Archivo de la categoría: Distopía

‘Take shelter’. Una quietud hiriente.

En el pequeño pueblo de Ohio en el que vive Curtis, los días pasan con total armonía y calma. Así, él, durante la mayor parte de su tiempo, va a trabajar como operario de obra. Luego, cuando llega a casa, le gusta, además de pasear a su perro, estar junto a su querida mujer y darle mimos a su enferma hija. Lleva una vida modelo dentro de la clase media estadounidense que, no obstante, pronto se verá enturbiada por un estremecedor suceso: visiones desalentadoras, violentas y claustrofóbicas.

Michael Shannon demuestra, con creces, que es un gran actor. Además, el papel le va como anillo al dedo a un rostro, el suyo, ya de por sí desquiciado. Consigue transmitir la angustia a la que se ve abocada su personaje. Le acompaña en el reparto una de las sensaciones de la temporada, la formidable Jessica Chastain en el papel de mujer atormentada, cargada de pesar y preocupación por la obsesiva conducta de su marido acerca de la construcción de un refugio propio de tiempos de guerra.

El apocalípsis en manos de Jeff Nichols. Brillante historia, tan quieta como hiriente. La narrativa es pausada, serena. Nos impregna, sin embargo, un ritmo in crescendo tan sutil que cuesta percibir el camino recorrido desde la placidez inicial a la desazón final. El sendero entre un extremo y otro es del todo paranoico, sirviéndose el cineasta, para conseguir tal propósito, de piezas tan básicas como una grúa y un refugio. 

En fin, un magistral drama familiar, desgarrador hasta el punto de jugar con la salud de la chiquilla, agitado por las premoniciones distópicas del padre, auténtico motor de combustión de esta calamitosa y penitente historia. Una de las mejores películas del año.

8.5/10

‘The trigger effect’. Jungla residencial.

David Koepp, sensacional guionista y notable director, rompía mano con la cámara gracias a ‘The trigger effect’ (1996). En ella, se nos presentaba, gracias al pretexto de un apagón eléctrico, un inquietante fin de semana en mitad de una zona residencial, icono del sueño americano, convertida ahora en una auténtica jungla urbana.

Un buen viernes, decides ir al cine a ver una película. Soportas las palomitas y al típico plasta que no tiene un lugar mejor en el que charlar. Te vas de vuelta a casa y, a mitad noche, descubres que se ha ido la luz. Es la caída de uno de los cimientos del actual sistema, la energía eléctrica, lo que provoca un caos absoluto. Las american express de nada valen, hay poco dinero líquido y la ofimática se ha resquebrajado por los cuatro costados. Cosas tan sencillas como comprar un simple medicamento para el cuidado de tu bebé, se convierte en una auténtica cruzada, despojándote de tu lado más civilizado cayendo en el hurto a la desesperada.

Poco a poco, la inquietud va mutando en pesadilla. Los vándalos aprovechan para el saqueo sistemático. Un paradigmático barrio residencial, de esos con jardincito y banderita, se convierte en una perita en dulce para el crimen. Robar, asesinar. ¿Qué tipo de civilización hemos creado? Cae la luz y te adentras, de golpe y porrazo, en las tinieblas. La solidaridad, ayuda al prójimo y cooperación se pierden, sutituyéndose por el egoísmo, la maldad y la competencia por la ¿supervivencia?

Película que incita a la reflexión, sobre todo, en clave estadounidense, acerca del sistema sobre el que vertebran sus vidas. Koepp pone el dedo en la llaga y se divierte (o encabrona) de lo lindo a través del supuesto ficticio del que parte y sus nefastas consecuencias. Tensa película que únicamente cojea un tanto cuando trata de herir con ese triángulo sentimental alimentado por unos egos, fraternales o no, contrapuestos. Con todo, lograda.

7/10

Spoiler

¿Acabaríamos así, pegándonos balazos por un simple automóvil?

‘A clockwork orange’. Excéntrica, genial, distópica.

Stanley Kubrick conseguía meter una nueva pieza clave en la historia del cine, se trataba de ‘La naranja mecánica’. Presentada con una factura moderna y ciertamente psicodélica, entroncaba su argumento en torno a las aventuras nocturnas de Alex y sus “drugos”, una tribu urbana peculiar a la que le gusta disfrutar de una ración doble de ultraviolencia, violaciones y agitada verborrea.

Es la hipérbole con la que trabaja Kubrick, ensimismándose en un mundo del todo pesimista y desasosegante, contextualizando, en clave distópica, a una juventud británica que parece haber alcanzado el culmen de la degradación, perdiéndose entre el fasto, el lujo y el bienestar de un sistema, el capitalista, que parece haber dado con la tecla adecuada del beneficio, pero sin tener en cuenta las nefastas consecuencias sociales para sus ciudadanos. De cualquier manera, Kubrick tampoco parece alcanzar excesiva coherencia en esta línea argumental, pues los jóvenes urbanitas representados no son inmorales ricachones perdidos en el fasto (al estilo ‘American psycho’), sino más bien los descarriados de una clase trabajadora (a juego con la ambientación que le da el cineasta) que viven entre pobreza, delincuencia y marginalidad.

Presentada la escoria del sistema, la marginalidad y violencia exagerada, Kubrick da un paso más para criticar al sistema penal británico, ahondando aquí en un distopía acerca del Estado Totalitario en el que la sociedad no es más que un cuerpo activo al servicio del poder último, dejando sin posibilidad de opción, de alternativa o de pensamiento, a sus súbditos. Es Alex, la nueva víctima del sistema. Un malévolo delincuente convertido a bonachón autómata.

Ya estamos en el tercer escalón: la reinserción social del amorfo. Sin mucha coherencia, el aspecto totalitario es descuidado para de nuevo sumergirse en la periferia degradada y violenta. ¿Cómo adecuar su conducta frente a los demás hijos del pecado? No hay perdón, ni olvido. Sólo rencor y más violencia (genial guiño el del delincuente juvenil reconvertido a agente de la ley, ¿quién no ha conocido un caso así en su localidad?).

Al final, Kubrick decide dar pie al colofón de esta extensa obra: la crítica al mercadeo político, al juego electoral y el mundo de las apariencias de los hombres trajeados. Alex pasó de delincuente a víctima a través de una serie de calamidades. Víctima con honores públicos, a la que todos se arriman para hacerse la foto y ganar un par de puntos en las encuestas de orientación del voto. Pero, ¿qué hay detrás de todo esto? El cineasta no se aleja del mundo desasosegante y distópico formulado por el Estado liberal/capitalista británico, pues deja como imagen final a un Alex de nuevo natural, con la mirada criminal e intenciones diabólicas, volviendo así al punto de partida (cayendo en la espiral cíclica de la que no hay salida).

Con todo, ‘A clockwork orange’ ha pasado, como decíamos, a la historia del cine. Más, diría yo, por la carta de presentación exhibida que por la trama argumental en sí misma. Película transgresora, con halo moderno, de violencia explícita pero acompasada por música clásica del maestro Beethoven. Un popurrí experimental, fácil de vender por el marketing, al que el público aplaudió y alabó. Una factura técnica de diez daba pie a una pose de película moderna pero también maldita, ocultando tras esta máscara (¿alguien diferente a Kubrick poseería la genialidad y excentricidad para hacer algo así de bien?) una historia que por querer abarcar en demasía se ancla entre el fango y el lodo que nos quiere explicitar con todos los honores cinematográficos.

8.5/10

‘I am legend’. Will Smith.

La historia te cautiva desde el primer momento. Te paraliza y asombra el horror que supone el día a día para el bueno de Will. Lo que antaño era una ciudad global, en palabras de Saskia Sassen, ahora no es más que una megalópolis fantasmagórica. Empatizas casi sin darte cuenta con el héroe y su can. Eso sí, conforme avanza el transcurrir del film, las palomitas van haciéndose su hueco. Entretienen esos “buscadores de sombras” y el juego de toma y daca que establecen con nuestro intrépido protagonista. El final es tan caramelizante como épico, pues no podía ser de otra forma.

Lograda adaptación del distópico mundo ideado por Richard Matheson. Tenemos como escenario a Nueva York. Asumiendo el papel protagonista a un omnipresente Will Smith. Y como tema principal: el apocalipsis en forma de trampa científica. Ingredientes idóneos con los que Francis Lawrence supo presentarnos un buen plato. No defrauda.

‘La isla’. Filósofo Bay.

Michael Bay. Él es el tipo que anda detrás de esta megamacroproducción hollywoodense. Ésas que tanto le gustan realizar al cineasta (aficionado a inflar los bolsillos de los productores y, ya de paso, los suyos). Debo reconocer que en su trabajo es muy bueno. Es decir, los peñazos que tiene como filmografía sabe envolverlos muy bien para que el gran público acuda en masa a ver sus cintas. Algo tendrá si consigue estar dentro de la realeza del planeta Hollywood, príncipe él dentro del cine puramente comercial.

El caso es que ‘La isla’ hay que cogerla con muchas reservas. Hay que cogerla como una película manufacturada por el susodicho cineasta. Por tanto, y dentro de esa estricta premisa, se la debe valorar como tal. Y como tal, el veredicto es el del puro entretenimiento. Un entretenimiento que, al menos, no ofende ni a los ojos ni al coco de los espectadores (como sí ofendían algunas de sus obras, p.ej. la infame Pearl Harbor). Es obvio que con esta cinta ha querido jugar a filósofo. Ha acudido a clásicos futuristas como ‘Blade runner’, ‘Matrix’ o ‘Gattaca’ para tratar de buscar la reflexión en el espectador, sacudir su conciencia. Pero eso en su cine es imposible. Se le fue la mano otra vez. Que si explosiones. Que si tiros. Que si persecuciones trepidantes. Que si Scarlett Johansson con la misma cara de rubia tonta durante todo el fim (que desaprovechada está). Que si un guión que va de más a muchísimo menos. Que si un papel vergonzoso e incoherente para Djimon Hounsou. Que si happy end. Que sí, que es una castaña de película. Al menos, entretiene.

‘A.I. Artificial intelligence’. Fastuosa.

Fastuosa obra en clave futurista esbozada antaño por Stanley Kubrick y materializada finalmente por el Rey de Hollywood: Steven Spielberg. Con ‘AI’ viajamos a un futuro, no muy lejano, en el que las multinacionales de la electrónica han conseguido insertar en nuestra sociedad a los “meca”, robots diseñados a imagen y semejanza de sus creadores. A través de la figura de David, una joya científica pues es el primer niño meca, el cineasta nos cautiva con una sencilla, en el buen sentido de la palabra, historia de amor. El amor que siente ese robot por su madre, expresado en una fidelidad eterna que conlleva consigo una explosión mezcla de sentimientos a flor de piel, ternura y pena. Un amor que supone una aventura para el entrañable David en busca de esa hada azul que sea capaz de convertirlo en un niño de verdad, un niño al que su madre pueda amar de la misma forma con la que él lo hace.

Esta lacrimógena historia se ubicará en un contexto magistral. En él encontraremos una sociedad que sienta sus bases en lo artificial, en los avances tecnológicos. La sociedad descrita por Spielberg está desalmada, desarraigada. Los humanos buscan acomodo entre los meca, despejando en ellos su vacío sentimental (la figura de Jude Law como amante, o la del propio David como niño adorable). Además, también comprobamos como los propios individuos se vuelven contra su creación, contra las máquinas. Son perseguidas, torturadas y aniquiladas. Tiene su punto de conexión con la célebre ‘Blade runner’. Si allí los androides luchaban por alargar su vida al tiempo que huían de sus cazadores, aquí lo que mueve a David  no es la inmortalidad (pues ya la posee), sino el poder conseguir el cariño de su madre, huyendo también él, al igual que los androides de ‘Blade runner’, de la cruel y miserable caza humana. En cualquier caso, la empatía del espectador hacia los róbots resalta en ambas dos, poniendo pues el dedo en la llaga e incitando a la reflexión, pues la comparativa entre máquinas (como esclavos del sistema que son) y cualquier otro sector marginal de nuestra sociedad no resulta descabellada ni lejana.

La historia de ese niño-androide, mezcla ella de Marco y Pinocchio, es acompañada con un contexto futurista veritablemente logrado, con una fastuosidad y calidad visual que suponen todo un derroche creativo del artesano que se encuentra tras la cámara. Además, a través de él podemos alejarnos un tanto del centro de la trama para gravitar por su entorno y captar la reflexión a la que trata de incitar el cineasta con tal magna creación. Sin duda, ‘AI’ es una joya del cine, una maravilla visual puesta al servicio de una gran historia. Eso sí, le sobran los últimos veinte minutos. El final debía estar en esa noria, en esa nave sumergida, en esas aguas oceánicas. Nada mejor que eso representaba la amarga sensación de ese niño que quiere pero no puede. El dolor perpetuo de quien se sabe esclavo de su propia condición, incapaz él de alcanzar la condición humana. Sin embargo, Steven Spielberg (quizás auspiciado por los grandes bolsillos hollywoodenses) derrochó sirope a mansalva, endulzando con éste tan amargo trago.

Spoiler

A pesar de todo, el trago es amargo. Se le da la oportunidad de pasar un día con su madre, de disfrutar con su compañía y poder dormir plácidamente junto a su lado de una manera eterna (con la paradoja de que nunca más ya volverá a despertar). Es decir, el cameo con unos extraterrestres que están de más en esta película, no sirve para alejar a David de su triste destino. Sí que sirve, en cambio, para darle un toque colorido final al film, un happy end ciertamente peculiar. Sobraba.

‘Brazil’. Empacho distópico.

Estamos en un futuro donde un gobierno totalmente autoritario, cargado de tecnócratas, ha radicalizado el discurso de la jaula de hierro de Max Weber. La burocracia autoritaria se nos presenta de una manera hiper realista. Todo parece verídico. Me lo creo. La ambientación es genial. El mundo del futuro, tan distópico, está recreado a las mil maravillas. Las minuciosidades del guión, los pequeños detalles, describen a la perfección la oscuridad de ese universo. El contexto, es el “soñado”.

Ahora, falta la historia. Una mosca cojonera cambia una B por una P en una máquina de escribir del departamento de investigación del gobierno, creando un informe equivocado y atrapando la policía represora al pringado que no era. A partir de aquí, el burócrata que se percata del error, se topará por casualidad con la mujer de sus sueños, unos sueños que supuestamente le llevan a escapar imaginariamente de ese mundo tan atroz. La mujer en cuestión era la vecina del pringado liquidado. Y ahora, él la ha conocido. Romántico.

La historia de amor vendrá alternada con monstruosidades autoritarias, “terrorismo” libertario y mil guiños a la comedia negra tremendamente ingeniosos y mordaces acerca de la sociedad futura. ‘Brazil’ cuanto más cerca está del centro argumental, más aburre. Acabo empachado de amor y obsesión futurista. Gana, en cambio, cuando se dirige hacia los márgenes del argumento. Qué paisaje tan demoledor ha visualizado Gilliam. Lástima que la historia no convenza.

‘Matrix’. Libertad.

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Estamos en un futuro muy lúgubre. Un futuro cercano al siglo XXIII donde las máquinas han tomado el control del planeta. Tras una espectacular guerra que nos imaginamos, los humanos salieron derrotados por su propia creación, la tecnología. Ahora, éstos sólo sobreviven en Sion, la última ciudad humana. El último enclave de resistencia. Un reducto al que las máquinas quieren poner fin.

Tras la desaparición del sol, la fuente primaria de energía para las máquinas, éstas tuvieron que encontrar otra fuente de la que suministrarse, los humanos, a los que habían vencido en batalla. Los sometieron, los esclavizaron y empezaron a cultivarlos en cautiverio. Sus cuerpos físicos eran controlados, estaban encerrados dentro de unas cápsulas, chupándoles su energía, energía con la que mover el mundo tecnológico. Mientras, sus mentes eran liberadas a través de Matrix. Un mundo imaginario creado para aletargar a los hombres, para someterlos. En dicho mundo, todo es posible, pero nada es real. Sus guardianes, los agentes especiales, controlan Matrix, eliminan cualquier resquicio de rebelión.

Sin embargo, un grupo de libertarios encabezado por Morfeo y secundado por Trinity y su séquito (Enchufe, Apoc, Ratón, Tank, Dozer y el judas de Cypher), todos ellos humanos liberados que transitan por el mundo en su nave Nebuchanedzzar,  han puesto todas sus esperanzas en un hombre del que creen que será capaz de tumbar al enemigo, Neo. Al elegir la pastilla roja, descubriremos al mismo tiempo que Neo lo que es Matrix.

Espectacular cinta futurista que no sólo se sustenta en su gran argumento futurista, en clave distópica, sino también en sus efectos especiales, pioneros indudables de una nueva manera de hacer cine de acción. Los Wachowski, en su obra cumbre, crearon un antes y un después de Matrix. Ya nada volvió a ser lo mismo. Todo lo que rodea a esta cinta está en lo más alto de la historia del cine. Obra maestra.

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Durante la mayor parte del metraje vamos aprendiendo con Neo lo que es real, y lo que es imaginario, artificial. Descubrimos Matrix de la mano de Morfeo y Trinity. Y sentimos la responsabilidad que poco a poco va creciendo en el interior de Neo. Una responsabilidad que se agiganta tras la visita al Oráculo. Sus palabras le penetrarán.

A partir de ahí, los Wachowski dejan la filosofía a un lado y comienzan con la acción. La atmósfera de opresión y asfixia que se había construido durante todo el film, se libera ahora. El rescate de Morfeo, capturado tras la traición de Cypher, será la excusa perfecta para que Neo demuestre si es el libertario que todos esperan o no. El final, entrando dentro del género de acción, es espectacular, por no decir que es el mejor que he visto. Y sí, Neo es el salvador. Controla Matrix, lo ha demostrado. Imagino que salvará a la civilización humana con la ayuda de su amada Trinity, de su mentor Morfeo y de la resistencia de Sion. No le brindo la oportunidad de jugar con mi imaginación a Reloaded y Revolutions, cine con alma de marketing, que echa por tierra en buena medida el logro de su antecesora, la inigualable Matrix.

Obviamente, también se le puede dar un voto de confianza a las secuelas. Ver si han seguido los dictámenes de nuestra imaginación. Si no es así, se las puede borrar de la memoria con bastante facilidad y sencillez.

‘Code 46′. Basura futurista.

Hay un mundo totalitario. Un mundo controlado por un puñado de tiranos fiel reflejo de la ‘jaula de hierro’ weberiana. Un mundo en el que o tienes cobertura (algo así como papeles) o no eres nadie. Un futuro, en definitiva, no muy halagador pero sí bastante creíble (por las cuatro pinceladas que nos dan de él).

Cuando comienzas a ver esta película, crees avecinar un buen film. Todos los indicios apuntan en esa dirección. No esperas que sea Blade Runner ni mucho menos, pero sí algo de calidad. El reparto y la dirección acreditan esta expectativa.

Craso error. Ni es Blade Runner ni es una buena película futurista. Es únicamente una historia de amor que para nada engancha. Él es un cabrón fiel al sistema, y ella una “revolucionaria” que ayuda a los sin papeles. A partir de ahí, nada más. Una sosa historia de amor contextualizada en un futuro lúgubre.

Ni la historia de amor arranca jamás, ni el contexto futurista se desarrolla mínimamente. Fallida e insuficiente. Dijéramos que es, volviendo a la gran obra maestra, una Blade Runner al 0,5 %.

‘Blade Runner’. Un futuro muy real.

Blade Runner fue estrenada en 1982, con un guión basado en la novela, Do Androids Dream of Electrical Sheep?, de Philip K. Dick, y una dirección a cargo de uno de los grandes directores del momento, Ridley Scott.

El film, pese a tener un frío recibimiento en su momento, se ha ido convirtiendo en un referente de la ciencia-ficción y ha llegado a ser considerada por muchos como una película de culto.

Blade Runner es una película de múltiples significados y lecturas, su historia transcurre en Los Angeles durante el año 2019, y en su inicio se nos presenta como una cacería hacia un grupo minoritario de la sociedad, los replicantes. La historia no se queda estancada aquí, a partir de esta cacería se desarrolla una importante historia en un contexto determinado.

El contexto en el que se sitúa el film, es un contexto futuro sí, pero a la vez el futuro más real que se haya podido reflejar en una película de ciencia-ficción.

Vemos que hay un grupo minoritario, los replicantes, utilizados como mano de obra esclavizada y perseguido por la sociedad en el momento en que deciden internarse en la Tierra. No hay que irse muy lejos para encontrar casos similares en la realidad actual, el trato a la inmigración ilegal sería un buen ejemplo.

Vemos que la Tierra es oscura y agobiante, no hay claridad en todo el film y la lluvia es persistente y se deja ver en el día a día. Este punto también es muy realista por el contemporáneo debate sobre el cambio climático, porque nuestro actual sistema de desarrollo bien nos podría conducir a un futuro como el de Blade Runner.

Vemos que los ricos han huido de este mundo, se han recluido en las colonias exteriores y han dejado atrás una Tierra poblada por los nuevos pobres, una sociedad totalmente mestiza, tullida y enferma.

Se nos presenta una estratificación social futura causada por el desigual reparto de el capital, pero es importante señalar que no es nada utópico la existencia de esos mundos paralelos entre ricos y pobres, la sociedad parece ir evolucionando hacia esos mundos paralelos ya existentes hoy en día, como pude apreciar en una película mexicana, La Zona, que ví recientemente, y que guarda mucha relación con este apartado tratado en Blade Runner, ya que parece como que la sociedad va mutando, va separándose, va andando por un camino espinoso, controlado por el capital, que puede abocar en un futuro como el que nos muestra Blade Runner.

El tema del capitalismo me parece clave en el film, ya que es el centro de todo, ha provocado que el mundo cruce esa línea entre el bien y el mal. Ha destruido la Tierra, la cohesión social y cualquier resquicio existente de solidaridad. Además el capital, representado por la Tyrrel Corporation, se ha permitido el lujo de crear a través de la bioquímica y la biología molecular personas a imagen y semejanza de su dueño, convirtiendo así al capital en el nuevo Dios (de la biomecánica) de las generaciones replicantes y, no tan replicantes, del futuro.

Este es el contexto que nos muestra Ridley Scott, y en el que se desarrolla, para mí, la idea principal del film, la existencia humana.

Las preguntas: ¿Quién soy?, ¿De dónde vengo?, ¿Adónde voy?, nos muestran el dilema moral que sufren los replicantes, pero no sólo ellos, también lo sufrimos nosotros.

En el caso de Roy y el resto de personajes perseguidos, las respuestas para el espectador son claras, son replicantes creados por la figura mas cruel del capital en el futuro, Tyrrel, y van hacia una muerte inminente por la corta duración de su vida programada.

Pero ellos al igual que los humanos luchan por encontrar respuestas a estas preguntas, nos muestran mediante sus actos que al igual que nosotros, necesitan recurrir a las fotografías, a los recuerdos, a nuestras experiencias y familias para saber de donde venimos y quienes somos. Ellos, al igual que nosotros, luchan por sus vidas, por alargarlas.

El mensaje que yo trato de extraer del film es el de si realmente, ¿queremos dirigirnos, los humanos, hacia esa existencia, no tan lejana, que nos muestra Blade Runner?.

Mi respuesta la encuentro reflejada en la justificación que da Deckard (voz en off) acerca del momento en que Roy le salva la vida:

No sé por qué me salvó la vida. Quizás en esos últimos momentos amaba la vida más de lo que la había amado nunca. No sólo su vida; la vida de todos, mi vida.

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