Una sonrisa y una infancia

No recuerdo si llovía, si hacía frío o si nos asábamos de calor. Pero sí recuerdo un cine y una película: la Señora Doubtfire. También recuerdo que la vimos en familia. Y que fue una tarde tan tranquila como feliz. El esplendor artístico de Robin Williams coincidió con mi niñez, y eso que le agradezco. Me lo pasé muy bien con él: su dicharachero Peter Pan en la inolvidable Hook; la entretenida Jumanji; el simpático médico Patch Adams; el alocado gay de Una jaula de grillos; el entrañable robot de El hombre bicentenario; o aquel científico tan extraño que nos entretuvo con Flubber.  

De vez en cuando, también se ponía serio. Era un gran actor cuando quería: Good morning Vietnam, Más allá de los sueños, Retratos de una obsesión, Insomnio. Buenos trabajos que, en todo caso, permanecen a la sombra de  sus dos grandes papeles. Uno, John Keating; el otro, Sean Maguire. Así, fue un melancólico hombre enseñando a vivir a un joven rebelde en El indomable Will Hunting. Y un profesor enamorado de la poesía que, de igual manera, aleccionaba a aquellos muchachos de El club de los poetas muertos. La emoción que es capaz de despertar con estas dos películas, todavía hoy, me parece asombrosa. 

Son un montón de momentos los que van ligados a su nombre. Y en ellos, recuerdo sonrisas, muchas sonrisas. Para mí, eso es Robin Williams: una sonrisa y una infancia. 

patch

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