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‘Chronicle’. Petardazo.

En vísperas de fallas nos llega, más oportuno que nunca, este auténtico petardazo de película: ‘Chronicle’. Un producto que se vende muy bien, pero cuya sencillez tan sólo provoca esa sensación tan amarga que acompaña al fiasco, al desengaño. El argumento del film gira en torno a un triángulo conformado por la siguiente línea argumental: 1) ¡soy un margi del insti! 2) ¡soy guay, tengo superpoderes! 3) ¡váya! ¡qué contradicción, ya no sé qué soy!  

Los jóvenes protagonistas no están mal. Cumplen con su labor. El problema viene dado por un guión demasiado básico. Además, la dirección es agitada,  incoherente e irregular. Tanto golpe de cámara acaba por marear al espectador, pidiendo a gritos que se enciendan las luces de la sala, señal inequívoca de que el suplicio ha terminado.

En definitiva, puro efectismo. El impacto inicial dura lo que dura, luego la historia ya no sabe cómo mantener el vuelo. Podría decirse que ‘Chronicle’ es un prólogo mal administrado de ochenta minutos de duración. ¿De dónde viene esos poderes? Y ese cráter, ¿qué pinta ahí? Nada, no se pierdan en los detalles. Déjense llevar, si les va el sado, por la chabacanería que caracteriza a esta mediocre cinta del género fantástico.

4/10 

‘Super 8′. Valor añadido.

En busca de aire fresco, evadiéndome del sofocante calor de la calle, acudí (como buen feligrés) a una sala de cine cualquiera de la ciudad. Allí, pretendía oxigenar mis pulmones y cocotera. La entrada, con tal de cumplir aquélla misión, ya hacía tiempo que tenía nombre y apellidos: Super 8. El resultado no podía ser más satisfactorio, y es que cuando uno acude plenamente virgen a una sala de cine, sin saber lo que allí va a encontrar, la impresión puede ser del todo extrema. O flipas, para bien, con lo presenciado, o puedes ir buscando la puerta de salida. Aquí fue la primera sensación, pasando ya el título de “Super 8″ a la categoría de mítico: cuidadito, junten esta obra con la primera grabación de Los Planetas. Ahí es nada.

No es tarea fácil manufacturar una cinta del calibre de ‘Super 8′. De ahí, mi admiración instantánea. Veámos, el dúo mágico aquí reunido (J.J. Abrams & Steven Spielberg) consigue transportarnos, de nuevo, a los años 80. Jodido (o más bien, extraño) pero veraz. Sólo con el póster (con ese aire retro a ‘Blade runner’ o ‘Star wars’) ya nos enganchamos a tan nostálgica fórmula. A medio camino entre ‘Stand by me’ (1986), ‘The goonies’ (1985) y ’E.T.’ (1982), esta cinta consigue combinar, de un modo extraordinario, una serie de historias simultáneas que concurren con el fin de depararnos una aventura que hará las delicias de los pequeños, y los no tan pequeños (cuidado con ciertas escenas inquietantes con alma lostie).

El motor de combustión de esta pueril historia de aventuras, no es otro que un sentido homenaje (ya desde el título) a ese formato cinematográfico tan de andar por casa, el mítico Super8. Todo comenzará cuando unos chiquillos, rodando una cinta cutre de zombies, presencien un accidente ferroviario. Será la chispa que encienda la mecha para flamear un cocktail cargado de amistad, inocencia, amores juveniles, aflicción, ternura, músculo, comicidad y, sobre todo, un inquietante misterio por resolver en forma de ferrocarril descarriado. Todo servido mediante un guión tan chispeante como ingenioso, con un humor muy atinado y un punch que te mantiene en estado de vilo durante los 110 minutos de su metraje comercial.

Tiene el “valor añadido” de haber sabido tocar bastantes palos (aventuras, terror, romance, drama, ciencia-ficción, intriga) y que haya sonado, de tal mezcla, una buena melodía. Es, sin duda alguna, la obra maestra de J.J. Abrams, un gran vendedor de humo que aquí sustituye éste por la calidad de un homenaje nostálgico a los dorados, cinematográficamente hablando, años ochenta.

8/10

‘Bully’. Fallida.

Larry Clark sigue en ‘Bully’ (2001) con su empecinamiento, sin encontrar ningún tipo de evolución en su cine, en retratar la adolescencia desde distintas dimensiones, aunque siempre compartiendo un mismo rasgo: es un grupo penitente, lleno de dolores, con muchas sombras y tinieblas, con una existencia calamitosa y errante.

A diferencia de ‘Kids’ (1995) y ‘Another day in paradise (1998), la cinta que aquí nos atañe acaba por aburrirme. La preocupación, en este caso, gravita en torno a una relación amistosa entre dos jóvenes, en la que uno de ellos ejerce un comportamiento tirano sobre el otro. Esta flagelante amistad propagará su malestar sobre el entorno de los muchachos, dinamitando todo en un final violento y agónico.

Reconociendo el poso de verdad que pueda existir en su relato, parece, no obstante, que la fórmula aquí falla, ahogándose el cineasta en su propio éxito. Y es que ‘Bully’ posee fuerza, tensión y dolor, pero  los nuevos condimentos que aparecen aquí (violaciones continuas, maltratos por doquier, comportamientos cogidos con alfileres), buscando con ellos, de modo descarado, la provocación y el morbo barato, en lugar de la reflexión y la crítica, además de un mala, desincronizada y fría  narración, hacen que esta película sea demasiado irregular y cansina.

5.5/10

‘Another day in paradise’. Generaciones perdidas.

El segundo largometraje de Larry Clark no se alejaba mucho de la línea establecida en ‘Kids’ (1995). Cierto es que con una historia distinta, pero con un trasfondo muy similar: el retrato de una adolescencia maltratada, errante y calamitosa.

Drogas, addiciones y robos marcan el día a día de nuestros dos protagonistas. Dos yonquis más, de apenas 16 años de edad. Malviven entre la escoria de su apartamento, camuflándose entre ella, sintiendo el poder del jaco en sus venas, en el fluir de la sangre, en su atozado coco.  Un mal robo con sangre a borbotones de por medio, supondrá poner en el abismo a Bobbie, debatiéndose entre la vida y la muerte, decantándose finalmente por la primera opción, gracias a la ayuda de un nuevo padre, Sammie.

Las andanzas entre el dúo adolescente y el dúo adulto suponen un continuum, una herencia de vida peligrosa, de pozo sin fondo, entre dos generaciones distintas, el ayer y el mañana, congeniando, para mal, en el hoy.

Un final terrible, lleno de horror. Nada es cálido en él, todo es tristeza y dolor, pesar y asfixia. Morir como salida, en soledad. No hay otra. Es una vida fugitiva, de aquél que escapa, que corre, que huye, hacia la nada.

7.5/10 

‘Kids’. Lacerante retrato generacional.

Larry Clark, cámara en mano, y Harmony Korine, en el guión, son apadrinados por Gus Van Sant para contarnos una historia bastante concisa y explícita: relatar los quehaceres diarios de una generación de adolescentes apilada en el New York de los años 90.

Más concretamente, a tenor de lo visto, se centran en los chic@s de la clase trabajadora neoyorquina. Las drogas como telón de fondo. Fiestas como rutina. Peleas y hurtos como modo de diversión. Familias descompuestas como condimento. Pocos estudios, trabajos precarios. Un sólo objetivo, para un chaval de 15 años atiborrado de hormonas en ebullición, en medio de esta vorágine derrotista: tener sexo. Con quien sea, como sea. Si se trata de desvirgar a muchachas de 12 años, mucho mejor. Son pequeños incentivos para la vida de estos muchachos.

Ni siquiera se dan cuenta del problemón de esta despreocupada vida: el VIH. Pero, a fin de cuentas, de algo hay que morir. Larry Clark no engalana su cinta de ningún modo, pone el dedo en la llaga y aprieta. Aquí, detrás de esa nebulosa juvenil, todo es pesadumbre y dolor.

7/10

‘Fucking Åmål’. Desoladora, corrosiva, tierna.

Jóvenes populares, jóvenes freaks. Fiestas divertidas, fiestas desoladoras. Alcohol, ensalada. Sexo con chicos, sexo con chicas. Pequeñas dicotomías que separan a Elin de Agnes. Hay un mundo entre ellas. Sin embargo, matiz: son adolescentes.

Lukas Moodyson, todavía novel allá por el 98, nos sorprendía con esta juvenil historia tejida en torno al existir de dos muchachas azotadas por esa cosa llamada adolescencia (+ incerteza sexual).  Todo se perfila dentro de un gran retrato generacional de la juventud nórdica (y por ende, europea) que nos deja, gracias a la frescura de su propuesta romántica y a su mordaz trasfondo, un muy buen sabor de boca. Atención a la brillantez de sus diálogos.

‘El juego del ahorcado’. Atractiva propuesta.

Nos sumergimos a través de la cámara de Manuel Gómez Pereira y las acertadas interpretaciones de Clara Lago y Álvaro Cervantes (savia nueva) en los entresijos de la adolescencia de una manera un tanto abrupta: una violación, una reacción inesperada y un(os) secreto(s) que guardar; amistades que se convierten en noviazgos, amores que matan; erotismo, juegos peligrosos y fricción; tatuajes que destilan perdición, dolor.

Todos estos elementos acaban revueltos en los 100 minutos que dura ‘El juego del ahorcado’. Personalmente, me ha dado la sensación, por momentos, de asistir a una narración un tanto caótica. Parece que la historia trata de abarcar más de lo deseable, sin centrar su hilo conductor en ningún punto concreto, viéndose superada en el fondo por el devenir de los acontecimientos.

A pesar de todo, el cocktail de chulería juvenil, hormonas y caras bonitas, da un poco más de sí en esta ocasión. Me parece una película arriesgada y valiente que se deja ver, aunque el resultado final sea un tanto irregular.

‘Herois’. Llega el verano.

En primer lugar, me parece una aberración que la película se estrene en las salas (al menos valencianas) en versión doblada al castellano. Un atentado cultural. Pero bien, a lo que vamos:

El juego entre el pasado y el presente está bastante conseguido, aunque es claro que el presente parece un poco “empaquetado”, como tratando de justificar el nostálgico final. La historia gana peso cuando viaja al pasado, a la niñez de nuestros protagonistas, a la niñez de cualquiera de nosotros. Es un viaje bonito, cargado de sentimentalismo. Un homenaje sentido a aquellos veranos de bicis, trastadas y demás. Los amigos de la infancia, el pueblo, los gratos recuerdos. Son cosas que no se olvidan, y Pau Freixas lo ha filmado desde el corazón, brindándonos una historia que no cabe desperdiciar.

‘Misfits’. Los pichoncitos de Margaret.

Somos jóvenes. Se supone que bebemos demasiado. Se supone que tenemos malas actitudes y nos hacemos polvo el cerebro mutuamente. Estamos diseñados para la fiesta. Es así. Sí, unos pocos tendremos sobredosis o nos volveremos locos. Pero Charles Darwin dijo que no puedes hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Y de eso se trata todo esto: ¡romper huevos! Y por huevos, quiero decir, conseguir coños en un cóctel de clase.

¡Si tan sólo pudiérais veros! Me parte el corazón. ¡Lleváis chaquetas! Lo teníamos todo. La cagamos más y mejor que cualquier generación anterior. ¡Éramos tan hermosos! Somos unos capullos. Soy un jodido y planeo ser jodido hasta terminar los 20 y tantos, quizás hasta los primero 30 y tantos“.

La esencia de esta serie británica se encuentra en ese memorable y célebre discurso dado por Nathan, uno de los protagonistas de esta serie, ante un conglomerado de fieles servidores de una Revolución por la Virginidad. Y es que ‘Misfits’ ser sirve de un desparpajo impropio en este tipo de productos, de un lenguaje soez, de una violencia explícita y de un alto contenido sexual para envolver una historia centrada en torno a cinco chavales que deberán cumplir servicio comunitario como reparo de sus males.

Nathan, Alisha, Kelly, Simon y Curtis. Cinco jóvenes. Cinco muchachos cuyas vidas vienen marcadas por las drogas, el sexo, la delincuencia, la soledad, los trapicheos, los problemas de socialización y demás cosas. La derrota de esas nuevas generaciones crecidas en el seno del neoliberalismo thatcheriano será caricaturizada por una tormenta y unos superteenagers un tanto peculiares. Barra libre de cinismo, acidez y humor negro para deleitarnos la velada brindándonos más de una profunda carcajada mientras observamos como ponen el dedo en la llaga. Conseguida.

‘Nunca me han besado’. Pastel Drew Barrymore.

Jossie es una correctora de un importante periódico de la ciudad de Chicago. Su sueño de ser reportera se verá satisfecho cuando el jefazo de la empresa le comunique que ella será la encargada de escribir un reportaje acerca del mundo de los institutos. Con el pretexto ya expuesto, la acción del film comenzará a desarrollarse, dando pie a una historia bastante cursi, pastelona y, por momentos, aburrida.

Es un film que habla sobre el mundo de la adolescencia y los institutos. Se centra en una friki que, en su época de insti, no tuvo fiestas, ni baile, ni chico guapo, ni amor, ni beso. Ahora le ha llegado una segunda oportunidad. Debe aprovecharla, ser popular, recuperar la adolescencia soñada que ella nunca tuvo y buscar ese beso romántico que tanto anhelaba. Habrá de todo, será la hostia. Tendrá colegas a tutiplén, amará a los frikis, a los güais, a las golfas. Todos tendrán cabida en su nueva vida. Cómo no, también habrá amor de por medio. ¡Ni más ni menos que un profesor guaperas que quedará prendado de ella! Vamos, adolescencia a golpe de sirope. A cualquiera que haya visto un film de John Hughes, esto le parece un sacrilegio.