
Cuando uno tiene el vicio de ver las peripecias de unos cuantos gangsters, generalmente italianos, a través de la pantalla, tumbado en el sofá regocijandose viendo como los distintos capos manejan sus negocios y sus intereses económicos, como hacen la guerra o buscan la paz, como respetan el lazo familiar, el tradicional y religioso en la misma proporción en la que airean su lado libertino, cocainómano y putero, como esos soldados de la mafia no pestañean antes de apretar el gatillo o como los capos pronuncian verdaderos discursos e infinitas palabras sólo con una mirada.
Cuando a uno le gusta todo eso, le gusta saborear el clásico entre clásicos que es El padrino, y su secuela, El Padrino II, sabiendo ambas a gloria. Gloria bendita. No hay mayor placer dentro del mundo del cine. Los Corleone y sus negocios son la cima de un género. Sin embargo, uno también se reconforta viendo a ese cubano que cree tener el mundo en sus manos, un cubano llamado Tony Montana también conocido como Scarface. O viendo la monumental obra de Scorsese, Uno de los nuestros. Tampoco se puede negar que uno ha disfrutado viendo otro monumento al cine brindado por Scorsese como es Casino. También el Al Capone de Los intocables de Elliot Ness era espectacular. O la larguísima y a la vez cortísima Erase una vez en América de Sergio Leone. En la retina también perdura el intento de volver a la ”normalidad” de Carlito Brigante en Atrapado por su pasado. Sin olvidar a la hermana menor de la trilogía del maestro Coppola, El Padrino III, donde el añejo Michael Corleone da toda una lección y regala uno de los mejores finales de la historia del cine.
Cuando uno ya ha disfrutado tanto con el cine de mafias, es difícil de encontrar una obra que sacie sus ansias de ver a gangsters liándose a tiros con cualquiera que les mire mal. Viviendo los planes de vendetta.
Uno comienza a ver Los Soprano con la sensación de que debe de ser muy buena para que te guste. Tiene el listón muy alto. A poco que no llegue a la grandeza de obras anteriores, decepcionará. Además, está en un formato inusual para el cine de mafias, una serie de TV. Tiene bastantes contras en su haber. Sin embargo, cuando uno acaba de ver su primera temporada, ya sabe porque algunos la consideran la mejor serie de la historia del cine.
La serie comienza siendo recibida con frialdad. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que los Soprano no son los Corleone. Esta es una familia más sencilla. Residente en un barrio de clase alta de New Jersey y no en una mansión espectacular como los Corleone.
Tony, a pesar de sus recuerdos universitarios, es un tipo tosco y rudo. No ha conocido Italia, pero la añora, añora a la tradicional Avellino. Y eso, en la forma de llevar la familia y los negocios, se nota. Tony tendrá muchos de quebraderos de cabeza a lo largo de la primera temporada.
Por un lado está la amargada de su madre. Una mujer que pone a prueba como la que más el amor de un hijo hacia su madre. El cuidado de su madre será una tarea esencial para un tipo tan tradicional como Tony. Por otra parte está Carmela. Un santo de mujer. Figura representativa de la mujer tradicional latina, en este caso, italiana. Uno de los mejores personajes de la serie. En línea descendente, viviremos las rutinas de sus dos hijos, Medow y Anthony.
En cuanto a los negocios, comprobaremos si Tony sabe dirigir la cosa nostra o no. Deberá hilar muy fino para mantener fieles a todos los capos y mantener la paz entre los distintos clanes, sobre todo el de su tío Junior. A su vez, siempre tendrá la alargada sombra de los federales tras él.
En el trasfondo de todo esto, estará la doctora Melfi. Una psiquiatra que actuará de nexo para narrarnos una de las mejores historias de mafias de la historia del cine. La historia de Tony Soprano.