‘El dulce porvenir’. Melancolía.

Película tan sencilla como profunda. Tan suave como esa brisa de aire frío que azota las facciones de cada personaje, pero tan dolorosa como un autobús ahogándose cargado de niños en mitad de un lago. La historia de Atom Egoyan se compone por un pueblo perdido en medio de las montañas nevadas de Canadá, por una recepcionista de un motel que engaña a su marido, por un viudo que ejerce de amante, por una chófer de autobús, por dos hippies, por un padre que sueña con que su hija sea una estrella del rock.

Un terrible acontecimiento cambiará la vida de todos ellos. La nada, el vacío se apoderará del pueblo, pero lo hará de una manera apacible, casi sin darse cuenta, mostrándonos así, el cineasta, una tranquilidad cargada de aflicción y desasosiego, una realidad carente de sentido por el dolor de esa pérdida imposible ya de compensar (el dilema que representa el abogado para el pueblo), tratando únicamente de olvidar (como el viudo o Nicole), de borrar el pasado acogiéndose a ese dulce porvenir.

El juego en el tiempo es utilizado por Atom Egoyan para combinar sensaciones, cargando el pasado de nostalgia, a través de escenas tan líricas como esa en la que el abogado recuerda aquel sereno amanecer junto a su mujer y bebé, con un presente amargo y doloroso, con una realidad desalentadora que se nos presente en la gran parte de los planos del film.

‘El dulce porvenir’ es gélida como ninguna. El calor de los corazones de esos habitantes se apaga poco a poco, impregnándose ese pudoroso frío en ellos, brindándonos una demoledora postal en la que el olor a madera, el frío, la nieve y la melancolía invaden todo nuestro cuerpo.

‘Ong Bak: El guerrero Muay Thai’. Una fuente llamada Bruce Lee.

Bruce Lee fue el precursor en el campo de las artes marciales llevadas al mundo del cine. Obras como ‘Kárate a muerte en Bangkok’ (1971), ‘Furia oriental’ (1972), ‘El furor del dragón’ (1972) y ‘Operación Dragón’ (1973) fueron pioneras en este tipo de cine. Ha habido, después de él, distintos aspirantes al trono de esa máquina de hacer dinero que son este tipo de cintas. Ellos son gente como Jackie Chan, Jet Li o una versión no asiática como Steven Seagal. Todos bebían de la misma fuente: las artes marciales.

En esta ocasión, una cabeza robada de Buda a manos de un maleante hará que los pueblerinos de un lugar de las montañas de Thailandia envíen a su mejor luchador a la gran ciudad en busca de recuperar el honor perdido. Ese luchador no es otro que Tony Jaa, el nuevo rey de las artes marciales. Película sin misterio alguno que cuenta con un rutinario y previsible guión puesto al servicio de las artes de nuestro protagonista. Es decir, las patadas, hostias y acrobacias inundan la pantalla brindando un potente y gozoso despliegue de violencia explícita que hará las delicias de más de uno, recordándonos por momentos al célebre y mimetizado Bruce Lee. Quien se lanza a ver ‘Ong Bak’ ya sabe a lo que va. Únicamente para admiradores del género.

 

‘Mercury rising’. Bruce Willis y el autismo.

‘Mercury rising’ es una de esas películas de buenos y malos. El bueno es Bruce Willis, un rudo agente del FBI encargado, casi de rebote, de proteger a un chaval autista, huérfano y al que los tipos malos de la peli buscan atrapar. ¿Por qué? Por dos frikis que decidieron poner en un crucigrama un importante código secreto, el mercury (de ahí el original título del film), valorado en “nosecuantodinero” e imposible de descifrar. Al menos eso creían ellos, porque ahí está el chavalín autista poniendo patas arriba todo el tinglado.

Película comercial, bastante estándar, a la que yo, personalmente, etiqueto “como una de Bruce Willis”, uno de mis actores favoritos. La receta no es la de siempre, pero casi. Guión flojucho en el que el susodicho actor ejerceo de tipo duro, salvaguardando la vida del chaval y llevándose por delante a todos los malotes de bala rápida. La trama de acción queda un tanto almibarada cuando aparece el niño en escena, enterneciéndonos con la música que siempre lo acompaña y dándonos un manual para principiantes acerca de qué es el autismo. En definitiva, combinación conseguida entre disparos y sirope. Tiene su cosa.

‘The yards’. Welcome home Leo.

The yards’, como fue titulada en su versión original, suponía la segunda obra en la filmografía de James Gray, uno de los cineastas con más pedigrí dentro del panorama actual. En esta ocasión, y tras haber irrumpido seis años antes con ‘Little Odessa’ (1994), el excelente autor retrataba las andanzas de un ex reo, Leo, que volvía al barrio, a casa, abandonando la oscuridad y viendo la luz al final del túnel (gran primer plano).

En su vuelta al hogar, la ansiada reinserción social que él buscaba no será fácil. Su entorno familiar, en especial su madre, querrá que siente cabeza, dando un respiro a su frágil corazón. Así lo verá su tía, la hermana de su madre, y su prima hermana. La familia, objeto de focalización dentro del cine de Gray, no será dejada de lado. Sus dilemas, sus dolores, su amargura. Todo será expuesto. Leo, para pena de su madre, pronto volverá a regentar las compañías de sus viejos amigos, extorsionadores y maleantes de tres al cuarto, al tiempo que se dejará cautivar por la dulce llamada de su tío político, Frank, un empresario de la industria ferroviaria, y del asalariado de éste, su mejor amigo Willie. Una compañía, como comprobaremos en cada plano, nada recomendable para volver al buen camino.

La temática del film no se aleja de los rasgos característicos de James Gray. En sus historias siempre encontramos a un anónimo de ese barrio al que tanta pasión tiene el cineasta. Encontramos un alma perdida que busca encontrar su camino, con las aflictivas relaciones familiares, con un amor desgraciado y doloroso (en esta ocasión, muy particular), todo siempre envuelto en un contexto turbio. Una turbiedad materializada, en esta ocasión, en el mundo de los ferrocarriles, de las estaciones de trenes, del oscuro negocio que hay en torno a ellas. Corruptelas desatadas entre empresarios y políticos sirven como envoltorio ideal para la acción de nuestro chico, de Leo.

James Gray nos vuelve a malacostumbrar con su particular y personal elegancia visual. Su estética es inconfundible, impregnando con sus juegos de claroscuros cada plano de esta versionada historia de Terry Malloy, aquel rudo delator interpretado por Marlon Brando en ‘La ley del silencio’ (1954), quien esta vez es encarnado por Leo, un tipo seco y frío que luchará contra las hienas del barrio, tratando de dejar de ser carne de cañón, buscando el buen camino. Película con una ambientación que roza la perfección y una historia conmovedora cargada de un pasado gris, un presente tan bondadoso como doloroso y un futuro esperanzador. A ello hay que añadirle la maestría en el momento de dirigir a los actores, grandes actores de la talla de Joaquin Phoenix, Mark Wahlberg, James Caan, Ellen Burstyn, Faye Dunaway o Charlize Theron. Todos, todos están espléndidos en esta gran película.

‘Dragonfly’. No arranca ni a tiros.

Kevin Costner se ponía el disfraz de un viudo depresivo tras la muerte de su esposa. Obsesionado con ella, carcomido por la incerteza de que el cuerpo nunca apareció, comienzan a atormentarle misteriosas señales, chiquillos que vienen del más allá y algún susto que otro (de esos que ves venir a la legua), dando la nota extraordinaria a una sosa intriga que no arranca ni a tiros, ocupando gran parte de su metraje en relatar la depresión “del quince” del protagonista, sus rondas estajanovistas y su lucha contra el mundo (muy típico).

A uno no le carcome todo ese misterio, cayendo la historia en una monotonía implacable en la que el drama se come a la intriga, conduciendo todo a un final decepcionante, cargado de sirope. Como punto fuerte, también tenemos una marciana visión sobre indígenas de la selva con metralletas y jeeps. En fin, intriga aburridilla alternada con algo de fantasía que no va más allá, dentro del cine comercial (el puro y duro), de las mediocres. Mala.

‘Crash’. Coches, colisiones y sexo.

Estaba ilusionado en los momentos previos a la acción de pulsar el play. No sabía exactamente la que se me venía encima, pues las referencias eran dispares, pero tenía esa sensación de que posiblemente tenía ante mí una de esas joyas cinematográficas que uno siempre anda buscando. Desde los primeros planos ya se nos explicita la lujuria, el deseo carnal, el placer sexual retorcido, lo que da pie a un erotismo ciertamente conseguido que se impregna en cada uno de los personajes de esta singular historia. Pronto, uno se anonada ante lo contemplado, ante ese fresco de zumbados, románticos de la gasolina, la velocidad, las colisiones y el sexo, todo junto y revuelto. Se supone que de ahí emana una reflexión sobre la penumbra existente en nuestra sociedad y demás.

El esquema narrativo/simbólico sería: 1º monotonía (estandarización reflejada en los automóviles), 2º rotura (colisión o escape de esa monotonía), 3º placer (derivado de ese atípico híbrido entre mecánica-tecnología y carne-sexo). Es decir, el punto zen en esta universo cronenbergiano sería, por ejemplo, cepillarse a un tío con el pene repleto de cicatrices y la cara hecha un mapa de tanta hostia, o poner a cuatro patas a una explosiva rubia que mueve sus sensuales curvas gracias a las prótesis que invaden todo su cuerpo.

Veo la reflexión a la que trata de incitar el cineasta mediante ese grupo de enfermos excitados ante la idea de partirse la pierna en tres, o de practicar el acto sexual envueltos de sangre, cráneos abiertos y magulladuras. La incómoda ambientación está veritablemente conseguida gracias a esa estética metalizada a la par que carnal, llena de morbo, cautivando mi atención y perturbándome esas ovejas descarriadas filmadas por la cámara de Cronenberg. Sin embargo, esa perfección visual no logra maquillar los defectos de una historia tan singular como pretenciosa. Tengo sensaciones extrañas tras haberla visualizado. La atmósfera retratada me apasiona, pero no acabo de encontrarle el sentido al film, pues el medio utilizado para escapar de la uniformización me parece tan enfermizo, tan irreal, tan violento, tan fetiche, que no me lo acabo de creer. Es un absurdo. Mi mente, por el momento, no está tan enferma como la de Cronenberg.

‘The girlfriend experience’. Nuevo patinazo de Soderbergh.

Sasha Grey, una consagrada actriz del mundo porno, daba el salto con ‘The Girlfriend Experience’ a un tipo de cine, digamos, más convencional. Aunque todo sea dicho, esta cinta incita al morbo antes de su visualización, pues la coges con ciertas expectativas de película maldita. En realidad, más allá de la curiosidad de que esté protagonizada por la susodicha actriz, la película no tiene nada de especial. Soderbergh le da a la voz en off un protagonismo esencial, relatando a modo de diario las andanzas de esa puta de lujo con sus clientes (generalmente peces gordos del mundo financiero), al tiempo que nos muestra lo conflictivo de mantener una relación sentimental seria con un novio estándar. Sin embargo, nada resulta cautivador.

Se amontonan los clientes, nos empapamos de vestidos caros y vemos alguna que otra discusión entre los novios. Todo parece muy superficial, liviano. No me identifico con las supuestas penas o problemas de esa mujer, en el caso de que los tenga (habría debate en torno a esto), ni me interesa en demasía su forma de vida, relatada ésta de una manera ciertamente sosa. Tampoco capto muy bien el papel del novio en esta historia. Hay bastantes faltas de conexión. En definitiva, fallido producto de un cineasta que ya ha demostrado, con creces, que tiene madera para ser uno de los grandes. No obstante, sigue empeñado en hacer cositas, experimentales o no, que conforme las ves, las olvidas.

‘Sin City’. Viejos tiempos, malos tiempos.

‘Sin City’ fue llevada a la gran pantalla por los hermanos Weinstein, generalmente un seguro de calidad, en el año 2005. Teniendo en cuenta que el autor del cómic, Frank Miller, se volcó en la adaptación cinematográfica del mismo, y que sus compañeros de trabajo fueron ni más ni menos que Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, muy mal lo tenían que hacer para que la cosa no quedará apañada y digna de admiración. Más aún, rizando el rizo, si vemos entre el reparto a gente de la talla de Bruce Willis (uno de mis favoritos), Mickey Rourke, Clive Owen, Benicio del Toro, Elijah Wood, Brittany Murphy, Rosario Dawson o Jessica Alba. Es decir, todo un lujo a la vista del cartel.

El film se estructura en torno a tres historias con distintos puntos de conexión pero que guardan suficiente independencia entre sí. La primera historia está protagonizada por Bruce Willis, un Don Nadie dentro del mundo policial que busca retirarse de una manera honrosa. Es decir, salvándole el pellejo a una niña de 11 años que está a punto de ser violada y asesinada por el hijo del Senador de la ciudad. No será fácil tarea. Conviene advertir que la historia se encuentra dividida en dos partes. La primera abre la película, en la segunda la indenfensa niña se ha convertido en una explosiva bailarina (lanzó al estrellato a Jessica Alba).

La segunda historia es, para mí, la mejor de las tres. Está interpretada principalmente por Mickey Rourke, quien se pone el traje de un tipo malo, rudo y con un físico facial alejado del concepto estándar de hermosura. Sin haber tenido nunca a una mujer entre sus manos, quedará prendado por Goldie, una encantadora rubia que le satisfará sus necesidades sentimentales y sexuales. Sin embargo, al amanecer la mujer no despertará. Alguien la asesinó, y él buscará venganza en la figura de un sicario muy sutil movido a través de las órdenes de un religioso que impera en la ciudad. Curiosamente el poder religioso y el político van de la mano en Sin City, pues éste líder espiritual no es más que el hermano del Senador.

En la tercera historia nos encontramos a una desorientada mujer, interpretada por una Britanny Murphy que ya nos ha dejado, que frecuenta compañías nada recomendables. Entre sus amantes se encuentra un violento Benicio del Toro, con ganas de marcha, atiborrado de alcohol y anclado a la puerta de la atractiva rubia, esperando que ésta abra. Lo que no sabe es que dentro del apartamento está Clive Owen, un sanguinario tipo que no dudará en eliminarlo. Historia irregular que combina el naufragio de Murphy con la miserable existencia de Old Town, el barrio donde la ley es la ley de las putas. Un barrio sin policía ni mafiosos. Un orden que no conviene alterar.

La esencia de ‘Sin City’ se encuentra en el cariz grisáceo, lluvioso y sombrío que envuelve a la ciudad. Una ciudad donde la ley parece existir no tanto para dictar justicia como para imperar de manera despótica. Tres individuos, tres hombres crespusculares, de esos que viven en el borde del abismo de una manera crónica, son los escogidos para explicitarnos la turbiedad de esa castigada ciudad. Fueron ellos, pero a la vista de lo que nos muestran, podría haber sido cualquier otro el protagonista de una película  con una factura técnica impecable, adornada con mucho mimo, lo cual ayuda, y mucho, a conseguir la ambientación necesaria para hacer creíble este tipo de historias donde el espectador no puede hacer otra cosa que no sea identificarse con esos perdedores que buscan hacer el bien, dictar justicia a su modo, sabedores que no tienen nada que perder, tratando de olvidar los viejos tiempos, los malos tiempos. Unos tiempos que marcan el día a día en Sin City. Una ciudad llena de corruptelas y mafioseo. Una ciudad donde las élites juegan a lo que quieren, cuando y donde quieren, bien sea violando niñas o despedazando a prostitutas. Una ciudad donde el polícia que trata de hacer algo acaba en chirona. Una ciudad repleta de miserables llenos de dolor y resentimiento. Una ciudad que desprende poesía, poesía crespuscular de toda esa triste realidad. Verdaderamente conseguida, de lo mejor de la década.

¿Lo mejor? El garito que sirve como nexo entre las distintas historias, donde todos los personajes se combinan en un marco cargado de vicios, desprendiendo un aroma salvaje gracias a esos rudos hombres que beben sus copas mientras contemplan sedientos de sexo el baile de una explosiva rubia, a la espera de cualquier mal gesto o mala palabra para poder enzarzar una pelea con cualquier otro tipo duro como él. O simplemente a la espera de proteger tu honor, lo único que te queda. Curioso que las tres historias tengan como motor de acción la protección de indefensas mujeres (Bruce Willis/Jessica Alba, Mickey Rourke/Jaime King, Clive Owen/Brittany Murphy).

‘Where the truth lies’. Empacho de langostas.

Primera película que he tenido la ocasión de ver de un enaltecido cineasta como Atom Egoyan. Todavía no he comprobado si es digno de la reputación que atesora, pues desconozco la calidad de su filmografía. Una cosa sí tengo clara, si fuera por ‘Where the truth lies’, la obra aquí comentada, el cineasta en cuestión no pasaría de la condición de mediocre.

La película gira en torno a una investigación de una periodista, interpretada por Alison Lohman, que deja mucho que desear. Se trata de esclarecer un turbio acontecimiento, cargado de lujuria, que acabó en la muerte de una joven y atractiva rubia. No obstante, la investigación es engañosa, liante y confusa. Tiene demasiados entresijos, no acabando jamás de arrancar, pues enlaza tropezón tras tropezón, conduciendo al espectador inequívocamente a esa sensación tan molesta como es la del aburrimiento derivado de la pesadez.

Torpe película que parece no haber plasmado en imágenes lo que los folios prometían y que además peca de pretenciosidad en más de un momento. Tenía buena pinta la historia, pero yo me perdí a partir del quinto plano de las langostas. Se salva Alison Lohman y ciertos momentos de interés (son los pocos). Desperdiciada absolutamente.

‘Decálogo’. Parte X: No codiciarás los bienes ajenos.

El último mediometraje de la obra ‘Decálogo’ se centra en el décimo mandamiento: “No codiciarás los bienes ajenos”. El dúo Kieslowski-Piesiewicz gravita su historia, en esta ocasión, en torno a ese personaje entrañable que visita, en el octavo capítulo, a la anciana profesora para hablarse de sus sellos. Sus dos hijos, dos hermanos totalmente desfraternizados, vuelven a reunirse tras la muerte de su padre (quién no aparecerá en plano). Ambos acabarán por descubrir una colección de sellos valiosísima a la que su progenitor había dedicado gran parte de su vida, dando pie, de esta manera, a la aparición del tema principal: la codicia.

Un derroche de codicia es lo que nos explicita el cineasta polaco en las imágenes, con cierto cinismo corriendo entre sus venas. Dos hombres que prácticamente ya no conocían a su padre. Tampoco se conocían entre sí. Pero el descubrimiento del tesoro, de la fortuna, les hará aferrarse a él, ansiándolo. Los recelos y desconfianzas se apoderarán de los dos protagonistas, materializando estas sensaciones en rejas, especulaciones, engaños. También comprando un perro guardián o dejándose, literalmente, un riñón en el camino.

De largo, a mí me lo parece, es el capítulo más estrambótico de la serie y, porqué no, un buen punto y final a una obra que ha hablado de las miserias y las grandezas de nuestros similares, de los dilemas y debates abiertos que todavía azotan a la condición humana, de moralidades y amoralidades, sirviéndose para ello de un decálogo que ha marcado, con puño de hierro en más de una ocasión, el existir de tantas y tantas personas. Una obra, tan modesta como grandiosa, que se convierte en un referente del cine gracias a ese paseo por nuestra desangelada existencia.