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‘No habrá paz para los malvados’. Sabor amargo.

El prólogo brindado por Enrique Urbizu es de una calidad asombrosa. Uno se frota las manos con lo que le puede acontecer a ese personaje tan castigado, decrépito y errante como es Santos Trinidad, a quien da vida un excepcional José Coronado (va para Goya).

Sin embargo, el film va perdiendo fuelle conforme vuelan los minutos. El cineasta vuelve a sumergir su cámara en los bajos fondos madrileños, en un terreno que él conoce a la perfección. Las dos investigaciones, tanto la oficial como la de Santos, por desgracia, no terminan de cautivarnos. Nos emborrachamos con tanto colombiano narcotraficante, y tanto tunecino yihadista. A Urbizu se le va la mano, en esta ocasión, subiéndose al carro (aunque no lo parecía inicialmente) del terrorismo islamista. No consigue combinar los elementos de un modo preciso, esquivando, por tanto, la manufactura de un thriller de textura lograda.

De hecho, la película nada en la mediocridad. Quién salva del (casi) seguro ahogo al cineasta no es otro que José Coronado. O Santos Trinidad. Un tipo con un poder de hipnosis especial cada vez que sale en pantalla, invitándonos con su magnífica interpretación a no decaer en su moribunda investigación. Con todo, irregular cinta que me deja un regusto amargo, quizás porque la esperaba con excesiva devoción.

6.5/10 

‘Another day in paradise’. Generaciones perdidas.

El segundo largometraje de Larry Clark no se alejaba mucho de la línea establecida en ‘Kids’ (1995). Cierto es que con una historia distinta, pero con un trasfondo muy similar: el retrato de una adolescencia maltratada, errante y calamitosa.

Drogas, addiciones y robos marcan el día a día de nuestros dos protagonistas. Dos yonquis más, de apenas 16 años de edad. Malviven entre la escoria de su apartamento, camuflándose entre ella, sintiendo el poder del jaco en sus venas, en el fluir de la sangre, en su atozado coco.  Un mal robo con sangre a borbotones de por medio, supondrá poner en el abismo a Bobbie, debatiéndose entre la vida y la muerte, decantándose finalmente por la primera opción, gracias a la ayuda de un nuevo padre, Sammie.

Las andanzas entre el dúo adolescente y el dúo adulto suponen un continuum, una herencia de vida peligrosa, de pozo sin fondo, entre dos generaciones distintas, el ayer y el mañana, congeniando, para mal, en el hoy.

Un final terrible, lleno de horror. Nada es cálido en él, todo es tristeza y dolor, pesar y asfixia. Morir como salida, en soledad. No hay otra. Es una vida fugitiva, de aquél que escapa, que corre, que huye, hacia la nada.

7.5/10 

‘Réquiem por un sueño’. Yonquis.

Sara Goldfarb tiene un sueño. Su sueño es ir a la televisión. Una llamada de un estafante de tres al cuarto así se lo hará creer. Gracias a ese sueño podra evadirse de su triste existencia. Tendrá que ponerse de gala para acudir al plató, volviendo a engalanarse con aquel vestido rojo que tanto le gusta. Pero ha cogido peso y ya no le entra. Tendrá que adelgazar, visitar a un nutricionista que le quite ese kilitos de más. La receta: drogas legales. Ya forma parte del club, es yonqui.

Marion tiene un sueño. Su sueño es ser modista, crear su propia marca. Dibuja, maqueta, cose. De verás cree que triunfará en ese negocio. Además, cuenta con la ayuda de su novio, del que está profundamente enamorada. Sin embargo, tiene un problema: ella y su novio son yonquis.

Harry y Tyrone tienen un sueño. Su sueño es colocarse en las esquinas, empezar a traficar y hacer dinero. Con ese dinero que ganarán, cogerán mercancía pura. Es el camino directo a la gloria. Dejarán de ser unos pringados cuando todo vaya rodado. Harry podrá así visitar más asiduamente a su madre. También dedicará todas sus energías para su gran amor: Marion. No obstante, tienen un problema: no tienen dinero, el negocio de la droga es altamente inestable y, principalmente, son yonquis.

Película que habla de sueños rotos, sueños desvanecidos. Sueños que se van a través de una aguja, a través de unas pastillas, a través de unas rayas. La droga los echó a perder. Carcomió sus vidas, se las fue arrebantando poco a poco, casi sin que se dieran cuenta. Cayeron al foso y difícilmente podrán salir.  Una película dura, impactante. Cuando he terminado de verla, he quedado descolocado. Te rompe.

Con tal hostiazo recibido, a uno casi se le pasan por alto los aspectos técnicos o artísticos del film (para mí, aquí eso es lo de menos). La moderna y, a ratos, cargante puesta en escena de Aronofsky te pide a gritos que dejes de ver el film. No obstante, tozudo yo, aguanto. Aguanto hasta el final (menos mal). Aguanto porque la Connelly lo borda. Aguanto porque también lo borda Ellen Burstyn. Aguanto porque quiero saber cómo acabará la aventura de Wayans y Leto. Aguanto porque es un film que retrata ciertos puntos negros de nuestra sociedad (TV, soledad, depresión, etc.). Aguanto porque el ritmo in crescendo del film te va encadilando, cambiando tu parecer en torno a la cuestión de darle al stop. Una película en la que el plato fuerte, historia aparte, es el papel de las mujeres: sensacionales ambas dos. Nada más.