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‘Prince of the city’. Daniel Ciello.

Daniel Ciello era un buen hombre. Padre de familia, y agente de policía del cuerpo de narcóticos de Nueva York. El rolex, las casas bonitas, una ropa de primera y coches buenos. Demasiadas cosas como para que las voces no hablarán de él, y de sus compañeros. Y una herida abierta: la mirada dolida de su padre y hermano. Quizás por ello, el bueno de Ciello decidió redimirse. Era el momento de ajustar cuentas, poner nombres y apellidos a todos los asuntos de corrupción que conocía. Ya no había vuelta atrás.

La trama argumental combina perfectamente las miserias de la corrupción con el naufragio moral del protagonista. Los miedos y temores de Ciello son captados a las mil maravillas por Lumet. A uno le cautiva la soledad de un tipo que tan sólo quería hacer las cosas bien, olvidar el pasado y reconducir su vida por cauces más apropiados. Todo ello lleva aparejado el proceso de investigación, el día a día de tan ardua tarea, que termina por mostrarse de un modo un tanto farragoso de cara al espectador.

Notable película. El gran Sidney Lumet desentrañaba aquí las miserias que azotan los bajos fondos de una gran ciudad como Nueva York. Narcóticos, dinero y agentes de la ley. Un escenario propicio para dar pie al germen de la corrupción. Quizás el resultado final de la cinta haya sido un tanto irregular. Los dotes de grandeza que posee esta historia se difuminan en un montaje complejo y aparatoso, además de cargar con el lastre de un metraje excesivamente largo. El gusto por el detalle de Lumet acaba siendo contraproducente, notando el espectador que ha faltado cierta sutileza a la hora de administrar los tiempos de esta historia.

En definitiva, imponente retrato acerca del mundo de la corrupción policial. Una historia grandiosa, bien ambientada pero irregularmente explicitada. Encontramos buena materia prima en ‘El príncipe de la ciudad’, tan sólo le podemos achacar la ausencia de esa brillantez narrativa que, por ejemplo, sí tenía ‘Serpico’ (1973). 

7.5/10 

‘Breaking bad’. Walter White.

Una mente brillante. Un cáncer terminal. Walter White, padre de familia ejemplar, al frente de ambos acontecimientos. Esto es ‘Breaking bad’, una oportunidad para dejarse llevar, del modo más imprevisible e inesperado, hacia un mundo del todo peligroso. Lo que empieza como un juego suicida, una medida desesperada, termina por convertirse en el día a día de nuestro protagonista: ya está dentro del negocio.

La idiosincrasia de White cautiva al espectador. Junto a su compañero, Jesse Pinkman, forma un dúo cuyas andanzas, en torno al mundo del narcotráfico, supondrán uno de los más brutales retratos que se haya hecho acerca de los bajos fondos. No es Nueva York. Tampoco Baltimore. Estamos en Albuquerque, y el fantástico Bryan Cranston no es más que un profesor de química que ha decidido romper las reglas del juego. Original y tremendamente adictiva. 

9/10

‘The black dahlia’. Descalabro.

El universo de James Ellroy volvía a ser llevado a la gran pantalla gracias a ‘La dalia negra’. Tenía muchos de los ingredientes necesarios para agradar al gran público, pero erró en la elaboración. Lástima.

No discutiré la factura técnica del film, pues, visto lo visto, es su gran baza. Sin embargo, está puesta al servicio del fracaso. Me aburre esta cinta. En ningún momento consigo adentrarme en esa ciudad cargada de crímenes, misterios inquietantes, bellas damas maquiavélicas y lúgubres rincones manchados de sangre.

El tropiezo de Brian De Palma es importante, de los que duelen. Su película es insulsa, vacía. El triángulo conformado por Eckhart, Hartnett y Johansson, en toda su amplitud, no funciona. Tampoco la investigación de la chica asesinada, pues tiene más sombras que luces, apareciendo éstas, principalmente, cuando está en pantalla una brillante, sensual e inquietante Hilary Swank. Todo ello bajo un denominador común: Josh Hartnett, un buen actor que aquí no termina de funcionar.

En definitiva, un malgaste de talento. La comparación con ‘L.A. Confidential’ (1997) era inmediata e inevitable. Ya saben cuál de las dos sale victoriosa de tal envite. Lo dicho, una auténtica lástima dilapidar tales materias primas en la realización de esta obra.

5.5/10

‘Marathon man’. Señora Intriga.

Buena intriga servida a fuego lento por John Schlesinger. De inicio, puede descolocar a uno. No obstante, el poder de atracción que irradia te mantiene pegado a la pantalla durante sus dos horas de metraje. ¿Qué sucede? ¿Por qué? No sudamos como Hoffman, mítico hombre maratón. Pero sí se nos descompasa el corazón, rozando la taquicardia, cuando vemos la que se le viene, de modo repentino, encima.

Un excelente guión, compacto y sin fisura alguna, escrito por William Goldman a partir de su propio material literario, que nos zambulle en una historia irascible como pocas, radiografiando a uno de los mayores canallas del siglo XX (se basa en Josef Mengele): un nazi refugiado en la hospitalidad de los tiranos latinoamericanos de los años 70. ¿Pagó por sus pecados cometidos? Lacerante escena la brindada por Schlesinger cuando el “Ángel Blanco” es reconocido en pleno asfalto neoyorquino. Aunque no es sólo eso. No sólo salió impune de aquella barbarie llamada Auschwitz, sino que también se lucró, y se lucra, (diamantes y oro) de la raza que él, y los suyos, consideraban degenerada. Todo esto salpicará, de refilón, a un incoformista chaval que únicamente soñaba con correr una maratón.

La factura técnica es intachable. Grandes nombres en nómina: Schlesinger (dirección), Conrad Hall (fotografía), William Goldman (guión) o Laurence Olivier, Dustin Hoffman y Roy Schreider en el reparto. Casi nada. Todo puesto, como ya se ha dicho, al servicio de una obra que nos contagia su frenético pulso. Su montaje, aún con apariencia aparatosa y caótica, tan sólo busca esconder una sencilla y simple historia que arrancará, de modo desbocado, a partir de la segunda mitad del film: la historia de un canalla, un sinvergüenza sin escrupulos que arrasó, y arrasa, con todo lo que le obstruía su necio camino. Allí, sin quererlo, estaba Babe Levy. Estudiante brillante de Columbia y ferviente atleta.

8/10

Spoiler

Un viejo alemán sale del banco. De vuelta a casa, se topa con un grosero conductor. Se enzarzan en una discusión que termina de modo fatal: muertos en accidente de coche.

Todo cambia a partir de ahí. ¿Por qué? Porque resulta ser el hermano de un nazi de cuidado. Un tipo que amasa una auténtica fortuna en forma de diamantes, la cuál descansa en las cuidadosas manos (o en la llave) de su hermano, el ahora fallecido. Temeroso por una conspiración de sus empleados, el Jefazo Nazi, escondido en Uruguay, saldrá de su guarida para alzarse con su ansiado botín. Y señalará con el dedo a un claro sospechoso de la muerte de su hermano: Doc, una especie de policía que trabaja para él como correo. 

El resto, ya es bien conocido. Un inocente hermano que se verá, sin quererlo ni beberlo, en la boca del lobo. 

‘Internal affairs’. Mediocre.

La historia de ‘Internal affairs’, así de inicio, es tentadora. Se presenta, a priori, como un buen policíaco, atesorando los ingredientes precisos para ello. Además, a modo de engalanar, aparecen dos pesos pesados en el cartel: Richard Gere y Andy Garcia. Uno, admirador de este género, se frota las manos a la espera de darle al play y disfrutar del espectáculo.

Sin embargo, el resultado de la obra de Mike Figgis no es convincente. No tenemos un guión suficientemente sustanciado, careciendo, he ahí la cuestión, de una historia bien hilada y completa. El perfil dado a los personajes es superficial. Es decir, el malo y el bueno, sin más preocupaciones. Todo parece liviano, ligero y plano. La investigación policial es de risa, centrándose más, Henry Bean (guionista raso de profesión), en resaltar un enfrentamiento entre los dos titanes, Gere y Garcia, basado en pugnas sentimentales, cuestiones personales y líos de faldas. Por momentos, parece que estamos asistiendo a un culebrón venezolano en clave policíaca, en el que las indagaciones del bueno de Garcia acerca de las corrupciones generalizadas de Gere, los chanchullos inmobiliarios, las putas, los asesinatos de compañeros y demás cuestiones de dudosa ética, parecen secundarias. Todo se resuelve de un modo chapucero, rocambolesco y pretencioso. La astucia del malo se convierte en torpeza, y la inteligencia del bueno pasa ahora a ser mezquindad. La ley no existe, pues la lucha ya es personal. Vaya engaño.

En fin, película que rezuma mediocridad por todos los lados. Dirección rutinaria (y factura técnica, en general) del tal Figgis (más tarde, parió, para sorpresa de muchos, la hiriente ‘Leaving Las Vegas’). Un guión, como ya se ha comentado, flojísimo en el que no se da lo que se promete de inicio. A lo que se le suman unas interpretaciones irregulares, estando decente Andy Garcia e irrisorio Richard Gere (el papel tampoco daba mucho más de sí). Total, se han hecho bastantes policíacos, con temática similar, mucho mejores que esto.

5.5/10

‘L.A. Confidential’. Grande y oscura.

Curtis Hanson, en compañía de Brian Helgeland, alcanzó el culmen de su carrera cinematográfica con la cinta que aquí nos atañe, exprimiendo todo el jugo posible del interesantísimo material literario de James Ellroy. Si a ello le sumas una factura técnica escandalosa (qué gran ambientación), una historia grandiosa y un reparto de lujo garantizado (Guy Pearce, Russell Crowe, Kevin Spacey o Kim Basinger, entre otros), te da como resultado una auténtica obra maestra.

Thriller policíaco sumergido en los años 50, en la ciudad de Los Angeles, que lejos de buscar la imagen paradisíaca de la zona, se inmiscuye entre el fango y el lodo, sacando trapos sucios por doquier y mostrándonos la cruda realidad: una ciudad corrompida, al estilo de Sodoma y Gomorra, esperando que alguien haga llover sobre ella azufre y fuego con tal de purificar las almas errantes que allí cohabitan.

Puzzle completo, sin piezas sueltas. Después de presentarnos a la tríada de policías que protagonizarán el baile (el rudo Bud White; el farandulero Jack Vincennes; el honrado Edmund Exley) y de contextualizar un tanto dónde se desarrolla la trama argumentativa (pequeñas pinceladas del negocio del hampa, putas de lujo, prensa sensacionalista y policías corruptos), explotará esta a partir del asunto del Búho, con un crímen múltiple por esclarecer, pretexto ideal para dar paso al ya mencionado azufre y fuego que limpie la ciudad.

Es un lujo ver ‘L.A. Confidential’ (1997). Uno no se cansa de hacerlo, disfrutando con los secretitos que se esconden detrás de cada uno de los rincones de la ciudad, entre policías, jueces, fiscales y mafiosos. Obra maestra que está dentro del Club, además de formar parte de la gran cosecha del 97 (junto con Titanic, Will Hunting, Mejor imposible o Fully Monty). Pues eso, si todavía no lo han hecho, véanla.

9/10

Spoiler

El azufre y el fuego no llegó a L.A. de la manera que lo hizo en Sodoma y Gomorra. Se presentó la misma fórmula, pero con distinta presentación y nombre.

Dudley Smith cayó con todos los honores públicos (en lugar de haber sido satanizado) para no ensuciar la imagen de esa blanca ciudad.

¿El heredero al trono? El ambicioso Exley, que sin saber de modo exacto si alcanzará el nivel de corrupción de su antecesor, sí sabemos con certeza que de primeras ya entra al trapo con los tejemanejes y jueguecitos de los peces gordos al asumir el cargo y tragar con lo de Smith.

‘The shield’. Brutalidad.

Brutal serie creada por Shawn Ryan en colaboración con Kurt Sutter, habitual guionista de la serie y eventual actor en la misma (encarna a Dezerian). Enclavada en el tema policíaco, ‘The shield’ se inmiscuye en el día a día de “La Cuadra”, la comisaría de Fargminton, en Los Angeles. Las andanzas de los agentes de patrulla, los detectives o el equipo de asalto, sobre todo este último, en territorio enemigo, las calles de uno de los peores distritos de la segunda ciudad más grande de los Estados Unidos, nos recordarán a través de su explícita violencia y terrible salvajismo que dónde antes eran maidús, modocs, mohaves y despóticos colonos, ahora son Byz Lats, Torucos, One-Niners, Spook Street, los 12 de Fartown, la Horda, la mafia Armenia, la mafia Rusa, el Cártel Mexicano y tantas otras que deberán toparse con el sanguinario equipo de asalto.

Mítica serie que va cogiendo ritmo poco a poco, con temporadas que rozan la brillantez y con una despedida tan humana y justa como descorazonadora. Forman parte del imaginario personal nombres y personajes como el de Vic Mackey (Michael Chiklis), Shane Vendrell (Walton Goggins), Ronnie Gardocki (David Rees Snell), Curtis Lemansky (Kenny Johnson), Claudette Wyms (CCH Pounder), “Dutch” Wagenbach (Jay Karnes), Julien Lowe (Michael Jace), Danni Soffer (Catherine Dent), David Aceveda (Benito Martínez), Corrine Mackey (Cathy Cahlin Ryan), Tina Hanlon (Paula Garcés), Mara Sewell (Michele Hicks), Monica Rawling (Glenn Close) o John Kavanaugh (Forest Whitaker). A todo sellos, incluyendo a guionistas y creadores, les debemos las gracias por estos imperecederos 89 episodios, por esta desbocada obra maestra.

Spoiler

Curtis Lemansky o “Lem” como le llamaban sus amigos. De origen polaco, encarnaba la ética del grupo. Se podría decir que era el justiciero, el azote moral de sus compañeros. No le redime, no obstante, de sus fechorías en complicidad. Con un apego descomunal por la lealtad, jamás dejó de lado a sus amigos, jamás los traicionó cuando Kavanaugh le ofreció el cebo. Tan fuerte  de mente como de físico. Murió sólo, asesinado por su amigo Shane.

Ronnie Gardocki. El tipo misterioso, silencioso del equipo. La sombra oculta de Vic. Experto en temas de electrónica e informática. Era inteligente como ninguno, perspicaz para captar cualquier atisbo de trampa, de cepo. Se guardaba mejor que nadie de los trapos sucios, aunque, sin duda, le gustaba el juego duro (insistió en la causa armenia con férrea perseverancia). Pese a todo, se podría decir que era la discreción del equipo. Ello no le bastó para evitar la cárcel. Enchironado posiblemente de por vida y traicionado por su mejor amigo, Vic Mackey.

Shane Vendrell. Le gustaba seguir las pautas de Vic, era su mano derecha y mejor amigo. Sus enemigos se referían a él como el paleto del equipo. Déspota, duro y con oficio. Carecía, sin embargo, de pillería, haciendo honor a su mote. Hombre de familia declarado, no supo encontrar el equilibrio en su vida. Su falta de cabeza y su agitada vida profesional fueron su cruz. Asesino de Lem, enfrentado a Gardocki, enemigo público de Mackey y buscado por toda la policía del estado, encarnó mejor que nadie la caída a los infiernos. Se suicidó. No sin antes quitarle la vida a su hijo, Jackson, y a su mujer embarazada, Mara.

Victor Mackey. El centro del equipo, el señor absoluto del mismo. Cabeza pensante, juez sanguinario y soldado ejecutor. Encarnaba todos los poderes del equipo en él. Las exigencias políticas y policiales de obtener resultados, le llevaron a tomar atajos en su vida profesional. Jugó de tú a tú con todo tipo de bandas, mafias y cárteles. No temía a nadie ni a nada. Enfrentado con el mundo, sólo tenía refugio en su equipo, en sus sumisos soldados. Sin duda, él fue el padre de la criatura. El monstruo. Pese a todo, tuvo el mejor final de todos. Su inteligencia jamás dejaría atraparse. Acabó con total inmunidad, asalariado del FBI. Eso sí, encerrado en una oficina, haciendo papeleo, sin pisar la calle ni empuñar un arma. Tan duro, tan de hielo, que quizás su conciencia no podría con él. Sobre él pesaba la muerte de Lem, la muerte de Shane y el encarcelamiento de Ronnie, a quien había traicionado. Además, jamás volvería a ver a sus hijos, pues su ex mujer huyó del tirano. No fue suficiente tener un historial criminal capaz de aterrar al mismísimo diablo, pues Mackey acabó libre.

 

 

 

‘Training day’. Alonzo.

Esto es un paseo por la selva, por el corazón de la selva. Un paseo que se dará Jake, un policía novato de estupefacientes, que tiene, en su primer día de trabajo, como instructor a Alonzo, un hombre de la ley, por decirlo de alguna manera, peculiar. Pronto, el inocente y bonachón agente de policía descubrirá las oscuras rutinas de ese tipo que le instruirá durante las siguientes 24 horas.

El guión de David Ayer (acompañado por la dirección) te sumerge en la adrenalínica trama del film. ‘Training day’ es nervio puro. Un thriller trepidante que recorre a ritmo galopante los bajos fondos de una ciudad como Los Angeles. Te adentras en lo profundo de la selva, en barrios tan peligrosos como Imperial Courts. La dinámica diaria de los nigger se te impregna en la mente. También los tatuajes y las leyes de los chicanos. Sudoroso, te aterras ante tal infierno real, ante la pesadilla de imaginarte en una de esas calles. La ambientación es brutal.

La historia aunque sencilla en su fondo, tiene un planteamiento ciertamente peculiar. Su ritmo in crescendo te va cautivando (ya lo hace desde el primer plano) cada vez más. Su propuesta es original, pues tan sólo presenciamos un día en la vida de Jake Hoyt. En esencia, es de esas pelis que mete el dedo en la llaga y hurga a base de bien. Las corruptelas de la policía y la ética de uno mismo (como parte del cuerpo policial) se combinan con la delincuencia y el mundo de las bandas de zonas marginales. El resultado de todo ello no anda muy alejado de lo sanguinoliento, de lo violento. Aquí no hay moraleja, o si la hay, es violenta. La sangre y el fuego cruzado te podrán aliviar, podrán hacer justicia, pero la conciencia no descansará tranquila. Corrupción y ética nunca andaron de la mano.

Bien, hemos dicho que tiene un formidable guión, una trepidante dirección y una ambientación más que lograda. Pero si por algo me gusta tanto ‘Training day’ es por Alonzo, ese policía corrupto, traicionero, malvado y despiadado al que da vida un soberbio y magistral Denzel Washington. Es de largo lo mejor del film. Sus poses de chico duro, su desparpajo en la forma de tratar a las hienas de la ciudad, su verborrea manipuladora y chulesca. Borda el papel, sin duda. No lo hace mal tampoco Ethan Hawke, quién cumple con nota en su interpretación de policía bondadoso y honrado, contrapuesto totalmente al talante de Alonzo. Todo en ‘Training day’ es perfecto (incluso la sensual Eva Mendes), pero Denzel Washington se sitúa en un escalón por encima, al borde de la deidad. Gracias David Ayer por haber creado a Alonzo. Gracias Denzel por tan inolvidable interpretación. Recital.

‘Persecución mortal’. Culebrón policial (entre otras cosas).

Una de Bruce Willis, como a mí me gusta llamarlas. No obstante, ‘Persecución mortal’ tiene ciertas peculiaridades. No lo digo por el papel interpretado por el gran Bruce (mantiene los mismos tics que en una decena más de films), sino por la historia que su representante escogió para él. Y es que no le he acabado nunca de coger el truco a la obra de Rowdy Herrington (cineasta raso de profesión). Tiene cosas de cinta pura de acción, pues hay buenas escenas con explosiones y demás (gran persecución, emulando a la mismísima Bullitt). También tiene algo de thriller convencional. Éste es, sin duda, el punto fuerte del film. El asesino en serie, los cuerpos flotando, el coche de policía en miniatura, la lancha de Bruce, la cabaña, el río Ohio. Pero además de todo eso, no conviene obviar el drama familiar con aire a culebrón venezolano que ocupa gran parte del metraje (qué cansino se hace!). Tampoco dejen de lado los dilemas del cuerpo policial (chivato, chivato!). Ni el sex appeal de Sarah Jessica Parker! (luciendo su cuerpo serrano).

Híbrido, a grandes rasgos, con el que ciertamente acabas un tanto despistado, sin acabar de entregarte del todo y que aguarda como colofón un final horrendo (la escena era interminaaable). A todo esto, seguimos hablando de Bruce Willis. Es él quien sale en escena, palabras mayores pues (no va con ironía). En fin, entretiene.

 

‘The wire’. Un paseo por las calles de Baltimore.

Por fortuna para los amantes de esta cosa llamada cine, en el año 2002, David Simon creaba una de las mejores series de televisión de la historia. Hablo, cómo no, de ‘The wire’ (2002-2008), una joya cinematográfica, un tesoro que contenía cinco temporadas que han supuesto un veritable ejercicio de disfrute para mí y mi hermano, dos feligreses de las andanzas de nuestros intrépidos agentes.

Cinco temporadas a través de los cuales hemos recorrido los entresijos más recónditos y oscuros de la ciudad de Baltimore. El cuerpo policial servía como detonante para que gente como McNulty, Bunk, Kima, Lester, Rhonda, Prez, Sydnor, Daniels, Herc, Carver y tantos otros se entregaran, en cuerpo y alma, a la lucha del crimen organizado. Una lucha encaminada en diversos frentes, aunque, todo sea dicho, los guionistas se amparaban más en las calles, en los barrios marginales, en el tráfico de drogas que tanto juego daba. Allí encontramos a Omar Little, un sanguinario criminal independiente que azotaba el negocio del capo de turno. También a gente como Avon Barksdale y Stringer Bell, quienes nos amenizaron la velada en dos excepcionales temporadas (la 1 y 3, en la 2 se alternó), o Marlo Stanfield, Chris y Snoop (4 y 5). Ellos tenían en común que eran de la calle, gente que luchaba por abrirse un camino, por labrarse un nombre. La lucha por el poder era sanguinaria, despótica y terrible. Así fue, también, en la segunda temporada, cuando ‘The wire’ se marchó al puerto de Baltimore, al mundo de los estibadores, sin perder de vista nunca el negocio del narcotráfico, auténtico nexo entre todas las temporadas (referente el Griego).

En la primera temporada, Avon Barksdale y Stringer Bell, trataban de hacerse con el negocio de la droga, con su hegemonía en Baltimore Oeste. Controlaban las baratas y las dos torres. A base de sangre y pólvora llegaron allí. En la segunda, con Avon enchironado, decidieron, los guionistas, cambiar el escenario dentro de lo posible, sin perder la referencia jamás de Stringer Bell, Barksdale u Omar. Pero, esta vez, nos transportábamos a los astilleros, para deleitarnos con la temporada más inusual de la serie. En la tercera, Avon volvía a la calle. Y lo hacía para explotar con Stringer, un hombre que se había vuelto más calculado, frío, con esa mentalidad que busca más el negocio que la sangre. Mucho más académico que callejero. Lucha de titanes, al tiempo que Omar y el Hermano buscaban venganza, y Marlo se apoderaba. Entre tanto, también comprobamos los intereses políticos tergiversado con lo policial en Jamsterdam. Fue en la cuarta y quinta temporada cuando el imperio de Marlo se consolidaba. Sus matones sembraban el terror en las calles, y chicos como Michael abandonaban las clases para alistarse al frente. Temporada amarga con esa despedida previsible de Boddie, un tipo de la calle dispuesto a reconciliarse con su vida. Los guionistas también aprovecharon para poner el dedo en la llaga del sistema educativo, con sus estadísticas, exámenes y mentiras. La última temporada nos llevaba a la caza de Marlo, a la pérdida de ética en gran parte de nuestros chicos y a supervisar, de un modo más superficial, como funciona el negocio periodístico.

Es conveniente citar, a pesar del juego que daba la calle, y puestos a tirar del hilo, los entramados de corrupción instaurada en las altas esferas. También los intereses ocultos de los políticos, dando por buena la magna obra de Anthony Downs acerca del estudio económico de la política. En esta vía se lució como ninguno el pesonaje de Carcetti para destaparnos el funcionamiento perfecto de lo que es Política. Otros como Burrell, Rawles, Clay Davis o el antiguo alcalde, también nos ayudaban a materializar en imágenes toda la telaraña de corruptelas tejida, sin olvidar a los abogados defensores de los grandes magnates de la droga.

En definitiva, gran obra la compuesta por esos 60 episodios que componen el total de ‘The Wire’. Se pueden escribir muchas palabras acerca de ella. Sin embargo, como esencia de la misma, yo establecería que es la mejor anatomía que se ha hecho nunca jamás acerca del negocio de las drogas, acerca de todo lo que éste conlleva, desde el soldado hasta el jefe pasando por el agente que requisa el menudeo. Complementándolo ello con la parte de los criminales pulcros y trajeados. Todo en un envoltorio de marginalidad, de derrota, el de los miserables de la ciudad, gente como Bubbles o Duquan, cuyos sufrimientos y penurias tampoco fueron olvidados por los guionistas, dando esa sensación de haber nacido en el lugar equivocado.  Repito, su visionado es un gozoso disfrute, además de un choque duro y directo con la realidad de nuestros días. Imprescindible OBRA MAESTRA. Véanla.