no sea identificarse con esos perdedores que buscan hacer el bien, dictar justicia a su modo, sabedores que no tienen nada que perder, tratando de olvidar los viejos tiempos, los malos tiempos. Unos tiempos que marcan el día a día en Sin City. Una ciudad llena de corruptelas y mafioseo. Una ciudad donde las élites juegan a lo que quieren, cuando y donde quieren, bien sea violando niñas o despedazando a prostitutas. Una ciudad donde el polícia que trata de hacer algo acaba en chirona. Una ciudad repleta de miserables llenos de dolor y resentimiento. Una ciudad que desprende poesía, poesía crespuscular de toda esa triste realidad. Verdaderamente conseguida, de lo mejor de la década.

¿Lo mejor? El garito que sirve como nexo entre las distintas historias, donde todos los personajes se combinan en un marco cargado de vicios, desprendiendo un aroma salvaje gracias a esos rudos hombres que beben sus copas mientras contemplan sedientos de sexo el baile de una explosiva rubia, a la espera de cualquier mal gesto o mala palabra para poder enzarzar una pelea con cualquier otro tipo duro como él. O simplemente a la espera de proteger tu honor, lo único que te queda. Curioso que las tres historias tengan como motor de acción la protección de indefensas mujeres (Bruce Willis/Jessica Alba, Mickey Rourke/Jaime King, Clive Owen/Brittany Murphy).