‘Decálogo’. Parte I: Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Krzysztof Kieslowski realizaba en 1989 la obra ‘Dekalog’. Una sensacional compilación estructurada en diez bloques, uno por mandamiento, a partir de la cuál el realizador polaco y su fiel guionista, Krzysztof Piesiewicz, nos mostraban una visión muy personal de los mismos.

La obra se ambienta en una barrio de Varsovia, arquetipo del comunismo polaco, donde los distintos personajes de los capítulos coincidirán, aunque de manera independiente, en el desarrollo de la misma, alternando su presencia por esos parajes grisáceos, alternando el blanquecino de la nieve propia del frío invierno polaco, con la oscuridad y negrura del día a día de aquellos años. Por último, recordar que el film está ambientado en los años 80, casi a finales, una década en la que el pueblo polaco ya se sentía asfixiado por la bestia del comunismo real, desesperanzados por su triste realidad y, en parte, evadiéndose, quizás, en temas como la religión católica (la amplía mayoría de polacos son católicos. Tipo España).

En el primer capítulo de la célebre serie, Kieslowski y Piesiewicz, siguiendo el orden de los diez mandamientos, se centran argumentalmente en un tema muy concreto: amarás a Dios sobre todas las cosas.

Pawel es un chiquillo de un barrio de Varsovia que vive con su padre. Desde el primer momento, ya se nos deja claro que el chiquillo es muy inteligente (la partida de ajedrez o el amor por los problemas matemáticos). Sin embargo, por cosas inherentes a la edad, busca descubrir el porqué de ciertos “problemas” (la muerte del perro le causa un gran impacto), de grandes misterios para él como son la muerte, el alma, la otra vida. Tendrá dos vías de educación: por un lado, está su padre. Un hombre de ciencia. Alguien que cree que todo es cuantificable, medible. No va más allá, simplemente describe, con certeza absoluta, las acciones de los hombres y la naturaleza (la escena en la que le explica lo que es morir al niño es paradigmática de ello), sin ahondar ni comprender las peculariadades, los microuniversos de cada uno, las extrañezas y singularidades. Por otro lado, tiene a su tía. Una mujer de fe, creyente. La vida le es mucho más fácil para comprenderlo todo, simplemente cree en un Dios que le da sentido a su existencia.

El niño, Pawel, alternará tanto los valores inculcados por su padre, con esa devoción por las máquinas, la tecnología (mostrada de una forma un tanto inquietante) y los problemas (aquello de contar y medir), con la vena católica de su tía, la cuál está decidida a que el chaval crezca dentro del seno del catolicismo, recibiendo la catequesis. Sin embargo, Kieslowski hará estallar el dilema ciencia/religión cuando Pawel le pida a su padre que investigue si es posible esquiar en el lago (¿estará congelado?¿qué dicen tus cálculos?) cercano a su casa. El padre, después de su respectiva fórmula, le dará el visto bueno. El drama inundará la pantalla. Con un padre descolocado, tratando de seguir su metódica vida hasta el final (la escena del dilema entre ascensor/escalera), creyendo en la validez absoluta de las máquinas y sus calculos.

Al final, en una lectura personal, el padre, pese a su lucha en no reconocer la existencia de algo superior (como en la escena del lago en la que todos rezan excepto él), acaba, lleno de dolor, amargura y sufrimiento, maldiciendo la imagen de la Virgen María, reconociendo así, a través del simple acto de acudir allí, su existencia, el pago de sus pecados (el título que porta el capítulo). Sensacional obra de Kieslowski, al que en tan sólo 55 minutos, le basta para emocionarnos con esta historia a través de la cual realiza una visión muy personal, preciosa y lírica, con cierto aire a bíblico, del primer mandamiento. Es una joya oculta, con unos diálogos que lo son todo y un poderío visual que no necesita presentación, pues hablamos de Kieslowski.

 

‘Perdidos’. Hasta siempre.

Se acabó ‘Lost’. Una auténtica revolución dentro del mundo de las series de TV. Su andadura comenzó allá por 2004, y así hasta hoy. Se ha ganado entrar en el salón de las míticas, y se lo ha ganado a pulso por su gran capacidad adictiva para el espectador. Las incógnitas, peligros, aventuras y romances de todos sus personajes han sido el día a día de más de una tertulia, ya sea en la facultad, en la cafetería o pegados al teléfono.

Se admite que sus detractores la pongan patas abajo. Es liosa, si queréis hasta barata, en el sentido de engordar sin mucha justificación sus tramas. Puede que todo sea cierto, pero como buen lostie que soy, no se encajan. Para mí es una de esas joyas, cargada de imperfecciones, pues sí, pero que ha sabido mantenerme pegado al sofá durante sus 121 episodios, carcomiéndome por el devenir de los acontecimientos, sufriendo como un superviviente más de ese puñetero vuelo 815 de Oceanic, un vuelo que perdurará en mi memoria, con aroma nostálgico, al igual que esa isla tan misteriosa y atractiva perdidad en medio de la nada. Jack, Kate, Sawyer, Jin y Sun, Charlie, Hugo, Claire, Sayid, Michael, Linus, Desmond, Shannon, Juliet, Boone y tantos otros que nos amenizaron las veladas.

Spoiler

Del final poco que decir. A mí, personalmente, me gustó. Es cierto que deja muchas incógnitas en el aire (son tantas temporadas y episodios que si nos ponemos a rebuscar queda un mar de dudas sin resolver), pero es un final emotivo, sensible y bonito. Un final que le hace justicia a sus sufridos protagonistas, reunidos todos en un cielo de transmitible calidez, juntos después de haber luchado tanto y tanto por salir de esa isla, a la que, a la postre, toco proteger y defender. A más de uno se le caería la lagrimita viendo a Jack tumbado en ese campo de bambú, junto a Vincent, recordando el inicio de la serie. 

Todo resultó ser obra del hermano de Jacob, esa nube negra que siempre trató de borrar la isla y marcharse de ella. Pero Jacob tenía el encargo de su madre, de proteger la luz. Una luz de la que sería guardián, pero no por siempre, pues sabía que moriría más pronto que tarde. Por eso, trajo a la isla a todos nuestros supervivientes, para seleccionar al candidato idóneo (Jack, y Jack a Hugo). Luego vino lo que han sido seis temporadas frenéticas que han hecho que ‘Lost’ entre por la puerta grande en la historia de esa cosa llamada cine.

‘Perdidos’. John Locke y su empecinamiento.

La tercera temporada debía desmontar los muros que nos impedían ver a los ‘otros’. En cierta medida, la tarea estaba en manos de Jack, Kate y Sawyer, prisioneros de aquéllos. Aquí hemos descubierto que los otros no parece de iniciativa Dharma, o sí. Porque Ben sí lo es, aunque se cepilló a la estirpe entera.

Con el mito venido abajo, los otros no son más que extraños que parece ser investigan un extraño suceso con las embarazadas en la isla: la cura del cáncer. Ahora, Jack y compañía han pedido el rescata, intentando salir de esa isla tormentosa y asfixiante, pero con el sobreaviso de Ben de que el carguero que les espera no son quienes dicen ser. Así lo dejó como herencia Charlie.

Con un fijo de la serie ya fuera, Charlie, son pocos los que resisten. Nos han abierto la puerta con el exterior, o eso creemos. ¿Será el carguero la salvación? Por el episodio final, no lo parece. ¿Qué pasó con Dharma? ¿Quiénes son los otros? ¿Por qué John Locke no quiere que nadie salga de la isla? Me reitero, Locke me parece demasiado inquietante. Algo extraño hay en él. Seguimos con los nervios carcomidos a la espera de más chutes en forma de episodio.

‘Perdidos’. Todo huele a Dharma.

La segunda temporada, pese a que la acabé ayer, la recuerdo ya con neblina. Demasiado extensa me parece a mí. En fin, las dudas que dejaba abiertas el búnker, siguen en pie. No andan los tiros por dónde yo pensé. Ahora hay otro búnker, la Perla, en el que hay cámaras vigilando. También hay recuerdos de Claire en el aire de médicos con máscaras.

Está todo diseñado para creer en que hay una multinacional farmacéutica detrás denominada Dharma. Médicos disfrazados de salvajes jugando a un Gran Hermano en el que nuestros supervivientes son los conejillos de indias. John Locke, un personaje que me parecía inquietante, inquietó del todo dejando de pulsar la tecla. Veremos qué pasa. Mientras, atisbo una vuelta de Michael en plan salvador rescatando a Sawyer, Kate y Jack.

Nos han dejado con las figuras principales, a excepción de Locke y Sayid, en manos de “los otros”. Con una tecla que se ha ido al garete. Con otro búnker. Con muchas ideas en el aire, muchos personajes entrelazados que acabarán por unirse en las siguientes temporadas. El camino está trazado, sabes que te han metido en un círculo vicioso del que es difícil salir. Una vez más, su característica principal es la adicción. Supongo que el guión visto en su conjunto y una vez resueltas las incógnitas debe ser previsible y flojo, pero yendo por partes, capítulo a capítulo, uno espera con ansia que llegue el siguiente con la convicción de que algo espectacular espera. La puerta al mundo exterior está abierta en la figura del amor del pirado del búnker. A por la tercera.

‘The wire’. La escucha dio resultados.

El detective con el ego más grande del planeta, McNulty, sale escocido de un juicio. Tan escocido que acaba por chivarle al juez de turno cómo está el mercado de la droga en el este de Baltimore. El juez, anodadado, monta un berenjenal de miedo a los respectivos comandantes de la policía. El problema todos sabían que estaba latente, ahora ya se ha manifestado.

Narcóticos y homicidios se ven envueltos de lleno en la encrucijada personal del detective McNulty contra Avon Barksdale, el mafioso de la barriada. A partir de ahí, el día a día de la investigación policial. El sufrimiento que se lleva. La lucha. Los pisotones entre ellos. Las zancadillas. Ah! Y la lucha contra el narcotráfico. Comienzas pillando a un par de trapicheras, luego caes con un soldado. Tiras un poco más y te sale un hombre cercano al jefe. Una camarera. Un camello. Un matón con sed de venganza. Y así hasta llegar a los mismísimos políticos y jueces. Esto es The Wire. Un retrato cargado de realismo sobre el mercadeo de la droga, sobre las consecuencias de estirar la cuerda, sobre títeres y marionetas. Es decir, sobre mamones corruptos y desgraciados. Esto es Baltimore, pero no cuesta mucho imaginarse la misma situación no muy lejos de aquí. A ver hasta donde llega McNulty.

‘Perdidos’. El destino que inquieta.

Un matrimonio coreano con un pasado familiar lleno de tradición y violencia (Jin y Sun). Un cirujano en búsqueda de un sentido para su vida (Jack). Una mujer fugitiva (Kate). Un tipo que respira con el único fin de asesinar al tipo que mató a sus padres (Sawyer). Un cantante drogadicto (Charlie). Un obeso gafado (Hurley). Una pija sin escrúpulos (Shannon). Un mimado enamorado de ella (Boone). Un guardia republicano del ejército iraquí (Sayid). Un hombre que no sabía nada de su hijo en años (Michael), el cual parece tener poderes sobrenaturales (Walt). Una embarazada que estaba dispuesta a dar a su bebé en adopción (Claire). Y un paralítico que ha vuelto a andar (Locke).

Todos ellos, por cosas del destino, acaban aislados en una isla perdida en mitad del pacífico al haberse estrellado el avión en el que viajaban de Sydney a Los Angeles. Una isla perdida en mitad de la nada. Y tiempo, mucho tiempo para pensar en el por qué les ha tocado a ellos (¿un castigo del destino?), tratar de encontrar una conexión entre todos los supervivientes, ahondar en sus pasados cargados de errores y dolor, saber qué hacían en Sydney, al tiempo que deberán organizarse para sobrevivir en su nuevo mundo: la isla.

Una isla que ya desde los primeros episodios nos mostrará que no es una isla cualquiera. Algo esconde, hay algo tenebroso e inquietante en ella. Asesinatos, osos polares, mecanismos de seguridad, señales de socorro, secuestros de niños, susurros. Y ahora, se ha abierto una escotilla que puede conducir a un mundo demasiado oscuro, y la ha abierto un personaje envuelto de suspense y dudas: John Locke. No se cómo se desarrollará la trama, pero la primera temporada es espectacular, rozando la perfección. El preámbulo ideal. Es original, adictiva y, sobre todo, inquietante.

‘Dexter’. Haciendo amigos.

 

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En una de sus rondas justicieras, Dexter se topa por casualidad con un tipo al que se ve obligado a asesinar. Él no era el elegido, nada tenía que ver, pero se puso en medio con cuchillo en mano y obligando a elegir a Dexter entre su vida vida o la de él. La elección fue sencilla y rápida.

Sin saberlo, Dexter se había cargado al hermano del fiscal Miguel Prado, uno de los tipos más influyentes del Estado. Un tipo con el que poco a poco irá entablando una amistad. Una amistad verdadera para Dexter. Veremos como el psicópata trata de disfrazarse de humano. Quiere tener un amigo, su mejor amigo. El problema vendrá cuando su mejor amigo se desate, saque su verdadero yo, y ponga a Dexter entre el cuchillo y la pared. Es decir, entre el cuchillo y Harry.

Todo ello con el trasfondo de otro asesino en serie, “El despellejador”, un hombre obsesionado con la búsqueda de Freebo, el tipo al que Dexter se iba a cepillar cuando se topó con el hermano de Miguel. Entre tanto, la relación sentimental con Rita irá evolucionando, habrá descubrimientos de algún secreto oculto, pero en general, esta parte entrará en declive respecto a temporadas anteriores. Deb seguirá con sus típicos tambaleos sentimentales con los hombres. Y en la comisaría veremos caras nuevas, como la de Quinn, y más vueltas de tuercas a las andanzas de Batista, Laguerta o Masuka.

En definitiva, esta tercera temporada nos acerca hacia un Dexter conmovido por la amistad. Un Dexter que obvia el código de Harry, que lo trata de hacer suyo, intentando darle cabida a la amistad dentro del juego del asesinato. Sin embargo, esta tercera temporada ha bajado el listón. Suena todo a muy rebuscado. Freebo hasta en la sopa. Otro asesino en seriemás. Deb y sus líos. Los hermanos Prado también hasta en la sopa. En fin, dijéramos que el protagonista sigue cumpliendo, con sus rollos mentales y demás, pero el trasfondo ha bajado, y mucho, en esta tercera temporada. A mejorar.

‘Dexter’. A vueltas con el código.

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Dexter logró sobrevivir en la temporada anterior. Era su meta. El objetivo para el que le había entrenado Harry. Estaba sometido a un código de conducta cuya primera norma era “no dejar que me atrapen“. Le fue la vida a su hermano en ello.

Ahora, Dexter empezará a vacilar. Tendrá dudas con el código. La primera vendrá con Rita. No le mentirá. Con la verdad por delante. “Tengo una adicción“. Acabará desintoxicándose con Layla de tutora. Una auténtica desequilibrada que le provocará auténticos quebraderos de cabeza a Dexter. Pondrá el código al borde del abismo.

Dexter, además de esos dilemas morales, deberá soportar la presión del sargento Douges, promotor de una campaña personal contra él, y el descubrimiento de una auténtica matanza, su matanza. Un cementerio en el fondo marino. El nacimiento de ‘El Carnicero de la Bahía’.

Dexter caminará con paso dudoso a lo largo de toda la temporada. Su relación con Rita se tambaleará. Layla será el problema con mayúsculas de su vida. Ella será quien trate de orientarlo en la bifurcación de su vida. El FBI le seguirá el rastro. Douges será su lapa. Deb le necesitará más que nunca para rehacerse de su pasado traumático. Y, poco a poco, además, irá descubriendo el pasado de su padre. El código que le inculcó. ¿Para que sirvió? ¿Qué creó Harry?

Dexter vuelve a las andadas. Un Dexter más humano, con más dudas y pensamientos. Al comienzo, un Dexter al que le costará reencontrarse con el código. Luego, un Dexter que deberá superar mil obstáculos, tanto físicos como morales. Un Dexter que dudará, que se planteará hacer añicos el código. Y, finalmente, un Dexter que encontrará su lugar en el mundo. Brutal paseo por la mente de un asesino en serie.

‘Dexter’. Recuerdos de niñez.

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Dexter no es un tipo corriente que digamos. Siempre ha vivido a la sombra. A la sombra de su realidad. Jamás ha sentido nada. No le conmueve la fraternidad de su hermana. Tampoco el cariño de Rita. Ni siquiera encuentra un gramo de sentimiento en toda Miami. Sólo recuerda con aprecio a Harry, su padre adoptivo. Aquél que le enseñó un código. Un código con el que vivir y con el que esquivar su gran pasatiempo: asesinar indiscriminadamente.

Harry le enseño a canalizar su amor por el homicidio. Asesinar a quien se lo merezca. Metódicamente, con frialdad. Al anochecer. Mientras, durante el día, se pone su máscara de forense. Ayudante intachable de la policía. Pasa su tiempo en su laboratorio y en las escenas del crimen. Rodeado de sangre. Rodeado de gente por la que no siente ningún apego, pero ante la que debe fingir humanidad. 

Ahora, hay algo que le inquieta: un asesino en serie. Conocido como ‘el asesino del hielo’, sus asesinatos le conducirán hacia un juego peligroso. Un juego que le hará recordar su niñez. Un trauma que le marcó de por vida, y al que ahora deberá enfrentarse.

Brutal, nunca mejor dicho, serie de TV producida por Showtime y basada en las novelas de Jeff Lindsay. La voz en off de ese psicópata con vocación de justiciero es impagable. Michael C. Hall realiza una interpretación espectacular. Su cara angelical. Su mirada penetrante. Su sonrisa encantadora. Las andanzas de este pobre imitador calan muy hondo.

Spoiler

Desgarrador final. Uno de los mejores finales que yo haya visto. Su corazón le pedía marcharse con su hermano, sin embargo, debía sobrevivir. Ley de supervivencia.

Sólo un pero, si Rudy retuvo a Tucci y lo torturó cruelmente, ¿cómo es que aquél no sospecho ni siquiera de su voz mientras estuvo en el hospital?

‘True blood’. Bienvenidos a Bon Temps.

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True Blood es una serie de ficción creada por Alan Ball, guionista (American Beauty) y también creador de otra serie de la HBO, ‘A dos metros bajo tierra‘. La serie data del 2008 y está interpretada principalmente por Anna Paquin (X-Men).

Gracias a la invención de sangre sintética por parte de un científico japonés, los vampiros han pasado de ser, de la noche a la mañana, monstruos legendarios a respetables ciudadanos. Y aunque han quitado a las personas de su menú, muchos humanos permanecen aprensivos a que estas criaturas “salgan del ataúd”. Líderes religiosos y representantes políticos del mundo entero ya se han posicionado, pero en un pequeño pueblo de Louisiana aún no se han pronunciado al respecto“.

La ficción nos sitúa en Bon Temps, un pueblecito perdido en medio de la nada de Louisiana, en el corazón del sur de los Estados Unidos. Allí, Sam regenta un bar en el que tiene empleada a Sookie, la inocente protagonista. Ésta, es hermana de Jason, el patán por excelencia, del cual está enamorada Tara, la mejor amiga de Sookie. No muy lejos de allí, en una casa medio abandonada, vive Bill Compton, un siniestro vampiro del que quedará prendada Sookie.

La trama de la serie tendrá como hilo conductor una serie de asesinatos que tendrán sus ramificaciones en el devenir de cada personaje. Así, Alan Ball, con ritmo pausado, nos mostrará los problemas emocionales, los líos de faldas, los secretos, el pasado de cada uno, el amor y la vida en general de dicha población. Creará un retrato social a través de un paisaje coral en el que Ball no olvidará lo principal: en esta ficción los vampiros son respetados por la ley, forman parte del conjunto de la sociedad. ¿Cómo llevarán esto en un pueblo tan segregacionista históricamente como este?

True Blood es una original propuesta que esconde detrás de su máscara de terror, sangre y mordiscos una importante cuestión: la integración y convivencia en sociedad de dos razas “diferentes”. ¿A alguien le ha recordado esto a la Lousiana de los años 60? ¿verdad que no?.