Primer dia. El chaval protagonista sale de su hotel y va a una cafetería. Segundo día. El chaval vuelve a acudir a la misma cafetería. Allí se pasa media hora de reloj echándole un vistazo a todas las chicas del local y dibujando en su cuaderno, al que ha titulado ‘En la ciudad de Sylvia’. Después de todo, queda prendado de Pilar López de Ayala, la supuesta Sylvia, y se da un paseo, larguísimo, por la ciudad de Estrasburgo tras ella. Al final, se topan. Hablan. Confirmado, no es Sylvia. Se despiden. El se va de fiesta y conoce a otra muchacha, se acuestan. Tercer dia. Vuelve a ver a “Sylvia” y se despide nuevamente de ella. Fin.
Contado así, puede parecer hasta entretenida. Pero, creánme, no lo es. Sus escasos ochenta minutos, se hacen eternos. Cámaras fijas y planos duraderos se suceden. El tedio alcanza su máxima expresión en la cafetería. La persecución de Sylvia es un tostón. Su intento de mostrar el amor a primera vista, el amor de ese voyeur de cafetería en busca de su dama, de la belleza personificada, se hace eterno.