‘Red riding: In the year of our lord 1974 (The red riding trilogy: Part I)’.

Estamos aquí ante la primera obra contenida en esta impactante, talentosa y meritoria miniserie británica. El fenómeno ‘Red riding’ supone una auténtica delicia para los amantes del género, un paseo nauseabundo encaminado a la caza de horrendos asesinos en serie, destapando con ello el tarro de la putrefacción que acompaña a las investigaciones, conectando de este modo a lo largo del tiempo las dinámicas existentes entre intrépidos y dignos hombres de bien, policías corruptos, intereses en la sombra, redes de influencia y demás. 

Año 1974. Eddie Dunford es un inocente periodista, novato y ambicioso, encargado de cubrir para el Yorkshire post la desaparición de una niña de apenas seis años de edad. Dunford pronto sospechará que tal suceso está relacionado con una serie de misteriosas desapariciones acaecidas años atrás. Será así como se vaya adentrando, poco a poco, en un callejón sin salida donde aguardan en la sombra agentes de la ley con un sentido de la ética bastante cuestionable, además de atisbar al fondo la temible figura de John Dawson, el “cacique” local que mueve los peones del tablero a su antojo, y sin escrúpulos. El pobre reportero, en su afán por investigar e informar, pronto descubrirá los peligros que le acechan.

Escabrosa intriga que nos iba punzando el corazón a medida que avanzaba la investigación. Todo se volvía angosto, aumentando la sensación de asfixia en el espectador a cada paso dado por Dunford. El violento universo de David Peace era plasmado con autenticidad por Julian Jarrold, consiguiendo éste transmitir una desazón hiriente, a cuya tarea también contribuían las meritorias interpretaciones de Andrew Garfield, Rebecca Hall y Sean Bean.

Como reza el cartel, prepárense para una historia cargada de asesinatos, corrupción y obsesión. Dolor y penumbra a partes iguales.  

8/10 

‘La red social’. La construcción de un imperio (II).

Decir que ‘La red social’ (2010) es la ‘Ciudadano Kane’ (1941) del siglo XXI, no tiene nada de descabellado. Carece, eso sí, de la innovación técnica de aquélla. Ésta no ha roto el panorama cinematográfico al estilo ‘Avatar’ (2009), ni falta que le hace. Siempre he pensado que la parte más importante de un film es su historia. Huelga decir que David Fincher y Aaron Sorkin han hecho los deberes en este aspecto, ello pese a que el tema era de una peligrosidad latente. Me explico, el tema facebook, depende cómo se tratase, podía resultar un fiasco escandaloso para la filmografía del reputado cineasta. Esto hubiera sido así si se hubiese decantado por la vía facebook en su dimensión social, esto es, como medio de ligue (sí, imagínense una película de universitarios en celo con la pantalla de ordenador como propulsor de todo) o como medio de control (no imagino a ningún productor metiendo un duro ahí con el fin de subirse al carro de las teorías conspirativas). Alejándose de esta perspectiva, los susodichos guionistas deciden plantearse el proyecto desde un punto de vista tan orsonwelliano como el de relatar, en plan biopic, el auge y la caída (más moral que económica) de un magnate contemporáneo: Mark Zuckerberg.

Como ya hemos dicho, bebe de la fuente de ‘Ciudadano Kane’, en claro homenaje a la misma, estructurándose cuasi del mismo modo. Diría yo que el discípulo supera al maestro. David Fincher nos brinda una versión moderna y acorde al siglo XXI, con una puesta en escena tan llamativa y atractiva como frenética y efectiva. Su poderío visual, su arte de captar imágenes, son el vehículo ideal para meterse de lleno en los entresijos de la construcción de un imperio. Aspectos como la arrogancia, la avaricia, el recelo o el propio desprecio del prójimo, supuran de cada uno de los poros del protagonista, al que cobra vida un sensacional Jesse Eisenberg. Además, el litigio con los creadores de Harvard Connection, pone a tela de juicio la originalidad de su creación, la falta de ética en la misma. Aspecto que resalta todavía más si cabe cuando se aleja del cofundador de la web, Eduardo Saverin, para caer rendido en los brazos de un miserable y osado Justin Timberlake,  el Maquiavelo de las comunicaciones, quien da vida al creador de Napster y, por lo visto en el film, uno de los principales apoyos en la extensión universal de Facebook.

Spoiler

Curioso que la clave de bóveda de toda esta historia sea el propio rencor vengativo de Zuckerberg, un engreído fanfarrón, un frustrado gentleman, un superdotado intelecto, hacia la ruptura de su relación sentimental por parte de su novia, Erica Albright. Será el despecho el que mueva al protagonista a poner los cimientos de facebook a través de facemash. Será el resentimiento de no formar parte de esos clubs elitistas lo que le haga reunirse con los niños de papá (los Winklevoss) de Harvard. Será la envidia que sentirá por Eduardo (por ser admitido en un club también de élite) la que le moverá a construir la nueva Roma de las comunicaciones, traicionando a su mejor amigo y dejando de lado el proyecto acogedor y romántico, para sustituirlo por los Mil millones de dólares. Curioso que, en el fondo, no sea el lucro lo que impulse al muchacho a ello. Ni mucho menos. También curioso que la familia de él ni siquiera sea citada. Podría decirse que lo que le mueve a unir el mundo (a formar Facebook) sale de la fría y gélida existencia en el mismo.

La escena final, tan acorde a las nuevas tecnologías, sustituye la bola de nieve y el vocablo “rosebud” por una invitación en facebook hacia su ex novia. El desalmado Zuckerberg quiere olvidarse así de su mísera existencia, cargada ésta de traiciones, odio, maldades. Cuánto le gustaría volver con ella. Volver a sentir esa calidez, esa felicidad, esa bondad derivada de una vida tan mundana como sencilla. ¿Qué sería hoy de Facebook si ella no hubiese roto con él en aquel local?