Archivo de la categoría: Nueva York

‘Sidewalks of New York’. Postales neoyorquinas (II).

Edward Burns volvía a sorprender allá por el 2001 con ‘Las aceras de Nueva York’, una historia sencilla que gravitaba en torno a los enredos propiciados por esa cosa tan loca que tiene distraída a tantísima gente: el amor.

La narrativa se adecuaba al tema, mostrándonos un collage sentimental un tanto alocado, caótico y agitado. Rodeada de un reparto excepcional (Heather Graham, el propio Burns, Stanley Tucci, Britanny Murphy, Rosario Dawson, Dennis Farina, Aida Turturro, David Krumholtz) e impulsada por unos diálogos ingeniosos y atinados, la historia recorre así el sendero en el que ha decidido inmiscuirse, sabedora de los temores que en él acechan: vértigo e imprevisibilidad. Es el amor, mostrado en sus distintas dimensiones (no es exhaustivo): la primera vez, crisis matrimoniales de todo tipo, las dulces amantes y los malévolos infieles, el sempiterno cortejo, las citas románticas, las promesas cumplidas (y también las rotas), los miedos y temores de una nueva relación o las llamadas en espera, distintas situaciones que a más de uno seguro que le parece familiares. Y todo, al abrigo dado por ese fascinante paisaje urbano que siempre propicia una ciudad como Nueva York.

En fin, una comedia tan liviana como agradecida de ver. En tal sencillez y espontaneidad reside el punto fuerte del film, pues Edward Burns consigue así levantar la empatía del espectador, entreteniéndonos la velada con ese romanticismo tan peculiar y cercano que irradian sus historias. Otra postal más para la colección.

7.5/10

‘Extremely loud and incredibly close’. Mágica, dolorosa, vitalista.

No acabo de entender la cizaña y los palos que el personal ha dado a la última obra del reputado Stephen Daldry. Al parecer, todo lo relacionado con el 11-S, hablando de cine, es necesariamente lacrimógeno, cursi o, lo que es peor, un ejercicio de patriotismo express. La verdad, no tengo a Daldry como un cineasta pastelón de medio pelo, y tampoco creo que sea un patriota americano (básicamente porque es británico). Es decir, no termina de convencerme el linchamiento deflacionario para con esta cinta. Más aún si tenemos en cuenta la brillantez y el esmero que presenta la factura técnica, la calidad del guión de Eric Roth y el nivel presentado por el reparto (hasta Sandra Bullock está bien!). 

La realidad es que estamos ante una historia novedosa, original y deslumbrante, cuyo centro gravitatorio no es otro que Oskar Schell, un chaval neoyorquino de nueve años de edad con un coeficiente intelectual abrumador. Tanto es así que el muchacho tiene problemas para relacionarse socialmente, viendo peligros donde nadie los ve y atemorizado por las mil y una interacciones que terminan por darse, segundo a segundo, en esa magna urbe que es Nueva York. Tan sólo encuentra refugio, comprensión y alegría en las conversaciones con su padre. Sin embargo, como todos sabemos, pronto terminará, del peor modo y en el peor día, este idilio paternofilial, teniendo el chaval que readaptarse bruscamente ante este nuevo panorama.    

Una fantasía, una aventura en medio del dolor y la penumbra. Eso es lo que aquí vive Oskar Schell a través de una enigmática llave con la que pretende reencontrarse, aunque sea ocho minutos, con su padre. El talentoso Eric Roth desentraña una historia cautivadora, trágica, a ratos mágica (sensacional el papel de Max Von Sydow) y, finalmente, vitalista como pocas. Al mal tiempo cabe ponerle buena cara, y el pobre Oskar, con su idiosincrasia y particular modo de ver el mundo, tardó un tanto en comprenderlo.

7.5/10    

‘Money train’. Un tren del dinero, dos hermanos y… Jennifer.

Dos caras conocidas, como eran las de Woody Harrelson y Wesley Snipes, suponían el principal reclamo allá por el lejano año 95 para acudir al cine y engullir las palomitas a un ritmo frenético y trepidante marcado por un tren del dinero que nos dejaba como principal legado el descubrimiento de la explosiva Jennifer López. 

Si catalogamos esta cinta como género de acción, tendremos un resultado un tanto insípido y mediocre. A excepción de los últimos veinte minutos, la película gravita más en torno a la interacción dada entre los dos protagonistas. Éstos son unos hermanos un tanto peculiares, y distintos. Ambos son policías. Uno es negro y el otro blanco (cosas de la adopción). Uno es un patán que siempre está metiéndose en líos, y el otro es quién le salva el pellejo. No obstante, tienen algo en común: ambos han quedado prendados por las curvas de la López. ¿Quién se hará con el corazoncito de la latina?

Resultona cinta que toca distintos palos pero que no termina de explayarse en ninguno de ellos. No es un drama fraternal puro, tampoco una cinta de acción plena. Tiene toques cómicos, y le gustan los líos de faldas. En definitiva, un cocktail cargado de entretenimiento que sirve para llenar nuestros ratos libres cada tres quinquenios.

5.5/10   

‘How to make it in America’. New York City eats it’s young.

Ben es neoyorquino. Allí nació, allí vive y allí quiere morir. Con cierta tendencia al derrotismo, su vida parece enmarcada dentro de la grisez. Estudió moda y diseño en la universidad, pero le superó. Su novia de toda la vida, Rachel, le dejó o él la dejó a ella. El caso es que sigue enamorado de ella, otra derrota más, porque ahora a ella la vida parece funcionarle de maravilla, con un trabajo cómodo y una nueva aventura sentimental. Tiene, eso sí, un curro como dependiente en una tienda más de ropa, y la gran compañía de su mejor amigo: Cam. A este chico la vida tampoco le ha dado excesivas alegrías, pues vive con su abuela y bajo el yugo de su primo Rene, un trapicheras de tres al cuarto que busca “legalizarse” a través de un nuevo negocio de bebidas energéticas: el Rasta-Monsta. Ahora, los dos tienen un claro objetivo: montar su propia línea de jeans, la llamarán Crisp.

‘How to make it in America’ podría decirse que es un retrato generacional. Veinteañeros a los que el sistema engulle (genial guiño el de las camisetas diseñadas por ellos: “New York City eats it’s young”, “New York se come a sus crías”). Sin oficio ni beneficio, pero con mucha ilusión entre medias. Optimismo inherente al sistema, tratar de salir de abajo para estar arriba. Buscarse la vida, al fin y al cabo, en América. Una América concretada en Nueva York, la esencia misma del sistema. Un New York que se aleja de la típica postal, de la cándida mirada hollywoodense,  de la pomposidad y el lujo de la jet set, centrándose más (Julian Farino: creador; Ian Edelman: guionista; Mark Wahlberg: productor), en mostrar el corazón de la manzana podrida, los escondites más oscuros, la sombra de la ciudad. Los empleos precarios, la cultura del ocio (buenas fiestas se dan)  y los fracasos sentimentales de nuestros protagonistas, se alternan con galerías de arte, influencias con financieros de Wall Street (buen papel de yuppie el de Eddie Kaye Thomas) y hasta líos con prestamistas casposos. El paisaje interclasista nos expone una realidad: América, la tierra de las oportunidades, no da las mismas oportunidades a todos (y más desde que Reagan llegara al poder).

Con un formato breve de duración (capítulos que van de los 20 a los 25 minutos) y apenas ocho episodios por temporada (sólo he visto la primera), Julian Farina inserta la temática de su serie en la ilusión por triunfar, ganarse la vida y salir adelante mediante constancia, lucha y esfuerzo (más de una anécdota nos dan nuestros protagonistas de ello). No obstante, en el camino contemplamos un paisaje nada halagador, mostrándonos como la lugubridad se come a esa ciudad global. Tampoco conviene desdeñar, como ya se ha dicho, el apartado sentimental, principalmente la relación entre Ben y Rachel. Se añade a todo ello las buenas interpretaciones de un reparto joven y pujante, haciendo especial énfasis en Bryan Greenberg (Ben), Victor Rasuk (Cam) y Lake Bell (Rachel), y una BSO brutal. En fin, retrato generacional (también social) digno de toda admiración.

‘Midnight cowboy’. Amistad en las cloacas.

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Dos solitarios son los protagonistas de esta crítica al sueño americano que refleja ‘Cowboy de medianoche’. Joe Buck, es un vaquero tejano que ha llegado a Nueva York para buscar una vida mejor como gigoló. Quiere vivir a costa de las mujeres, de las señoras neoyorquinas. Rico Ratso, es un pobre miserable. Un tullido tubercoloso que no tiene ni para pasar el día. Habita en un edificio cerrado y abandonado. Sobrevive gracias al engaño y las estafas diarias. Una de sus estafas, tendrá como víctima a Joe Buck.

A partir de aquí, aparecerá una amistad entre los dos solitarios, que servirá para demostrarnos una cruda realidad. La derrota y la frustración existente en la vida de muchas personas. Una realidad, a la que es mejor enfrentarse en compañía que en soledad. Una amistad entre dos víctimas del sueño americano prometido. Todo ello representado maravillosamente en ese trayecto hacia Miami, hacia una vida mejor, una vida rodeada de mujeres en las playas caribeñas. Una vida que jamás llegará.

‘Man on wire’. Arte en el cielo de Manhattan.

‘Man on wire’ es la historia de un sueño: Caminar sobre el cielo de Manhattan a través de un alambre sujetado por las dos torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. En la búsqueda de ese sueño, el documental nos narrará las relaciones entre los distintos protagonistas de aquella gesta y sus distintas conductas ante ella. Las tensiones entre sus amigos, novia y cómplices diseñando aquel perfecto plan. Los viajes de ida y vuelta. La obsesión. La minuciosidad de los detalles. El ensayo casero con sus amigos en el campo. O en Notre Dame y el Puente de la bahía de Sidney. Sus aventuras y desventuras. Discusiones y malentendidos. La agonía de los distintos protagonistas en el último piso respectivo de la torre norte y sur intentando esquivar a los guardias para comenzar el montaje. Y, el final del sueño. La culminación del mismo. Un tipo andando sobre el cielo de Manhattan.

Philippe esquivaba la realidad, su acto, su “crimen”. La sonrisa y media vuelta ante la policía así lo reflejaba. Era algo metafísico. Philippe estaba en una realidad sobredimensionada. El sueño era suyo y nadie podía detenerle. Cuarenta y cinco minutos de arte espontáneo sobre el cielo de Manhattan, sobre el frágil alambre a una altura vertiginosa. Fue la gesta de Philippe Petit. Vio, como él mismo dice, cuando miró hacia abajo, una instantánea que jamás volvería a ver. Algo único. Una bacanal de sensaciones placenteras, inexplicables. El momento culmen de su vida. Y con él, su propia muerte, la muerte del funambulista.

Volvió a la realidad en una habitación de un apartamento disfrutando sexualmente con una desconocida. Había logrado su sueño. Un sueño que le obsesionaba desde aquel recorte de periódico a la edad de 19 años en la consulta del dentista. Un sueño que le había llevado seis años. Seis años convenciendo a gente, amigos, cómplices. Seis años luchando por él. Ahora lo había logrado y, con él, moría todo lo que le había rodeado durante ese tiempo.

Los americanos querían saber por qué lo hizo. Tan sensacionalistas ellos, tan morbosos. Hacían volver a Philippe a la banalidad de la vida humana. No hubo un por qué.  Simplemente fue un sueño. Su sueño.

‘Night and the city’. Película menor.

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De Niro se disfraza esta vez de abogado, Harry Fabian. Su vida deambula entre casos insignificantes y noches de bar en la ciudad de Nueva York. Es un perdedor, un superviviente. Serás aún más consciente de ello cuando intente desplumar al mafioso de turno del barrio, ‘Boom, Boom’ Grossman, y no lo consiga. Intentará, pues, dar un giro a su vida.

Decidirá hacerse promotor de boxa. Luchará por organizar un combate de boxeo sin apenas recursos. Se alineará con otro séquito de perdedores, entre ellos una gran Jessica Lange, para tratar de materializar su idea. La lucha desesperada por conseguir el dinero necesario para montar el tinglado le llevará a enfrentarse nuevamente con ‘Boom, Boom’ (promotor, a su vez, de boxeo en la misma zona) y Phil, el esposo de la mujer (Jessica Lange) con la que Harry Fabian mantiene un idilio, y, también, su mayor prestamista en este negocio.

El final, tan cruel como esperado. La derrota. La cruz de la moneda. Harry Fabian y Helen acabarán arrinconados en el callejon sin salida y lleno de basura en el que se adentraron al iniciar el film con sus inocentes sueños. Ni él fue un importante promotor de boxa, ni ella triunfó con su nuevo local alejada de un marido al que no amaba. La realidad, en estos casos, suele ser muy distinta a los sueños.

‘La noche y la ciudad’ nos deja así un retrato sobre la derrota y el dolor que conlleva ésta.  Sin embargo, el retrato no llega, no conmueve. A pesar de la, como casi siempre, buena actuación de Robert de Niro, y el contar con una secundaria de lujo, Jessica Lange, el film no acaba de arrancar en absoluto. Es un paseo superficial por las aceras de Nueva York, no acaba de adentrarse en ese mundo tan oscuro de la noche neoyorquina. Daba más de sí. En fin, película correcta (montaje penoso) que no perdura en la memoria.

‘The Warriors’. Oda a la violencia.

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Nueva York. Cyrus, el líder de la mayor pandilla de las calles neoyorquinas, ha citado a todas éllas para una cumbre en el Bronx. Nueve delegados de cada pandilla, acudirán como representantes del resto. El objetivo: la paz entre pandillas. No a la lucha por una simple esquina de un barrio. La alianza entre bandas permitiría luchar en una proporción de 3 a 1 en un hipotético enfrentamiento entre callejeros y policías. Conquistar la ciudad, el deseo.

Los Warriors, dueños de Coney Island, esperan ansiosos la cita. No saben aún que se propone Cyrus. Están nerviosos, es grande el peligro en tan largo camino, desde Conney Island al Bronx. Sin embargo, ellos respetarán la tregua. Nueve hombres sin armas acudirán en son de paz.

Con ésas, llega el momento. El discurso del Mesías se produce, y en medio de tal vorágine, suena un disparo que alcanza al líder. Ha muerto y alguien ha tenido que apretar el gatillo. Los verdaderos culpables, echan el muerto a los Warriors. Éstos sin saberlo, deberán volver a casa con esta carga. Una larga noche les espera.

‘The Warriors’ representa una asfixiante noche. Una oscura noche neoyorquina en la que un grupo de pandilleros ansiarán el regreso a casa con los peligros de tener a la policía pisándoles los talones, y a todas las bandas juveniles de la ciudad en busca de sus cabezas. Una noche llena de poesía violenta. Poesía en la que los versos no son más que peleas, atuendos estrambóticos, jóvenes alejados de la sociedad, los barrios de la Gran Ciudad, policías violentos y el metro de Nueva York. Escenario, en su conjunto, idóneo para que Walter Hill nos regale una hermosa película, violenta.