Cold Mountain (2003)

cold_mountain_xlgDirección: Anthony Minghella
Guion:
 Anthony Minghella (Novela: Charles Frazier)

Producción: Miramax
Fotografía: John Seale 
Música: Gabriel Yared
Montaje: Walter Murch 
Reparto: Nicole Kidman / Jude Law / Renée Zellweger / Natalie Portman / Eileen Atkins / Brendan Gleeson / Philip Seymour Hoffman / Giovanni Ribisi / Donald Sutherland / Cillian Murphy / Ray Winstone / Charlie Hunnam
Duración: 154 min
País: Estados Unidos

Esta es una gran historia, en el sentido de que está hecha para buscar la magnificencia. Todo busca deslumbrar al espectador, nota clásica en el cine de Anthony Minghella. Para empezar, el contexto: la guerra de Secesión americana. Conflicto fratricida fundamental en la historia de los Estados Unidos y al que el cine, a pesar de haber prestado atención, quizás ha dejado un poco de lado por la distancia histórica. Este vacío lo intenta llenar esta película y lo hace, a su vez, escudándose en una historia de amor propia de las mejores poesías líricas griegas. Así, gracias a una factura técnica impoluta, a un reparto colosal y a una metódica dirección se vertebran los pilares de este relato al que muchos alaban pero que, sin embargo, a mí no termina de emocionarme.

La historia de amor es tan de postal, tan dulzona que no me dice nada. Pequeño revés pues, considerando que esta es la clave de bóveda del film. Además, el drama de la guerra, aun mostrándose correcto, tampoco cautiva en demasía. Presenciamos las mil y una tropelías (tanto en el frente como en la retaguardia), pero pocas nos inquietan. Carencias, así, de un guion bastante estándar y facilón. Y sí, tenemos un reparto espectacular, aunque los dos protagonistas… ¡no pueden estar más planos! Nicole Kidman es mucho mejor actriz de lo que aquí demuestra (vean, por ejemplo, Eyes wide shut). Lo mismo podría decirse de Jude Law (ahí tienen Closer), si bien este está un poco mejor, al interpretar a ese errante soldado, que su compañera. Curiosa contradicción la de esta cinta, pues si los protagonistas no terminan de estar acertados, los secundarios… brillan en todo su esplendor. Especialmente un nombre sobresale del resto, Renée Zellweger. Ella pone la excelencia en esta narración, pues está formidable. Luego, por orden de gusto personal, encontramos a Natalie Portman (¿cuándo ha estado mal Natalie Portman?), Eileen Atkins (monumental), Brendan Gleeson, Charlie Hunnam, Giovanni Ribisi (secundario de lujo) y Philip Seymour Hoffman.   

El clouds, clouds, sun final, tan típico como emotivo, remata una historia que cautivará a los más empalagosos. El resto, en cambio, nos tendremos que conformar con la elegante puesta en escena de Anthony Minghella, las escenas de Zellweger, Portman y Hunnam, la preciosa fotografía de John Seale y la emotiva partitura de Gabriel Yared. Mimbres suficientes para ver con gusto Cold Mountain.  

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The Godfather: Part III (1990)

godfather_part_iii_ver2Dirección: Francis Ford Coppola
Guion:
 Francis Ford Coppola / Mario Puzo (Novela: Mario Puzo)

Producción: Paramount Pictures
Fotografía: Gordon Willis 
Música: Carmine Coppola 
Montaje: Barry Malkin / Lisa Fruchtman / Walter Murch 
Reparto: Al Pacino / Diane Keaton / Talia Shire / Andy García / Sofia Coppola / Eli Wallach / Joe Mantegna / Bridget Fonda / Franc D’Ambrosio 
Duración: 162 min
País: Estados Unidos

La mejor trilogía de la historia del cine quedaba cerrada a través de este film. En la primera parte Coppola nos había presentado las entrañas del negocio gangsteril, pincelando las figuras que componían la familia Corleone y cautivándonos con el nervio y la angustia que supone sobrevivir entre leones. Aun estando siempre presente el aura de Don Vito Corleone, un nombre propio resalía de ahí, Michael Corleone, y sobre él recaía el peso de la segunda entrega: los azotes morales que conlleva estar en su posición. Ahora, pasado el tiempo, la historia debía continuar: qué será de Michael, aquel lobo solitario que ya no sabía siquiera si existía la dulzura, la bondad, al terminar la segunda entrega de esta magna obra. 

El Padrino es una historia de pérdidas, porque así es la vida. En el camino, poco a poco, comienzan a aparecer las ausencias: Don Vito, Santino, Fredo, Tom Hagen. Nombres mayúsculos todos ellos. El adiós se hace sentir, más que nunca, en esta tercera parte. El tiempo avanza y con él llegan nuevas personas, pues Coppola le da nuevos aires a esta narración. Así, irrumpe la figura del hijo de Santino, Vincent Mancini; así como uno de los personajes femeninos más célebres de la saga, el de Mary Corleone, la hija de Michael, encarnada de una forma correcta por Sofia Coppola. Entre ellos surge una historia de amor que no me convence, no me gusta. Como tampoco me gusta Andy García, gran actor que no termina, sin embargo, de encontrar su sitio en esta obra. Si uno lo compara con James Caan, no hay color… la vehemencia y el temperamento de Sonny era creíble, emotivo, veraz. A Vincent, en cambio, no me lo creo. Quizás esta transición del ayer al hoy sea uno de los lastres que arrastra el guion más flojo de la saga: a mí hay muchas cosas que me parecen precipitadas.

Fundamental, más que nunca, es la presencia de Michael Corleone, acompañado en su vejez y crepúsculo por su fiel, leal y maravillosa hermana, Connie, a quien da vida de forma memorable Talia Shire. Aquel, por su parte, queda interpretado ahora por un Al Pacino más maduro. Su aparición es, de largo, lo mejor del film: no nos equivoquemos, esta es una historia de redención. Es la versión más humana de Michael, vulnerable y débil. Su única meta ahora es alejarse del pecado, vivir en paz… pero, ¿puede un hombre como él alcanzar este preciado poder? Salir de los negocios ilícitos, limpiar el nombre Corleone a través de una fundación, invertir en acciones de multinacionales y, sobre todo, asegurar una vida segura y confortable para los suyos, para sus hijos. Difícil tarea, más si cabe cuando el pasado no quiere marcharse. Además, un nuevo actor aparece por sorpresa en esta saga: la Iglesia católica romana. Un convidado de lujo, perfectamente esbozado.

Qué tristeza alcanza a transmitir Coppola, aun con la irregularidad del relato, a través de esta última entrega. El sentimiento vuelve a arreciar con fuerza. Pesarosa como nunca antes se había mostrado, así es la actitud de Michael y la esencia de este Padrino. El final me parece tan impactante y sobrecogedor como justo. Esto no podía acabar de otra manera. Igual que era preciso que esta tragedia se bañará en la nostalgia, evocando continuamente los tiempos pasados y cerrando el capítulo de esta familia en la maravillosa Sicilia. Magnífica película.

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The Godfather: Part II (1974)

padrinoDirección: Francis Ford Coppola
Guion:
 Francis Ford Coppola / Mario Puzo (Novela: Mario Puzo)

Producción: Paramount Pictures
Fotografía: Gordon Willis 
Música: Nino Rota / Carmine Coppola 
Montaje: Barry Malkin / Richard Marks / Peter Zinner
Reparto: Al Pacino / Robert De Niro / John Cazale / Diane Keaton / Talia Shire / Robert Duvall / Lee Strasberg / Michael V. Gazzo / Morgana King / Oreste Baldini
Duración: 200 min
País: Estados Unidos

Esta es, bajo mi punto de vista, la mejor película que se haya hecho jamás en esto del cine. Esta y El Padrino (1972), su predecesora. Es la familia Corleone, viviendo la etapa posterior a la II Guerra Mundial y destripada tan elegante como minuciosamente por el maestro Francis Ford Coppola. Apenas habían pasado dos años del estreno de la primera parte, y digamos que ha habido ciertos cambios, pues la Familia está instalada en Reno, lejos de Nueva York, tiene sus intereses ocupados en “legítimos” negocios hoteleros de Las Vegas y, principalmente, se alzan con la hegemonía en el panorama gangsteril del momento. ¿Cómo vive esta situación el Don de la Familia, Michael Corleone?

Ese es el interrogante principal al que responde Coppola en esta fabulosa película. La figura de Michael Corleone, interpretada a las mil maravillas por Al Pacino, queda al descubierto, totalmente desnuda, vulnerable. ¿Cómo consiguió hacerlo su padre, Don Vito? ¿Por qué con él todo encajaba a la perfección? “Los tiempos cambian”, se dice para sí mismo, pero el caso es que el mundo que le rodea parece hundirse. Las hienas le acechan en la oscuridad, las perfidias provienen de sus más allegados y sus ojos no dan crédito a todo lo que le está sucediendo. Connie, Kay, Fredo… su vida, la vida de su familia, se desmorona. ¿Cómo controlar el negocio si ni siquiera puede controlar a su familia? Qué poco le es necesario a Coppola (los personajes de Hyman Roth, Pentangeli y el Senador) para abrir esta tormenta de sentimientos que, en esencia, representa El Padrino II.

La fría expresión de Michael Corleone se mantiene, también sus calculadas maneras. Es un estratega inteligente y astuto, pero solitario. Ya no le queda nadie, ya no confía en nadie. Tom Hagen, su escudero más leal, es quizás el último recodo donde apoyarse. El poder le ha vencido, una destrucción íntima ha arrasado con su persona. Es la angustia del Don. Cuánto echa de menos a su padre. Tanto como Coppola, quien brinda un monumental tributo a la figura de Don Vito, desde su niñez en la cálida Sicilia hasta su despertar en Little Italy. El recorrido por la genealogía de la familia Corleone queda de este modo perfectamente plasmado: el retrato de la Familia está preparado para su exhibición.

Obra maestra, sin más. Es el mejor Coppola que uno pueda recordar. Son 200 minutos de cine auténtico. Más de tres horas que pasan volando, casi sin darte cuenta. Han pasado dos años, pero todo sigue igual. Así, la fotografía de Gordon Willis es magistral (fabulosa la escena de la Estatua de la Libertad), tanto como la melodía imposible de olvidar de Nino Rota. Todo al abrigo que ofrece el guion de Mario Puzo, pura emoción. Y sí, aquí ya no está -al menos, de cuerpo presente- Marlon Brando, pero aparece Robert De Niro para brindar la que probablemente sea la mejor interpretación de su extensa y talentosa carrera. No es el único que brilla, por supuesto. Al Pacino consigue transmitir esa insensata sensación de fría cercanía; está colosal. Igual que la sufrida Talia Shire, el desvalido John Cazale y, gusto personal, los inolvidables personajes a quienes interpretan tan tan bien Diane Keaton y Robert Duvall. Perfecta, así es El Padrino II; sentimiento convertido en cine y una escena, la del lago, que nunca podré olvidar. 

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Scarecrow (1973)

Scarecrow-1973-MSS-poster-3xlDirección: Jerry Schatzberg 
Guion:
 Garry Michael White

Producción: Warner Bros 
Fotografía: Vilmos Zsigmond
Música: Fred Myrow
Montaje: Evan Lottman

Reparto: Al Pacino / Gene Hackman / Dorothy Tristan / Ann Wedgeworth
Duración: 112 min
País: Estados Unidos

Estamos a comienzos de los años setenta y el capitalismo vive su época de máximo esplendor. El bienestar y el acomodamiento campan a sus anchas a lo largo de la geografía estadounidense. Sin embargo, siempre existen almas errantes, gente que no logra (o no quiere) entrar en las inercias del sistema. Es el caso de Max y Lionel, es decir, el caso de Gene Hackman y Al Pacino. Juntos, después de conocerse en una carretera perdida en mitad de la nada, protagonizan esta aventura en busca de su sueño, de su lugar en el mundo. 

Uno es tosco, agresivo y desconfiado. El otro es inocente, bondadoso y vulnerable. Pittsburgh y Detroit son sus referencias cercanas, sus destinos inminentes. Mientras Gene Hackman sueña con abrir un lavadero de coches en compañía de su nuevo socio, Al Pacino, a este último también le mueve la idea de conocer a su hijo, quien nació mientras él cumplía condena penitenciaria. Así, forman un tándem que luce empático como pocos. La anárquica dirección de Jerry Schatzberg consigue sacarle, por tanto, un buen provecho al talento interpretativo de sus actores. De hecho, esta cinta consiguió alzarse, ni más ni menos, que con la Palma de Oro. En este sentido, Gene Hackman está espléndido, como casi siempre. Venía de sobresalir en The French connection (1971) y estaba a un paso de firmar la excelencia en The conversation (1974), bajo el mando de Francis Ford Coppola. Por su parte, Al Pacino está en su mejor momento, el que va de 1971 a 1975: un enamorado drogadicto en Nueva York; el imperecedero Michael Corleone; un atracador de bancos en una tarde de perros; o el estoico Serpico. De este tiempo concreto, la interpretación de esta película es la más floja de todas ellas, pero aun así está de notable, si bien es cierto, pierde el pulso con Gene Hackman.

El guion tiene bien definidas sus líneas maestras, pues este film solo podía acabar de una manera. Así, la amistad surgida entre los protagonistas da sus frutos desde el comienzo hasta el final de la narración. Nos conmueve esta historia de errantes, sí, pero tiene el handicap de haber sido estrenada cuatros años después de la maravillosa Midnight cowboy, mucho mejor película que esta. Además, gusto personal, la coetánea En el curso del tiempo (1975), dentro de los márgenes de este tipo de relatos, también le supera con claridad. En cualquier caso, una historia agradecida de ver y escuchar. 

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The panic in Needle Park (1971)

P_nico_en_Needle_Park-323859532-largeDirección: Jerry Schatzberg 
Guion:
 Joan Didion / John Gregory Mills (Novela: James Mills)

Producción: 20th Century Fox
Fotografía: Adam Holender
Montaje: Evan Lottman
Reparto: Al Pacino / Kitty Winn / Alan Vint / Richard Bright / Kiel Martin 
Duración: 110 min
País: Estados Unidos

Needle Park hace referencia a un lugar triste, desangelado. Es uno de los puntos más oscuros de la ciudad de Nueva York. Allí suelen reunirse personas de todo tipo que coinciden en una cosa muy concreta: son heroinómanos. ¿Cómo es la vida de esta gente? Es el interrogante principal que resuelve Jerry Schatzberg a lo largo de este film. El cineasta responde a esta cuestión sirviéndose de una de las historias de amor más hirientes que se conozca, la entablada entre Al Pacino y Kitty Winn.

Los tres nombres mencionados coinciden en una misma característica, pues los tres eran prácticamente noveles cuando filmaron esta película. El director, Jerry Schatzberg, un rara avis en esto del cine (después de dos grandes películas se esfumó), le ofrece vigor y nervio a un relato demoledor. Suelta sin disimulos un golpe seco, resultando un film tan poderoso como frío. El irregular montaje baña de anarquía y cierto descontrol a la cinta, mientras que el guion posee diversas imperfecciones. Nada que no pueda solucionarse con el recital que nos brindan Al Pacino y Kitty Winn. Después de ver esta película, me llama la atención que una actriz tan formidable como esta detuviera su carrera en 1978, en plena juventud y apogeo artístico. En todo caso, aquí deja un trabajo imperecedero al encarnar a esa inocente y enamorada chica que gradualmente va convirtiéndose en una yonqui atrapada en las inercias de ese universo tan infame como es el de la droga. Su aliado, su amor y su ángel de la guarda no es otro que Al Pacino. Él está cautivador: joven y en plena forma, con ganas de demostrar todo el talento que tiene. Es 1971, apenas un año antes de estrenar The godfather, así que imagínense el recital brindado.

No es una película perfecta, pero en su imperfección radica su principal virtud. Contemplamos así una obra contestataria, llena de juventud y osadía. Ciertas escenas son de un realismo tal que, lo reconozco, tengo que echar la vista a un lado. Es el lado oscuro de la vida, los márgenes del sistema. Un amor fagocitado entre jeringuillas. Esto es lo que aquí se retrata, sin más: penitentes abocados, tarde o temprano, al “pánico”, a la destrucción personal más absoluta.

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What’s eating Gilbert Grape? (1993)

whats_eating_gilbert_grape_ver2Dirección: Lasse Hallström
Guion:
 Peter Hedges (Novela: Peter Hedges)

Producción: Paramount Pictures / J&M Entertainment
Fotografía: Sven Nykvist
Montaje: Andrew Mondshein 
Música: Björn Isfalt / Alan Parker 
Reparto: Leonardo DiCaprio / Johnny Depp / Juliette Lewis / Mary Steenburgen / Darlene Cates / Laura Harrington / John C. Reilly / Mary Kate Schellhardt
Duración: 118 min
País: Estados Unidos

Cualquier error que tenga ¿A quién ama Gilbert Grape? queda perdonado. Al menos, por mi parte. Y es que es un regalo de película, un tesoro inesperado que uno encuentra casi sin querer. Después de muchos años sin verla, anoche zanjé esta cuenta pendiente. Qué suerte la mía. Qué poco se necesita para hacer buen cine: el Medio Oeste norteamericano como escenario y una peculiar familia como protagonista. Más que suficiente. 

Lasse Hallström cuenta muy bien este tipo de historias. Es un artesano de los sentimientos. Hace de la sencillez la mayor de sus virtudes. Transforma la cotidianidad, la tranquilidad y el encanto que caracteriza a los “pequeños” lugares en una tormenta de sensaciones y emociones. Convierte la armonía en puro espectáculo. Un par de pinceladas le bastan para hacerlo. Ahí están las maravillosas The cider house rules (1999) y Chocolat (2000) como buena prueba de ello. Aquí se agarra a un personaje en especial, a una de esas interpretaciones que conforme quedan filmadas pasan a la historia del cine. Es Arnie, un joven discapacitado a quien encarna estupendamente un deslumbrante Leonardo DiCaprio. La empatía que levanta este chico, no lo digo por decir, es una maravilla.

En el fondo, todo se centra en Johnny Depp. Él es Gilbert Grape, la bondad hecha persona. Gracias a su personalidad, a su mirada y a sus vivencias lograremos adentrarnos en cada uno de los entrañables rincones que contiene este relato. Ayuda a ello la fabulosa partitura de Björn Isfalt, la agradecida elegancia de Juliette Lewis y el sensacional trabajo de Darlene Cates, la madre de nuestros protagonistas. Así, casi sin darnos cuenta, la sutil emotividad de este vitalista cuento nos atrapa, guardando además un mensaje final precioso. Totalmente recomendable, gran película.   

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Catch me if you can (2002)

catch_me_if_you_can_xlgDirección: Steven Spielberg
Guion:
 Jeff Nathanson (Novela: Stan Redding / Frank W. Abagnale)

Producción: Dreamworks
Fotografía: Janusz Kaminski 
Montaje: Michael Kahn 
Música: John Williams
Reparto: Leonardo DiCaprio / Tom Hanks / Christopher Walken / Nathalie Baye / Amy Adams / Martin Sheen / Jennifer Garner 
Duración: 141 min
País: Estados Unidos

Esta no es una obra maestra de Steven Spielberg, pero sí es una buena película. No sé cómo llegó este proyecto a sus manos, pero la historia de Frank W. Abagnale queda resuelta de una manera muy entretenida. Elaborado el guion por Jeff Nathanson, también guionista de The terminal (2004), película similar en forma y propósito a esta, el recital pronto nos cautiva. A pesar de sus 140 minutos de duración, uno devora con gusto el relato. No faltan los nombres propios en los títulos de crédito (por cierto, pocas veces han estado tan bien presentados): la fotografía de Janusz Kaminski; la siempre acertada composición de John Williams; la presencia de Spielberg como capitán de la nave; y, fundamental, el mayúsculo reparto que aquí tenemos. 

Los personajes están muy bien pulidos. En el fondo, el tema de la soledad y la amistad subyacen detrás de esta retahíla de divertidas estafas y entrañables persecuciones. El sentimiento, aun escondido y sutil, es el motor de combustión de esta película. La crepuscular presencia de Christopher Walken -de largo el mejor de la película- y la añoranza por un pasado mejor serán la excusa idónea para que Leonardo DiCaprio comience sus travesuras: profesor de francés, copiloto de aviación, médico o abogado, todo le queda bien. Tanto da que aparezca como un apuesto seductor rodeado de mujeres que como un tortolito enamorado (estupenda Amy Adams). Detrás de él, dispuesto a iniciar el duelo, se halla Tom Hanks, solitario, enigmático y, a la postre, afable personaje. Ellos son el verdadero reclamo del film, dos colosos de la interpretación. Uno siempre ha sido considerado como un sobresaliente actor, hablo de Tom Hanks y sus excelentes papeles en (¡prepárense!) Philadelphia (1993), Forrest Gump (1994), Salvar al soldado Ryan (1998), La milla verde (1999), Náufrago (2000), Camino a la perdición (2002) y La guerra de Charlie Wilson (2007). Ahí es nada. Al otro le ha costado más hacerse un nombre, pues desde Titanic (1997) siempre se le asoció con una cara bonita, y la Academia parece no terminar de aceptarlo (nunca se ha hecho con un Oscar) entre los grandes. Aquí, como en todas y cada una de sus películas, está brillante. Recital, pues, a disfrutar. 

Así, el mano a mano entre los dos protagonistas queda espléndido, además de incluir un contexto tan bien pincelado que da para que la sobresaliente galería de personajes secundarios brille con luz propia. Creo que es difícil no divertirse -incluso emocionarse- con esta entretenida comedia. Llena de desparpajo y con auténticos momentazos. 

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Una sonrisa y una infancia

No recuerdo si llovía, si hacía frío o si nos asábamos de calor. Pero sí recuerdo un cine y una película: la Señora Doubtfire. También recuerdo que la vimos en familia. Y que fue una tarde tan tranquila como feliz. El esplendor artístico de Robin Williams coincidió con mi niñez, y eso que le agradezco. Me lo pasé muy bien con él: su dicharachero Peter Pan en la inolvidable Hook; la entretenida Jumanji; el simpático médico Patch Adams; el alocado gay de Una jaula de grillos; el entrañable robot de El hombre bicentenario; o aquel científico tan extraño que nos entretuvo con Flubber.  

De vez en cuando, también se ponía serio. Era un gran actor cuando quería: Good morning Vietnam, Más allá de los sueños, Retratos de una obsesión, Insomnio. Buenos trabajos que, en todo caso, permanecen a la sombra de  sus dos grandes papeles. Uno, John Keating; el otro, Sean Maguire. Así, fue un melancólico hombre enseñando a vivir a un joven rebelde en El indomable Will Hunting. Y un profesor enamorado de la poesía que, de igual manera, aleccionaba a aquellos muchachos de El club de los poetas muertos. La emoción que es capaz de despertar con estas dos películas, todavía hoy, me parece asombrosa. 

Son un montón de momentos los que van ligados a su nombre. Y en ellos, recuerdo sonrisas, muchas sonrisas. Para mí, eso es Robin Williams: una sonrisa y una infancia. 

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Out of sight (1998)

out of sifhtDirección: Steven Soderbergh
Guion:
 Scott Frank (Novela: Elmore Leonard)

Producción: Jersey Films
Fotografía: Elliot Davis 
Montaje: Anne V. Coates
Música: David Holmes 
Reparto: George Clooney / Jennifer Lopez / Ving Rhames / Don Cheadle / Steve Zahn / Dennis Farina / Michael Keaton / Catherine Keener / Samuel L. Jackson 
Duración: 123 min
País: Estados Unidos

Esta cinta entretiene de lo lindo. Es el lado bueno de Steven Soderbergh, capaz de lo mejor y lo peor. Aquí el cometido es muy sencillo: realizar una película comercial de calidad. Puro entretenimiento, nada de reflexión. En cierta manera, esta historia es la antesala de la franquicia más conocida del director, aquella que se abrió con la entretenidísima Ocean’s eleven (2001). Total, la receta es sencilla: un guion con oficio que sepa aunar distintos temas sin que desentone el mix final, un par de caras bonitas encabezando el cartel y un director que avive el relato.

Entre huidas de prisiones y asaltos a bancos se conocerán (y se enamorarán) el apuesto George Clooney y la sensual Jennifer Lopez. Un romance, pues, de lo más normal. La historia encaja las distintas piezas a la perfección. Además, la retahíla de secundarios y la cantidad de frentes abiertos por el guion le servirán al cineasta para pulir un relato inquieto, nervioso y muy entretenido. Me gustan Ving Rhames y su presencia, la verborrea de Don Cheadle, las pullas de Dennis Farina a Michael Keaton y, cómo no, el cruce de miradas entre nuestros dos tortolitos (me encanta la escena del ascensor).

Nada queda al azar, por tanto, en un film que representa tan sutilmente al “cine” de Steven Soderbergh. Un thriller metódico donde todo encaja a la perfección. Podría decirse que estamos ante una obra llena de desparpajo y sin complejos. Buena. 

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Annie Hall (1977)

annie_hallDirección: Woody Allen
Guion:
 Woody Allen / Marshall Brickman

Producción: United Artists
Fotografía: Gordon Willis
Montaje: Ralph Rosenblum
Música: Varios 
Reparto: Woody Allen / Diane Keaton /Tony Roberts / Carol Kane
Duración: 93 min
País: Estados Unidos 

Nunca pertenecería a un Club que admitiera como socio a alguien como yo“. Eso decía Groucho Marx, y así, parafraseando a uno de los grandes maestros de la comedia, abre Annie Hall, maravillosa película ideada por el genio neoyorquino, Woody Allen, en el año 1977. Es la única cinta del cineasta que ha conseguido alzarse con la estatuilla a la Mejor Película y, quizás por ello, brilla con una luz especial en su extensa, talentosa e inolvidable filmografía. 

La historia está narrada de una forma inquieta, porque inquieto es el personaje principal: Alvy Singer. El monólogo inicial ya advierte de las intenciones del film, pues marchamos a devorar los apenas 87 minutos del metraje sin pausa, sin atisbo de cordura y con una chispa infinita. La neurosis baña cada uno de los fotogramas de esta cinta. ¿Por qué es tan bueno Woody Allen? La cantidad de frases y situaciones memorables que se dan a lo largo de esta película difícilmente pueden recopilarse en pocos segundos. Junto con Manhattan (1979) y Deconstructing Harry (1997), Annie Hall pincela una paisaje sobre las relaciones de pareja de una forma tan divertida como certera. Las obsesiones del cineasta, además, están presentes a lo largo del relato: Nueva York sigue siendo su objeto de amor eterno; sus citas con Fellini y Bergman no pasan desapercibidas; el antisemitismo le obsesiona; su devoción al psicoanálisis es compulsiva; y su tirria hacia L.A. es divertidísima. Con todo, el guion de la película es fabuloso, pues no solo reímos con él, con sus gracias, sus chistes y sus vaivenes emocionales, sino que además, mérito principal del film, nos hace sentir partícipes de este relato, entender con una extraña cercanía las derivas de los protagonistas y, ya puestos, reflexionar sobre todo lo que nos muestra tan imprevisiblemente el genio neoyorquino.  

Las idas y venidas sentimentales del protagonista nos sacan una, dos, tres y hasta mil carcajadas. Pero todo se detiene en Annie, Annie Hall, esa chica nerviosa, guapa y tímida a la que Alvy conoce en un partido de tenis. A ella le da vida Diane Keaton, estupenda, en la que es la mejor interpretación de su carrera. Y ella es la chispa que enciende la mecha. A partir de ahí, prepárense para maravillarse con las batallas emocionales que emprenden esos náufragos cualquiera de la ciudad de Nueva York. Una nostálgica, entrañable y divertida mirada a los enredos sentimentales. Inolvidable película. 

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