Archivo de la categoría: Animación

‘Karigurashi no Arrietty’. Bondadosa, melancólica y emotiva.

Hiroyamasha Yonabayashi se iniciaba en el mundo del largometraje de animación infantil con el apadrinamiento de uno de los míticos del género: Hayao Miyazaki, en labores de guión aquí. La historia, eso sí, parte del material literario de Mary Norton.

El personaje de Arrietty, una jovencita tan diminuta como intrépida, será el centro gravitatorio de la historia. Élla, convive con sus padres, a escondidas bajo el suelo de una casa en la que son felices, pero precavidos. Precavidos de no ser vistos por ningun ser humano. Temerosos por su posesiva conducta, los evitan. Todo cambiará, para los diminutos, cuando la muchacha sea sorprendida por Shô, un niño recluido en la casa por motivos de salud.

Bondadosa y amable cinta la aquí brindada por el mítico Studio Ghibli. Las preciosistas imágenes se sirven de una técnica artística muy depurada y de indudable calidad, que unidas a una emotiva BSO, nos acaban por brindar, en bandeja de plata, una historia tan triste y melancólica como cálida y vitalista, dentro de la cuál se esconde una sabia lección para los más pequeños: observar al desconocido, y comprenderlo.

7.5/10 

‘Rango’. Camaleónico western destinado tanto a imberbes como barbudos

Rango es un réptil con una plácida existencia. Camisa hawaiana, piscina y solecito, novia de plástico y algún colega que otro. Eso sí, vive dentro de un terrario, y está comenzando a cansarse de esa vida de actor para los humanos. Por suerte (o desgracia) para él, todo cambiará cuando por avatares del destino se vea abocado a sobrevivir en medio del desierto de Nevada.

Historia de animación que gravita en torno a la lucha existencial de un divertido camaleón, quien (dentro de su propia naturalidad) deberá camuflarse entre los habitantes (variopinto atinado) de un polvoriento poblado del far west para así terminar por conseguir una identidad verdadera, sin medias tintas ni engaños.

Su narración es ligera y altamente gustosa de ver. No sólo posee divertidas escenas con ingeniosos gags, sino que además nos adentra en pleno desierto a través de una adenalínica e inesperada acción que incluso acaba por ponerse nostálgica con un sensacional guiño al mundo del (¿enterrado?¿resucitado?) western. Además, Gore Verbinski (un gran director comercial) no deja títere con cabeza, introduciendo una camuflada crítica a temas como la corrupción política, la religión y rituales, la banca e incluso hasta a esa cosa llamada “progreso”. En definitiva, dibujos que harán las delicias de los más pequeños (había unos cuántos en la sala) y de los que no lo son tanto.

‘Chico & Rita’. Jazz, amor y Cuba.

La Habana, final de los cuarenta. El es Chico, ella Rita. Unas imágenes fabulosas captan nuestra atención. Una música sensacional marca el ritmo. Todo al servicio de una bonita historia de amor.  Un amor situado entre la calma y la tempestad. Entre Cuba, New York y Las Vegas. Un amor  fraguado entre pianos, mojitos y bambalinas. Añorado por la partitura de una canción. Escondido entre el dólar americano, fiestas de la jet set y conciertos en París. Un amor perdido en el tiempo, obstinado en perecer.

El binomio Trueba-Mariscal no decepciona. El gozo visual ya vale por si mismo el precio de la entrada. Pero súmenle una banda sonora repleta de jazz cubano del bueno y una historia que es puro sentimiento.

‘The hunchback of Notre Dame’. La historia de Quasimodo.

Esta es la historia del campanero de Notre Dame, Quasimodo. Una historia ambientada en el París medieval del siglo XV, diseñada  a partir de un escrito de Victor Hugo por Gary Trousdale y Kirk Wise, dos cineastas que ostentan el privilegio de haber manufacturado dos de mis obras favoritas de la Disney: esta sobre la que hablamos así como ‘La bella y la bestia’ (1991).

Quasimodo nació deforme, la vida fue injusta con el desde el primer momento. Notre Dame lo salvó de Frollo, sirviéndole de refugio y cárcel a la vez, bajo el yugo de su tirano amo. Todo cambiará con la fiesta de los bufones del 6 de enero. Las simpáticas gárgolas que lo acompañan le animaran a bajar, atreverse a dar un paso en la plaza, conocer la realidad.

Esmeralda, Febo, Frollo, Quasimodo, gárgolas y bufones. La Disney le clava un fuerte punzón al mundo de apariencias instaurado en nuestra sociedad retrotrayéndose a la época medieval, echando por tierra no ya sólo el aspecto de la belleza física a través del personaje de Quasimodo, sino también la déspota e irracional actitud de Frollo frente al colectivo de gitanos (¿Frollo? ¿Sarkozy?).

‘El jorobado de Notre Dame’ es una preciosa historia que comprende y se aproxima al diferente, en lugar de maltratarlo y recharzarlo. Habla de minorías marginadas, de déspotas y de revoluciones. Tiranos que azotan a los más débiles. Posee una moraleja final que otorga una sabia lección a los más pequeños. Una de las películas de mi infancia. Una de las mejores historias de la Disney.

‘Toy story 2′. El dilema de Woody (Aventuras en la gran ciudad).

Segunda entrega de la saga Toy Story que nos transportaba, en esta ocasión, a una nueva aventura en la que poner a prueba conceptos tan toystoryanos como la amistad, la lealtad y la camaradería. El resultado de la misma es sensacional, impregnándonos nuevamente del carisma de esos juguetitos, volviendo a disfrutar gracias a esta repetida pero mágica y grandiosa fórmula que tenían guardada en su chistera John Lasseter y la Pixar.

Historia que ahonda, principalmente, en el personaje de Woody, nuestro entrañable sheriff, quién, tras descubrir su pasado, conocer su presente y meditar su futuro, deberá decidir si marcharse a un museo de Tokio con sus amigos del Rodeo (nuevos personajes en la secuela), o volver a casa con Andy, a sabiendas de que a éste ya le quedan pocos años de niñez. A este nudo principal le acompañará una serie de aventuras por la gran ciudad del resto de nuestros amigos (Buzz, Potato, Rex, Slinky y los marcianitos) en busca de rescatar a uno de los suyos, a Woody. En definitiva, trepidantes aventuras al ritmo de un guión ágil, divertido y chisposo que hace nacer en nosotros una empatía especial hacia esos muñequitos tan simpáticos, levantando entre nosotros un ánimo de complicidad ciertamente conseguido. La receta mágica de la primera entrega se repite de nuevo (aunque puede que sea la más “floja” de la trilogía).

‘Día y noche’. Bella estética, precioso mensaje.

Día es sonriente, cálido y feliz. Noche es más apagado, calmado y tímido. Ambos se toparán para su sorpresa y comenzarán un rodeo tan extraordinario y divertido como lucido. Original propuesta visual que esconde en sus adentros un mensaje fraternal y humano, el de aproximarse a lo extraño, alejándose del sentido peyorativo de éste para perder el miedo inicial hacia el otro, creando lazos mutuos y recíprocos, conociéndonos mejor los unos a los otros, porque en el fondo todos somos iguales (como evoca esa preciosa imagen en la que el atardecer y amanecer se tocan entre sí). Una joya instructiva para los más pequeños (y los no tan pequeños) que acompañó a ‘Toy story 3′ en las salas de cine.

‘Toy story’. Marcó una época.

En 1995, la Pixar decidía revolucionar el mundo de la animación en el cine gracias a ‘Toy Story’, una película que pasaría a los anales de la historia por ser la primera en ser rodada vía digitalización. Pero además de la transgresora puesta en escena, la cinta de John Lasseter suponía una delicia para los espectadores más jóvenes, gracias a esas aventuras de unos compañeros tan fieles como sufridos, nuestros queridos juguetes.

Y es que en esta historia… ¡los juguetes cobran vida! Es decir, el sueño de todo niño se hacía realidad, encandilándonos por aquel entonces con los riesgos y aventuras que conllevaban para Woody y nuestros amigos una fiesta de cumpleaños (introducción al film), la salida al mundo exterior y sus peligros (la acción principal, cuando Buzz toma conciencia de lo que es), o la mudanza y la inolvidable carrera final (un grandioso colofón). La piedra angular de la historia no es otra que esa cosa llamada amistad. La amistad como motor de combustión. La amistad incipiente entre Woody y Buzz, desde sus enfrentamientos iniciales hasta su posterior hermanamiento. La amistad pegadiza a la que evocaba el popular estribillo “hay un amigo en mí”. Una amistad plagada de camaradería entre todos los juguetes. Y una amistad trasladada todavía a un escalón por encima, la de los juguetes hacia los niños, y viceversa, inmortalizado ello en una suela grabada con el nombre de Andy.

Woody, Buzz, Mr. Potato, Slinky dog, Rex, el Cerdo o la pastora Betty eran los protagonistas de una historia que ensalzaba a ese mágico mundo en el que todos hemos vivido, el mundo de los juguetes. Una historia que supone una guía de buen comportamiento por parte de los niños hacia los adorables muñequitos, contraponiendo las dos caras de la moneda, a través del bondadoso Andy y del malévolo Sid. En definitiva, maravillosa historia que suponía el inicio de una saga que volaría… ¡hasta el infinito y más allá!

‘Toy story 3′. Homenaje a los juguetes.

Casi por sorpresa, sin que los fieles seguidores antaño de Woody y Buzz lo esperáramos, llegaba a los cines la tercera parte de Toy Story en este 2010 a manos de Lee Unkrich (Buscando a Nemo), once años después del estreno de Toy Story 2 (1999) y quince años ya de aquella original y sencilla historia de John Lasseter (entre otros) que tenía por protagonistas a una serie de juguetes que cobraban vida cuando nadie los observaba.

En esta ocasión, Woody, Buzz y sus amigos acabarán por un infortunio del destino siendo donados a una guardería, “Sunny side”, un aparante reino celestial de los juguetes, pero que esconderá tras de sí una auténtica red de juguetes gangsteriles que no se lo pondrán nada fácil a nuestros amigos. La receta nuevamente vuelve a ser similar a la empleada en anteriores ocasiones, deparándonos aventuras por un tubo, de principio a fin, con una buena dosis de acción y en una línea trepidante todavía más conseguida si cabe que en las anteriores cintas, además de contar con un guión ágil, ingenioso y divertido. Aspectos como la camaradería y la complicidad entre los miembros del grupo tampoco serán dejados de lado, pues son marca de la casa, así como el sentimiento de fidelidad y lealtad recíproco entre nuestros amigos y los niños, simbolizados éstos en la figura de ese mítico niño al que hemos visto crecer, de nombre Andy.

El fresco de animación se cierra con un sentido homenaje al mundo del juguete, resaltando ese vínculo especial imperenne que existe entre los niños y sus juguetes a través de la mirada nostálgica de un chaval que comienza a despedirse de su niñez para embarcarse en la aventura de la juventud, legando pues su particular colección de tiernos recuerdos y sentimientos a las futuras generaciones (a Molly, una adorable niña). Ese punto de sirope final cierra de una magistral manera el círculo que se iniciara allá por 1995, habiéndonos regalado la Pixar una trilogía que, desde ya, pasará a los anales del cine de animación. Un precioso homenaje a los juguetes, y a la saga, a través de un final tan sonriente y feliz como nostálgico. Obra maestra.

‘Vampiros en la Habana’. Peculiar divertimento.

‘Vampiros en la Habana’ es una cinta de animación visualmente bastante pobre y horrenda. Al margen de los detalles ténicos del film, la historia, aunque mejor, tampoco es como para tirar cohetes. Sí que es cierto que supura sátira por los cuatro costados, pero la trama me acaba por parecer liosa, enrevesada y caótica. Y ya es raro en un peli de tan poca duración.

El caso es que Juan Padrón se sacaba de la manga a Pepe, un vampiro que gracias al saber de su tío, puede ver el sol sin ningún problema. El milagro tiene forma de pócima, y se llama Vampisol, elaborada en la Habana. Y hasta allí que irán los chupasangres más hambrientos. Estarán todos, los financieros norteamericanos, los imperialistas europeos, la mafia estadounidense. ¡Hasta el cornudo de Machado andaba por allí detrás de la pócima! Pero Pepe como buen cubano que es, evitará el lucro, la avaricia y el negocio. Con una radio popular y a ritmo de trompeta, desvelará a todo el mundo (vampírico) la fórmula. En fin, curiosa película, que tiene sus momentos de sarcasmo, pero poco más. No creo que le guarde especial cariño. De todas formas, comparada con ‘Crepúsculo’, es una auténtica joya.

‘Fantastic Mr. Fox’. Pollos, gansos y sidra.

Un superzorro llamado, váya, Fox, le juró un buen día a su esposa, la señora Fox, que jamás volvería a robar pollos. Jamás. Tuvieron un hijo y vivieron idílicamente en su madriguera. Pero decidieron vivir en un lugar mejor, en un árbol de categoría. Sin embargo, la vida tranquila se truncó. Cerca de ellos, había, ni más ni menos, que tres ambiciosos granjeros (uno de pollos, uno de gansos y otro de pollos y sidra). Fox no lo pudo resistir y volvió, en contra de todo lo que había dicho, a las andadas, a su vida, a su ilusión: cazar pollos.

‘Fantastic Mr. Fox’ es una adaptación realizada por un peculiar y controvertido cineasta, del que no había visto nada anteriormente, llamado Wes Anderson, del cuento popular el Superzorro, como se le tradujo aquí, de Roald Dahl. Se vendió a bombo y platillo la nueva técnica de animación que traía consigo esta peli, pero la verdad es que tampoco me resultó muy original, se asemeja bastante a los famosos ‘Wallace & Gromit’. Aunque claro, no soy ningún experto, supongo que habrá grandes diferencias entre ambas técnicas. Pese a todo, y para que conste en acta, el derroche visual de Mr. Fox es importante y notorio, uno disfruta y se encandila con su animación.

Una animación a la que acompaña la historia de la que ya hemos hablado, y un guión original, divertido y con un toque distinto al típico y hegemónico, dentro del mundo animado, Disney. En definitiva, uno se divierte, se entretiene, se lo pasa en grande con las aventuras del salvaje Fox, con sus hazañas de tocarle las narices a los tres granjeros, y la persistencia de éstos en tratar de cortarle el cuello. La lucha entre ambos nos lleva a la moraleja del cuento: es imposible resistir al salvajismo, a lo que el cuerpo te pide. Fox era un zorro, y como tal, debía cazar pollos, gansos y lo que se pusiera por delante. Debía alejarse de árboles frondosos e imponentes y volver bajo tierra, a su hábitat. Debía ejercitarse, ser un buen atleta, ágil y rápido. Debía pensar, calcular los planes maestros con astucia y echarle valentía a su vida. En fin, el espectador se da un buen paseo por los bosques, por la ladronzuela vida de un zorro. Y se divierte con ello.