‘American beauty’. Algún día lo entenderán.

american_beauty_xlgCuando en 1999 decidían juntar esfuerzos la mordaz escritura de Alan Ball y la elegancia narrativa de Sam Mendes, nadie esperaba que el resultado fuera ‘American beauty’, una auténtica obra maestra con la que cerrar una esplendorosa década de cine. La película era un puñal en el corazón del american way of life, clavado, además, por dos desconocidos con mucho desparpajo que irrumpían con fuerza en el escaparate del séptimo arte.

Mena Suvari y sus pétalos de rosa han pasado a la inmortalidad. Pero no menos que una simple bolsa de plástico bailando al son del viento. El guión de Alan Ball, repleto de matices, es una maravilla. No le andan lejos la fotografía de Conrad L. Hall, la música de Thomas Newman o el estilo de Sam Mendes. Eso sí, en cuanto a elección no hay lugar para la duda: Kevin Spacey, monumental.

Si todavía no han visto esta película, apresúrense. La nostálgica mirada final de Kevin Spacey habla por sí sola. Sus últimas palabras, voz en off, no dejan lugar a la duda. En el camino, la narración ha destripado las miserias del bienestar americano. Una corrosiva, inteligente y sensual instantánea a la sociedad estadounidense de finales del siglo XX.

9.5/10 

‘Ruby Sparks’. Amor a golpe de tecla.

Ruby-Sparks-posterPersonalmente, ‘Ruby Sparks’ me ha parecido una grata sorpresa. Seis años después de dibujar una sonrisa en nuestra cara con la encantadora ‘Little Miss Sunshine’, el matrimonio formado por Jonathan Dayton y Valerie Faris han vuelto a demostrar gracias a esta romántica comedia que lo suyo no es fruto de la casualidad. 

Imaginen que han sido un escritor de éxito. Imaginen que ya hace mucho de aquéllo, que las palabras ya no brotan con tanta facilidad. Imaginen que su vida sentimental es calamitosa. Imaginen también que rozan la misantropía. E imaginen que la chica con la que han soñado platónicamente, deja de ser una idea abstracta para convertirse en una hermosa realidad. Esta es la premisa que envuelve a ‘Ruby Sparks’, una historia tan original y graciosa como cercana.

El guión de Zoe Kazan (Ruby en la película) me parece de lo mejor de la temporada. Contiene un relato mordaz, astuto y preciso sobre los entresijos del amor y la vida en pareja. A mi es una película que me hace sentir. Será por lo bien pulidos que están los personajes, será por los brillantes diálogos, será por la puñetera máquina de escribir o será porque Paul Dano y Zoe Kazan están espléndidos.

Sea cual sea el motivo, la cuestión es que esta película consigue transmitir de un modo cercano y familiar todo ese universo sentimental que envuelve al amor y al desamor.

8/10

‘The kids are all right’. Collage sentimental.

Vale, partimos de que la idea inicial del film está cogida un tanto con alfileres. Es decir, no juzgo la idea del hogar homosexual, pues faltaría más. Pero sí que un par de jovenzuelos decidan conocer, atención, al pringao que donó esperma en su día y gracias al cual sus mamás pudieron concebirlos. También juzgo que el pringao en cuestión diga “si” con una sonrisa de oreja a oreja a la fría pregunta de la clínica (“¿Le gustaría conocer a lo que salió de su esperma?”, no es textual). Lo dicho, cogidito con alfileres.

Bien. Exceptuando que busca la transgresión descarada desde el primer momento, lo cierto es que ‘The kids are all right’ es una película gustosa de ver. No quita eso de que, pese a todo, rebose irregularidad por los cuatro costados. El matrimonio, interpretado por unas excepcionales Julianne Moore y Annette Bening, es perfilado con gran habilidad, haciéndonos partícipes del desplome de la estabilidad cartesiana buscada y lograda por Nic, así como de la crisis emocional que ocasionará entre nuestras protagonistas la entrada en su vida de Paul, el padre esperman, a quien da vida un sensacional Mark Ruffalo. A éste, Lisa Cholodenko, también lo trazará con esmero, relatando su grisácea existencia, el colorido de su nuevo rol y lo arriesgado de su affaire (Jules), apostándolo todo en ello, aún a riesgo de perder.

El fresco de historias personales, con luchas y batallas continuas en el interior de cada uno de los personajes, se complementará con los dos hijos, interpretados por Mia Wasikowska y Josh Hutcherson. Es el punto más flojo del film, pues cuesta conectar con la personalidad del chaval, no causando gran empatía tampoco élla. Con todo se nos queda un buen collage de sentimientos y emociones urbanas, pintado sobre un singular caso (matrimonio lésbico+padre solitario), que nos deja un regusto agridulce, aunque sintiendo esa pizca necesaria de humanidad.

‘Mother and child’. Fría, cálida.

Rodrigo García, hijo del célebre escritor Gabriel García Márquez, dirigía y escribía esta obra esbozada desde la producción ejecutiva por el (casi) siempre virtuoso cineasta de nombre Alejandro García Iñarritu. De un tema, tan delicado y sensible, tan emocionante y sentimental, tan plácido y pedregoso, tan triste y feliz, como es el de la maternidad y el mundo de las adopciones, extraía el susodicho autor una historia coral que recorría distintos pasajes de la vida de una serie, como bien dice el título del film, de madres e hijas.

Las angustias y agonías, los pesares y tormentos, de tal tema, son retratados de una creíble manera a través de tres mujeres distintas. Dos de ellas, diría yo, son las que portan el peso principal de la película. Hablo de Karen y Nora, interpretadas excepcionalmente por Annette Bening y Naomi Watts (especialmente ésta última). Son mujeres a las que el acto de dar vida les marcó. Una por madre, la otra por hija. Ambas se volvieron frías y distantes, calculadoras y metódicas con sus sentimientos, sin perder, en ambas, el trasfondo de amargura, dolor y tristeza sobre el que se asentaba su existencia. La tercera mujer, Lucy, era interpretada por una desconocida para mí como era Kerry Washington. Su belleza y sensualidad eran enturbiadas por la imposibilidad natural de dar a luz, lanzándose a la búsqueda de un bebé mediante la vía de la adopción, sirviendo este personaje como modelo, más secundario, con el que recordar el proceso que atormentaría, de por vida, a nuestras protagonistas, a la vez que servía para cerrar el círculo de madres e hijas, adoptivas o no, que había marcado la pauta de este film.

‘Madres e hijas’ es una obra sentida y sincera, lanzada desde lo profundo del corazón. Se adentra por los recovecos de la maternidad, por una de sus vertientes más amargas como es la de la adopción. Es un fresco tan esperanzador como desesperanzador, tan frío como cálido. Ambas sensaciones uno las siente de verdad, y eso en este tipo de cinta, un dramón que no veas, es una virtud que no conviene desdeñar. Buena película.