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‘The black Donnellys’. Hell’s kitchen y el mundo teen.

Tommy, Jimmy, Sean y Kevin. Son los Donnelly, cuatro hermanos que viven en Hell’s kitchen, criados en mitad del crimen organizado, el negocio ensangrentado y la pugna entre irlandeses e italianos. Un contexto nada halagüeño para poder mantener a flote ese vínculo familiar que les une, ese amor fraternal que nada puede romper y que contra todo lucha.

Paul Haggis se pasaba al formato televisivo, en compañía de Bobby Moresco, para entreternos la velada con un producto decente, efectivo y de calidad. Brindaba acción, intriga (no muy rebuscada) y cierto humor negro que era de agradecer. Sin embargo, también recurría, en exceso, al topicazo en cuanto a perfil de personajes (el listo, el tonto, el bravucón y el pequeñín inocente) y escenas varias (palizas y demás, de no gran calado), además de buscar descaradamente la conquista del público juvenil (pastelona historia de amor entre Tommy y Jenny).

‘The black Donnellys’ no es ninguna obra maestra. Se han hecho, dentro del género, ciertas obras de una calidad sideralmente superior al retrato que aquí se nos ha dado del mundo gangsteril de Hell’s kitchen. Tiene la peculiaridad y originalidad de ser un producto que rezuma aroma a mafias y crimen organizado en su interior, pero que se reviste de un modo excesivamente teen, con la efervescencia y simpleza que ello comporta. No casa muy bien, de ahí que su peculiaridad (guiño teen) sea su gran lastre. Con todo, una serie digna que sin ser de lo mejor del género, sí te mantiene pegado al sofá, disfrutando de las andanzas de estos chicos, los Donnelly.

Aviso para navegantes: salvo sorpresa, es un producto inconcluso que depara un incierto final (en la primera temporada), puesto que la resolución del mismo no se dio al cancelarse la emisión de la segunda temporada.

7/10

‘Sherlock’. Elemental.

London. Pleno siglo XXI. Los pisos son caros. Existe la telefonía móvil. También Internet y el mundo blogger. Ya no hay carruajes ni caballos. Hay asfalto, y las humeantes industrias parecen haber dado paso a imponentes rascacielos modernistas de alma financiera. Tampoco está Jack ‘El Destripador’. Pero sí otras almas depravadas. Sin embargo, una cosa parece no cambiar, hablo, cómo no, del perspicaz, excéntrico y sociópata, entre otros muchos calificativos, Sherlock Holmes, y de su fiel y sagaz ayudante, John Watson.

‘Estudio en rosa’, ‘El banquero ciego’ y ‘El gran juego’, son la excusa perfecta para que la BBC, entre otras, decidiera amenizar nuestros ratos libres con esta cautivadora, cómica y adictiva reinvención del popular detective asesor. Un lujo.

‘Prison break’. Mike Scofield.

Un tipo con una mirada enigmática y medio cuerpo tatuado, decide atracar un banco. Se llama Michael Scofield, y busca justicia. O más bien salvarle el pellejo a su hermano, Lincoln Burrows, un reo condenado a muerte que agota su últimas horas en el corredor clamando su inocencia. Sea como sea, los Hermanos (interpretados excepcionalmente por Wentworth Miller y Dominic Purcell) todavía no saben que nos van amenizar la velada por un buen tiempo.

Son infinidad de trampas, trucos y giros baratos los que posee ‘Prison break’. El guión va dando saltos contínuos, enrevesando y forzando la trama. Todo suena a déjà vu a los pocos capítulos de comenzar. Además, sientes como te aboca constantemente al borde del precipio, pero nunca, nunca, acaba por soltarte. Parece tener, en cambio, un aura envolvente, creando en nosotros una adicción que pide más acción. Nos dejamos engatusar por la mente brillante de Mike Scofield y la bravura de Lincoln Burrows. Aceptamos con gusto las situaciones que rodean al resto de personajes (T-Bag, Mahone, Sucre, Tancredi y una larga lista de secundarios). Nos mordemos las uñas en infinidad de ocasiones a sabiendas de que hay gato por liebre, a sabiendas que vamos a presenciar un tutiplén de situaciones inverosímiles y atropellos a la coherencia. Pero, a pesar de todo, me gusta. Es así, es la mística breakiana.

 

Spoiler

Michael J. Scofield
September 8, 1974 – November 4, 2005
Husband, Father, Brother, Uncle, Friend
“Be the change you want to see in the world.”

‘Criminal minds’. McCrimen.

Estructurada de manera muy simple, todo comienza con el crimen. Luego llega nuestro equipo de análisis del comportamiento del FBI. Aquí, véamos, lección magistral dada de forma muy sintética, alternada ésta con los toques justos de terror, intriga, angustia, claustrofobia, tensión o misterio. Esta parte va a gusto del capítulo. Para terminar, pasamos el nudo para llegar a la conclusión del mismo, siempre explícita y terminantemente resolutiva.

Hay capítulos mejores y peores. Los hay buenos, decentes, malos y aburridos. Pero, en líneas generales, la criminología de cafetería propuesta por Jeff Davis me gusta. Me gusta el momento en el que dan el perfil. Me cae bien la pose enigmática de Gideon. También la cita periódica de cada capítulo. Las conversaciones en el lujoso avión. El sex-appeal de Lola Glaudini. Reid con su manual de sabelotodo. En fin, que ‘Criminal minds’ supone un chute de entretenimiento metido en vena de manera directa. Una píldora perfecta para ocupar los tiempos muertos.

‘The walking dead’. Agua caliente.

El excelso Frank Darabont, padre de dos obras de impecable factura como son ‘Cadena perpetua’ (1994) y ‘La milla verde’ (1999), se adentraba, en pleno boom de las series de TV, en dicho formato, en compañía de otros cineastas, a través de una original propuesta titulada ‘The walking dead’.

Parte de un episodio piloto excepcional. En él vemos a un policía norteamericano que se detiene en una gasolinera. El terror se apodera de nosotros en el caminar de este solitario hombre. El paraje es devastador. Los coches vacíos y oxidados se amontonan en el desamparado asfalto. De pronto, ve la figura de una joven chiquilla, de espaldas a él. Le reclama su atención dulcemente. Ella se gira, tiene el rostro desfigurado, sangriento. Hace mención de morderle. No tiene más remedio que meterle una bala directa al cerebro. Esto es ‘The walking dead’, ya estamos avisados desde el primer plano.

El apocalípitico futuro lo conocemos a través de los ojos de Rick Grimes. Nos concienciamos de la terrorífica realidad al mismo tiempo que él. Su oficio como policía (curioso que en esa escena no sepamos, de no ser por la conversación de crisis personal con su compañero, si estamos en el pasado o presente) le llevará al hospital. El despertar es caótico. El tiempo se detuvo en un determinado momento. La civilización pareció extinguirse justo ahí. Un hospital cochambroso,  sanguinoliento, oscuro y maloliente. El descenso a oscuras por la escalera da miedo de verdad. Fuera hay un cementerio improvisado. Todo se ha venido abajo. El golpe con la realidad es tan duro que duele hasta el propio espectador. Solo y malherido camina hasta su casa en busca de su mujer e hijo No queda nadie, pero no hay fotos (buena señal, signo de vida). Un chaval se topa con él, también el padre.

La estancia en esa apagada casa rezuma la esencia de esta serie. El toque Darabont se percibe a través de la lugubridad que transmiten las paredes de ese antaño hogar. Esconderse en la noche, refugiados, sin luz. No disparar, no alertar de su presencia. Evitar a los “caminantes”. A la luz del día salir con cautela. Parece que la esperanza reside en Atlanta, en un campamento de refugiados. Cada uno seguirá su camino. Rick tratando de llegar a la susodicha ciudad, con la esperanza de encontrar a su familia. Los otros dos escondidos, practicando tiro. La escena del padre intentado matar a su mujer, una caminante más, es expresiva de todo el dolor que un ser humano pueda soportar en esa situación.

La entrada en Atlanta es brutal. Ningún coche quiso entrar. Todos salían, despavoridos. Dentro, no hay esperanza. Una trampa mortal. Un auténtico ejército de caminantes. El Sheriff caerá. Sin embargo, podrá refugiarse en un tanque militar, donde una esperanzadora voz le reclamará.

Terminaba así el episodio piloto. Una verdadera joya parida por Darabont. Una lección de cómo se puede hacer buen cine con zombies de por medio. Con sólo un episodio se colaba en la cima del cine de terror. Un caos fantasmagórico, un silencio aterrador, una mañana sangrante, una noche sombría, un gigante de ciudad convertido en monstruo. Sentimientos a flor de piel. El dolor, el miedo, la esperanza, la tristeza. Soledad. No cabe la alegría en tan apocalíptica realidad. Estamos jodidos, parece que el oxígeno no llega a nuestros pulmones. Gracias Frank.

Los cinco episodios restantes desarrollan (tímidamente) el prólogo Darabont. La salida de Atlanta en compañía de nuevos naúfragos, el refugio en las montañas. La convivencia en situaciones extremas. La sombra de los caminantes. Los problemas personales (tensión latente entre los dos compañeros de cuerpo). El regreso a Atlanta por el peso de la conciencia, por el  tremendo valor de una bolsa de armas en tan fúnebre contexto. La búsqueda de la luz, la solución. El fin de la pesadilla. Una simple ducha, con agua caliente.

Estos seis episodios nos han abierto el apetito. Un inicio terrible, un desarrollo notable en el que se van perfilando las historias de cada personaje al tiempo que se dan tímidos pasos en torno al problema central de la trama: el virus y su contagio. ¿Qué fue? ¿Hay solución? ¿Dónde está? Huyendo de la muerte, del infierno, de los caminantes. Así nos toparemos con la segunda temporada.

‘The shield’. Brutalidad.

Brutal serie creada por Shawn Ryan en colaboración con Kurt Sutter, habitual guionista de la serie y eventual actor en la misma (encarna a Dezerian). Enclavada en el tema policíaco, ‘The shield’ se inmiscuye en el día a día de “La Cuadra”, la comisaría de Fargminton, en Los Angeles. Las andanzas de los agentes de patrulla, los detectives o el equipo de asalto, sobre todo este último, en territorio enemigo, las calles de uno de los peores distritos de la segunda ciudad más grande de los Estados Unidos, nos recordarán a través de su explícita violencia y terrible salvajismo que dónde antes eran maidús, modocs, mohaves y despóticos colonos, ahora son Byz Lats, Torucos, One-Niners, Spook Street, los 12 de Fartown, la Horda, la mafia Armenia, la mafia Rusa, el Cártel Mexicano y tantas otras que deberán toparse con el sanguinario equipo de asalto.

Mítica serie que va cogiendo ritmo poco a poco, con temporadas que rozan la brillantez y con una despedida tan humana y justa como descorazonadora. Forman parte del imaginario personal nombres y personajes como el de Vic Mackey (Michael Chiklis), Shane Vendrell (Walton Goggins), Ronnie Gardocki (David Rees Snell), Curtis Lemansky (Kenny Johnson), Claudette Wyms (CCH Pounder), “Dutch” Wagenbach (Jay Karnes), Julien Lowe (Michael Jace), Danni Soffer (Catherine Dent), David Aceveda (Benito Martínez), Corrine Mackey (Cathy Cahlin Ryan), Tina Hanlon (Paula Garcés), Mara Sewell (Michele Hicks), Monica Rawling (Glenn Close) o John Kavanaugh (Forest Whitaker). A todo sellos, incluyendo a guionistas y creadores, les debemos las gracias por estos imperecederos 89 episodios, por esta desbocada obra maestra.

Spoiler

Curtis Lemansky o “Lem” como le llamaban sus amigos. De origen polaco, encarnaba la ética del grupo. Se podría decir que era el justiciero, el azote moral de sus compañeros. No le redime, no obstante, de sus fechorías en complicidad. Con un apego descomunal por la lealtad, jamás dejó de lado a sus amigos, jamás los traicionó cuando Kavanaugh le ofreció el cebo. Tan fuerte  de mente como de físico. Murió sólo, asesinado por su amigo Shane.

Ronnie Gardocki. El tipo misterioso, silencioso del equipo. La sombra oculta de Vic. Experto en temas de electrónica e informática. Era inteligente como ninguno, perspicaz para captar cualquier atisbo de trampa, de cepo. Se guardaba mejor que nadie de los trapos sucios, aunque, sin duda, le gustaba el juego duro (insistió en la causa armenia con férrea perseverancia). Pese a todo, se podría decir que era la discreción del equipo. Ello no le bastó para evitar la cárcel. Enchironado posiblemente de por vida y traicionado por su mejor amigo, Vic Mackey.

Shane Vendrell. Le gustaba seguir las pautas de Vic, era su mano derecha y mejor amigo. Sus enemigos se referían a él como el paleto del equipo. Déspota, duro y con oficio. Carecía, sin embargo, de pillería, haciendo honor a su mote. Hombre de familia declarado, no supo encontrar el equilibrio en su vida. Su falta de cabeza y su agitada vida profesional fueron su cruz. Asesino de Lem, enfrentado a Gardocki, enemigo público de Mackey y buscado por toda la policía del estado, encarnó mejor que nadie la caída a los infiernos. Se suicidó. No sin antes quitarle la vida a su hijo, Jackson, y a su mujer embarazada, Mara.

Victor Mackey. El centro del equipo, el señor absoluto del mismo. Cabeza pensante, juez sanguinario y soldado ejecutor. Encarnaba todos los poderes del equipo en él. Las exigencias políticas y policiales de obtener resultados, le llevaron a tomar atajos en su vida profesional. Jugó de tú a tú con todo tipo de bandas, mafias y cárteles. No temía a nadie ni a nada. Enfrentado con el mundo, sólo tenía refugio en su equipo, en sus sumisos soldados. Sin duda, él fue el padre de la criatura. El monstruo. Pese a todo, tuvo el mejor final de todos. Su inteligencia jamás dejaría atraparse. Acabó con total inmunidad, asalariado del FBI. Eso sí, encerrado en una oficina, haciendo papeleo, sin pisar la calle ni empuñar un arma. Tan duro, tan de hielo, que quizás su conciencia no podría con él. Sobre él pesaba la muerte de Lem, la muerte de Shane y el encarcelamiento de Ronnie, a quien había traicionado. Además, jamás volvería a ver a sus hijos, pues su ex mujer huyó del tirano. No fue suficiente tener un historial criminal capaz de aterrar al mismísimo diablo, pues Mackey acabó libre.

 

 

 

‘Grave danger’. Curiosite.

Grissom y sus chicos no tardarán en ponerse manos a la obra en cuanto se enteren del secuestro de Nick Stokes, uno de los suyos. A partir de entonces, el secuestrador les desvelará que su compañero está enterrado vivo con un oxígeno bastante limitado para poder vivir.

Doble capítulo que está en la línea de la entretenida serie CSI Las Vegas. No soy un forofo de la misma, aunque sí he visto bastantes episodios aislados. Me da con ello para pensar dos cosas: Uno, el bueno y tarado de Quentin debe ser un fanático del producto para haberse metido en tal jueguecito. Dos, Tarantino patina un tanto atreviéndose a sumergirse en la ola de CSI. Es cierto que el capítulo tiene ritmo, es frenético y bastante agobiante, además el cineasta de Knoxville nos depara ciertos guiños propios. Pero, en conclusión, la serie se ha comido al director, el cuál no ha podido soltarse plenamente en su estilo por la sumisión obligada y coherente a los cánones de la misma. Pese a todo, una curiosidad dentro de su carrera.

‘Decálogo’. Parte I: Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Krzysztof Kieslowski realizaba en 1989 la obra ‘Dekalog’. Una sensacional compilación estructurada en diez bloques, uno por mandamiento, a partir de la cuál el realizador polaco y su fiel guionista, Krzysztof Piesiewicz, nos mostraban una visión muy personal de los mismos.

La obra se ambienta en una barrio de Varsovia, arquetipo del comunismo polaco, donde los distintos personajes de los capítulos coincidirán, aunque de manera independiente, en el desarrollo de la misma, alternando su presencia por esos parajes grisáceos, alternando el blanquecino de la nieve propia del frío invierno polaco, con la oscuridad y negrura del día a día de aquellos años. Por último, recordar que el film está ambientado en los años 80, casi a finales, una década en la que el pueblo polaco ya se sentía asfixiado por la bestia del comunismo real, desesperanzados por su triste realidad y, en parte, evadiéndose, quizás, en temas como la religión católica (la amplía mayoría de polacos son católicos. Tipo España).

En el primer capítulo de la célebre serie, Kieslowski y Piesiewicz, siguiendo el orden de los diez mandamientos, se centran argumentalmente en un tema muy concreto: amarás a Dios sobre todas las cosas.

Pawel es un chiquillo de un barrio de Varsovia que vive con su padre. Desde el primer momento, ya se nos deja claro que el chiquillo es muy inteligente (la partida de ajedrez o el amor por los problemas matemáticos). Sin embargo, por cosas inherentes a la edad, busca descubrir el porqué de ciertos ”problemas” (la muerte del perro le causa un gran impacto), de grandes misterios para él como son la muerte, el alma, la otra vida. Tendrá dos vías de educación: por un lado, está su padre. Un hombre de ciencia. Alguien que cree que todo es cuantificable, medible. No va más allá, simplemente describe, con certeza absoluta, las acciones de los hombres y la naturaleza (la escena en la que le explica lo que es morir al niño es paradigmática de ello), sin ahondar ni comprender las peculariadades, los microuniversos de cada uno, las extrañezas y singularidades. Por otro lado, tiene a su tía. Una mujer de fe, creyente. La vida le es mucho más fácil para comprenderlo todo, simplemente cree en un Dios que le da sentido a su existencia.

El niño, Pawel, alternará tanto los valores inculcados por su padre, con esa devoción por las máquinas, la tecnología (mostrada de una forma un tanto inquietante) y los problemas (aquello de contar y medir), con la vena católica de su tía, la cuál está decidida a que el chaval crezca dentro del seno del catolicismo, recibiendo la catequesis. Sin embargo, Kieslowski hará estallar el dilema ciencia/religión cuando Pawel le pida a su padre que investigue si es posible esquiar en el lago (¿estará congelado?¿qué dicen tus cálculos?) cercano a su casa. El padre, después de su respectiva fórmula, le dará el visto bueno. El drama inundará la pantalla. Con un padre descolocado, tratando de seguir su metódica vida hasta el final (la escena del dilema entre ascensor/escalera), creyendo en la validez absoluta de las máquinas y sus calculos.

Al final, en una lectura personal, el padre, pese a su lucha en no reconocer la existencia de algo superior (como en la escena del lago en la que todos rezan excepto él), acaba, lleno de dolor, amargura y sufrimiento, maldiciendo la imagen de la Virgen María, reconociendo así, a través del simple acto de acudir allí, su existencia, el pago de sus pecados (el título que porta el capítulo). Sensacional obra de Kieslowski, al que en tan sólo 55 minutos, le basta para emocionarnos con esta historia a través de la cual realiza una visión muy personal, preciosa y lírica, con cierto aire a bíblico, del primer mandamiento. Es una joya oculta, con unos diálogos que lo son todo y un poderío visual que no necesita presentación, pues hablamos de Kieslowski.

 

‘Perdidos’. Hasta siempre.

Se acabó ‘Lost’. Una auténtica revolución dentro del mundo de las series de TV. Su andadura comenzó allá por 2004, y así hasta hoy. Se ha ganado entrar en el salón de las míticas, y se lo ha ganado a pulso por su gran capacidad adictiva para el espectador. Las incógnitas, peligros, aventuras y romances de todos sus personajes han sido el día a día de más de una tertulia, ya sea en la facultad, en la cafetería o pegados al teléfono.

Se admite que sus detractores la pongan patas abajo. Es liosa, si queréis hasta barata, en el sentido de engordar sin mucha justificación sus tramas. Puede que todo sea cierto, pero como buen lostie que soy, no se encajan. Para mí es una de esas joyas, cargada de imperfecciones, pues sí, pero que ha sabido mantenerme pegado al sofá durante sus 121 episodios, carcomiéndome por el devenir de los acontecimientos, sufriendo como un superviviente más de ese puñetero vuelo 815 de Oceanic, un vuelo que perdurará en mi memoria, con aroma nostálgico, al igual que esa isla tan misteriosa y atractiva perdidad en medio de la nada. Jack, Kate, Sawyer, Jin y Sun, Charlie, Hugo, Claire, Sayid, Michael, Linus, Desmond, Shannon, Juliet, Boone y tantos otros que nos amenizaron las veladas.

Spoiler

Del final poco que decir. A mí, personalmente, me gustó. Es cierto que deja muchas incógnitas en el aire (son tantas temporadas y episodios que si nos ponemos a rebuscar queda un mar de dudas sin resolver), pero es un final emotivo, sensible y bonito. Un final que le hace justicia a sus sufridos protagonistas, reunidos todos en un cielo de transmitible calidez, juntos después de haber luchado tanto y tanto por salir de esa isla, a la que, a la postre, toco proteger y defender. A más de uno se le caería la lagrimita viendo a Jack tumbado en ese campo de bambú, junto a Vincent, recordando el inicio de la serie. 

Todo resultó ser obra del hermano de Jacob, esa nube negra que siempre trató de borrar la isla y marcharse de ella. Pero Jacob tenía el encargo de su madre, de proteger la luz. Una luz de la que sería guardián, pero no por siempre, pues sabía que moriría más pronto que tarde. Por eso, trajo a la isla a todos nuestros supervivientes, para seleccionar al candidato idóneo (Jack, y Jack a Hugo). Luego vino lo que han sido seis temporadas frenéticas que han hecho que ‘Lost’ entre por la puerta grande en la historia de esa cosa llamada cine.

‘Perdidos’. John Locke y su empecinamiento.

La tercera temporada debía desmontar los muros que nos impedían ver a los ‘otros’. En cierta medida, la tarea estaba en manos de Jack, Kate y Sawyer, prisioneros de aquéllos. Aquí hemos descubierto que los otros no parece de iniciativa Dharma, o sí. Porque Ben sí lo es, aunque se cepilló a la estirpe entera.

Con el mito venido abajo, los otros no son más que extraños que parece ser investigan un extraño suceso con las embarazadas en la isla: la cura del cáncer. Ahora, Jack y compañía han pedido el rescata, intentando salir de esa isla tormentosa y asfixiante, pero con el sobreaviso de Ben de que el carguero que les espera no son quienes dicen ser. Así lo dejó como herencia Charlie.

Con un fijo de la serie ya fuera, Charlie, son pocos los que resisten. Nos han abierto la puerta con el exterior, o eso creemos. ¿Será el carguero la salvación? Por el episodio final, no lo parece. ¿Qué pasó con Dharma? ¿Quiénes son los otros? ¿Por qué John Locke no quiere que nadie salga de la isla? Me reitero, Locke me parece demasiado inquietante. Algo extraño hay en él. Seguimos con los nervios carcomidos a la espera de más chutes en forma de episodio.