‘Scarface’. Tony Montana.

En la primavera de 1980, el puerto de Mariel Harbor fue abierto, zarpando miles de cubanos hacia los Estados Unidos. Ellos venían buscando el sueño americano. Uno de ellos encontró en las bañadas y soleadas avenidas de Miami… una riqueza, una fuerza y una pasión, que estaban por encima de sus sueños más salvajes. El era Tony Montana. El mundo lo recordará con otro nombre: Scarface. Un tipo que amó el sueño americano… con una venganza que cobrar“.

Hablar de ‘Scarface’, es hablar de cine del bueno. Lo es, a pesar de lo excesivo de su metraje y la complejidad de su montaje. Tosca como pocas, la cinta avanza, no obstante, de un modo vertiginoso, sin dar respiro ni pausa al espectador. Presenciamos con gusto, admiración y gozo, el auge y la caída de esa pequeña hormiga que soñaba con levantar un imperio tras de sí.

Un Brian De Palma en estado de gracia, conseguía plasmar en imágenes lo que Oliver Stone había ingeniado en papel a partir del referente de 1932, ajustándolo todo en clave cubana. Aquí hay una referencia clave, alguien sobre el que recae el peso principal del film: Tony Montana. Un delincuente cubano. Inmigrante en Miami, pronto supo que la vida de friegaplatos no estaba hecha para él. Quería tener el mundo a sus pies. Trajes caros, buenos coches, una esposa elegante, puros cubanos y una mansión en la que vivir. Ése era el mundo que quería conseguir. Con acierto se tradujo el título en España: ‘El precio del poder’. Algo premonitorio de lo que íbamos a presenciar, pues nada es gratis en la vida que había escogido nuestro protagonista.

En fin, mítica historia de los años 80 que nos entregó, gracias al dúo ya mencionado, De Palma & Stone, pero, sobre todo, gracias a Al Pacino, a uno de los narcotraficantes más carismáticos de la historia del cine. Una vida errante marcada por la ambición y la codicia, serpenteando caminos poco placenteros de recorrer, cargados estos de traiciones, vanidades enfrentadas, despotismos, sangre a borbotones y, cómo no, soledad. La soledad del que todo lo quiso, y todo lo perdió.

9.5/10 

Spoiler

El camino al triunfo es el del narcotráfico. La ambición por construir su imperio valió para sacar del mercado a mafiosos mediocres y sicarios de tres al cuarto. Lo tenía todo. Sin embargo, su corazón estaba dividido en tres: su familia (madre y hermana), su esposa y su mejor amigo. Excesivamente protector con unos, malhablado y grosero con otros, déspota con todos, el poder le nubló sus pensamientos y conducta. Acabó perdido en medio del laberinto.

Sólo, sin nadie a su lado, fue devorado por ese mundo agreste y salvaje en el que se había metido de lleno, y que encarnaba mejor que nadie Alejandro Sosa, un narcotraficante del tal magnitud que era capaz de controlar por medio de la droga a un Estado entero, Bolivia. Se despidió del mundo en compañía del calor que da una ametralladora y atiborrado, hasta las cejas, de cocaína. Abrió fuego hasta el último momento, sudando dolor, rencor e ira, incluso en el momento justo de su muerte. 

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